Los escombros se asientan; las cosas están muy tranquilas. Pero unos débiles golpecitos emergen desde algún lugar debajo. Tú gritas: “¿Puedes escucharme?”, y siguen más golpecitos.

Se te ocurre una idea. “Si puedes entenderme golpea una vez”, dices tú. Escuchas un golpe. “Si estás lastimado”, dices luego, “golpea dos veces”. Dos golpes. Ciertamente hay alguien allí.

La escena evoca las consecuencias de un desastre natural como el terremoto en Haití y lo que pasó hace poco en Chile. Pero también podría representar una metáfora convincente para el descubrimiento de un ser humano luchando por ser escuchado a través de los escombros de un cuerpo que simplemente es demasiado difícil de mover.

Un grupo de científicos europeos ha empleado un medio de alta tecnología para, de hecho, escuchar los golpecitos de una mente atrapada en un cuerpo que no reacciona. Se demostró que cuatro pacientes diagnosticados como vegetativos y asumidos como inconscientes en realidad están conscientes, a pesar de su inhabilidad para demostrarlo con algún tipo de señal o movimiento, así sea sólo pestañando.

El descubrimiento fue el resultado del uso creativo de algo llamado Imagen por Resonancia Magnética funcional (IRMf), que muestra la actividad celular a través de regiones cerebrales. Lo que se demostró es que los pacientes estaban escuchando y pensando. Y que se podían comunicar.

El descubrimiento de los investigadores utilizó el hecho de que cuando una persona está pensando en moverse, las células de un área del cerebro se activan; cuando la persona se visualiza en un entorno familiar, un área diferente muestra actividad celular. Los investigadores les pidieron a los pacientes que se imaginaran meciendo una raqueta de tenis y luego moviéndose por los cuartos de sus casas. El escaneo de IRMf mostró actividad en las respectivas y separadas áreas del cerebro con cada pensamiento.

Eso fue impresionante por sí mismo. Pero luego los investigadores le presentaron a cada paciente una serie de preguntas de sí o no, como si tenían un padre o un hermano con cierto nombre, y le instruyeron al paciente que respondiera “sí” imaginándose jugando tenis y “no” imaginándose caminando por su casa. A cada paciente se le instruyó que se concentrara en las actividades de “sí” o de “no” por treinta segundos, muy por encima del rango de cualquier actividad cerebral aleatoria, y pudieron responder con precisión.

Los resultados fueron impactantes. Las respuestas provistas por los cuatro pacientes, que fueron parte de un grupo testeado de 54, fueron todas correctas, demostrando que la conciencia puede residir en un cuerpo aparentemente separado del mundo. Antes del IRMf, una afirmación así no hubiera sido más que una declaración de fe. Ahora es un hecho. Queda para nosotros especular si alguna tecnología futura aún más sensible podrá revelar conciencia incluso en pacientes cuyos cerebros no pueden generar señales detectables por los métodos actuales.

Nadie sabe qué grado de conciencia persiste en un cuerpo que no puede moverse. Pero ahora sabemos que en esos cuerpos, que anteriormente eran considerados vegetales y no personas, puede persistir por lo menos algún grado de conciencia.

Algunos todavía no están convencidos de que, de hecho, aún son personas. En el New England Journal of Medicine, el Dr. Allan H. Ropper, un neurobiólogo, advirtió en contra de, en las palabras del New York Times, “igualar la actividad neuronal [como la observada en los mapeos cerebrales de los cuatro pacientes] con identidad [humana]”. Sostiene que “los médicos y la sociedad no están listos para ‘tengo actividad cerebral, por lo tanto existo’. Eso dejaría confundido a Descartes”. Bastante irónico ese Dr. Ropper; pero el tema es sumamente serio.

¿Qué pensaríamos de alguien que se acerca a los escombros, escucha algunos golpes débiles… y sigue caminando?

Escribiendo en el The Guardian, de Gran Bretaña, Sheila McLean, profesora de ley y ética de la Universidad de Glasgow no trata a la “activación cerebral” tan casualmente como el Dr. Ropper. Por el contrario, asume que pacientes como esos que les comunicaron sus respuestas a los científicos europeos están efectivamente pensando. Sin embargo, pregunta “si la recuperación es verdaderamente imposible, ¿es compasivo mantener a la gente viva en esa condición?”.

“Francamente”, sostiene, “lo único peor que estar en estado vegetativo debe ser estarlo siendo consciente”.

Quizás. Pero de nuevo, quizás no. La profesora McLean está descontando muy rápidamente el valor de una vida encarcelada físicamente. ¿Acaso sólo nuestro movimiento es significativo?

Los hombres y las mujeres en el último momento a menudo se encuentran enfrentando la pregunta del significado de la vida. No todos nosotros experimentaremos epifanías al final de nuestras vidas, pero todos tenemos el potencial de ser bendecidos. Y muchos de nosotros, hasta inmóviles, podemos todavía ocuparnos en temas sumamente importantes –cosas como perdón, arrepentimiento, aceptación, compromiso, amor, Dios— posiblemente los asuntos más trascendentales que habremos considerado durante el curso de nuestras vidas. ¿Acaso son esas confrontaciones tan vitales menos valiosas que correr y saltar? ¿Ponerle fin a una vida de pura contemplación es menos objetable que ponerle fin a una vida que incluye actividad física?

Y, como nota la profesora McLean, “la consecuencia de un diagnostico de estado vegetativo permanente es que puede ser legal quitar la nutrición y la hidratación asistida” –resultando, por supuesto, en la muerte del paciente.

Volviendo al escenario del desastre natural. ¿Qué pensaríamos de alguien que se acerca a los escombros, escucha algunos golpes débiles… y sigue caminando?