Tras la repentina muerte de Bob Saget mucho se ha escrito sobre su éxito profesional como actor y comediante, y que era un dulce mensch. Para mí, él siempre será el hombre que se tomó el tiempo para responder personalmente a mi carta. Puede que sólo le haya tomado cinco minutos escribirla, pero su carta cambió mi mundo.

Fue a principios de la década de los 90, con el apogeo de la videocámara y la audiencia en vivo en los estudios. Saget era el presentador del popular programa de televisión "America’s Funniest Home Videos" (los más divertidos videos caseros de Norteamérica), donde narraba secuencias de filmaciones caseras y comentaba mientras se producían bloopers en la pantalla. Saget, con su icónica voz de "papá", se burlaba, agregaba una broma y se unía a la audiencia riéndose de los errores de la vida cotidiana captados en la película. Con mis amigos preadolescentes nos reíamos de las tonterías de la vida y esperábamos entre los cortes comerciales que llegara el siguiente segmento.

Acababa de cumplir 11 años, cuando un clip me llamó mucho la atención. Allí se veía a una anciana de unos 80 años tocando el violín para unos amigos. Mientras ella arrastraba el arco de un lado a otro, el violín emitía un chirrido agudo y molesto. Al comentar sobre su "habilidad", Saget bromeó diciendo que más que entretener a sus amigos, con ese sonido desagradable ella estaba "removiendo el empapelado de las paredes". Algo de su comentario me molestó. En ese momento, sabía muy poco sobre los guionistas televisivos o lo que podía ser el proceso del programa. Lo que supe fue que sentí que había sido irrespetuoso con esa encantadora anciana.

Estimado señor Saget, yo soy una admiradora de su programa, pero me molestó la manera en que trató a la anciana que tocaba el violín.

No sé de dónde obtuve la jutzpá, pero decidí escribirle una carta. "Estimado señor Saget", comencé. Le expliqué que era una admiradora de su programa pero que me sentía molesta por la forma en que trató a la anciana que tocaba el violín. Con la indignación de una niña de 11 años, le dije que era irrespetuoso burlarse de ella de la forma en que lo había hecho y que estaba dando un mal ejemplo. A fin de cuentas, el señor Saget hablaba a familias en todos los rincones del mundo y fijaba el tono en el que trataríamos a nuestros ancianos. Firmé con mi nombre, mi edad y la dirección de mi casa. Envié la carta y esperé.

Algunas semanas más tarde llegó un sobre con el emblema de "America’s Funniest Home Videos". Adentro había una carta escrita a mano por Bob Saget, con su firma y todo. "Querida Ilana", escribió. "Eres una joven con una hermosa sensibilidad". Me dijo que era maravilloso que estuviera sintonizada con algo como la forma en que tratamos a nuestros mayores. Sin embargo, debía saber que esa mujer de hecho tocaba el violín de esa manera como parte de un acto cómico. Fue una actuación que enviaron con la intención de que se rieran de eso. Ella disfrutaba haciendo reír a la gente de esa manera. De todos modos, él esperaba que yo siguiera siendo tan considerada y disfrutara del programa. Firmado: Bob Saget.

Él no necesitaba decirme todo eso. ¿Cuántas cartas quedan sin responder? Simplemente podría haberme corregido. Pero en cambio, el señor Saget articuló lo que yo estaba tratando de expresar y validó mi perspectiva y mis preocupaciones. Me sentí especial, me sentí reconocida, y sí, me sentí un poco tonta por no haber considerado que esa podía haber sido la intención de la mujer.

En los pocos minutos que le llevó escribir una carta, él me enseñó el don de ver a los demás por quienes son y a entender de dónde vienen.

En los pocos minutos que le llevó escribir una carta, él me enseñó el don de ver a los demás por quienes son y a entender de dónde vienen. ¿Qué mejor regalo podemos darle a otra persona que aceptarla completamente y reconocer la singularidad que ella aporta al mundo? Cuando yo era tan sólo una pequeña niña, Bob Saget transformó mi frustración en empoderamiento. 

La Mishná enseña que debemos "juzgar a cada persona favorablemente" (Pirkei Avot 1:6). Sin embargo, la traducción pierde un detalle que Bob incluyó en sus pocas frases. La palabra en hebreo para 'cada' es kol, lo que puede significar tanto 'cada uno' como 'todo' o 'entero'. Con esta lectura, la Mishná nos insta a "juzgar favorablemente a la persona entera", es decir que debemos tener en cuenta la plenitud se su ser: sus fortalezas y sus debilidades, su historia personal, sus luchas actuales y sus aspiraciones únicas. Cuando nos encontramos con otra persona en su totalidad, hacemos espacio para la singularidad del alma.

Interactuar con los demás de esta forma crea conexión. Nos sentimos reconocidos y con este regalo podemos crecer y prosperar. En el fondo, todos queremos ser vistos y sentidos profundamente, saber que somos reconocidos. Cuando sentimos nuestro propio valor, podemos ver y reconocer la grandeza en los demás.

Mi respuesta a Bob Saget, 30 años más tarde

Nunca pensé responder a la carta del señor Saget. Tan sólo la guardé, agradecida y con más confianza en mí misma. Pero cuando leí sobre su repentino fallecimiento, pensé por primera vez en responderle. Ahora ya es demasiado tarde para enviarle esta carta al señor Saget, pero sigue siendo válido aprender este mensaje. Por lo tanto, 30 años más tarde, esto es lo que me gustaría decirle a Bob Saget:

Estimado señor Saget:

Muchas gracias por tomarse el tiempo para responderme personalmente. Aprecio mucho que haya validado mi postura y me haya ofrecido su perspectiva. Usted me vio como una persona completa y le estoy muy agradecida por eso. Me inspiró a hacer lo mismo con otras personas y por eso siempre estaré en deuda con usted. Y a medida que sigan surgiendo las noticias sobre su vida, yo mantendré en mi corazón el reconocimiento de que un gesto aparentemente pequeño puede cambiar un mundo por completo. Gracias por esa lección.

Firmado:

Ilana (ya no de 11 años). Toronto, Canadá.


En el mérito de su alma, que podamos reconocer la unicidad de nuestra propia alma y demos ese regalo a quienes nos rodean.