Es maravilloso cómo diversos mecanismos internos controlan silenciosamente nuestro cuerpo a cada segundo de nuestra vida. Estos mecanismos se acomodan automáticamente a cualquier cosa que nosotros hagamos.

Si inspeccionamos atentamente estos complejos y alucinantes procesos, podemos encontrar evidencia de un diseño, propósito y previsión.

Tomemos por ejemplo nuestros latidos cardíacos. Las células cardíacas comienzan a latir alrededor de las tres semanas uterinas. Las células que producen a las células cardíacas aparecen todavía más temprano y antes que ellas comienzan el proceso las células pre-cardíacas. Todas ellas siguen planos biológicos (ADN). La circulación es fácilmente evidente en todos los fetos a las ocho semanas. También ya están presentes los pulmones, los riñones, el hígado y el estómago. Hoy en día, con un poco de apoyo adicional en la unidad neonatal de cuidados intensivos, un bebé puede sobrevivir después de las 22 semanas de gestación.

Una vez que nacemos, el lado derecho del corazón bombea simultáneamente sangre "azul" a los pulmones para extraer el dióxido de carbono y recoger oxígeno, mientras que el lado izquierdo bombea sangre "roja" de regreso al cuerpo para llevar oxígeno y recolectar dióxido de carbono. Este órgano muscular, un poco más grande que el puño de un hombre, es increíblemente duradero. Él bombea entre dos y tres mil millones de veces en la vida de una persona. El corazón crece en proporción al crecimiento de la persona y se repara a sí mismo en la marcha. Sin embargo, nuestra vida es muy frágil. Una pausa de cuatro segundos en los latidos del corazón provoca que una persona se caiga al suelo.

Si hacemos ejercicio, nuestros latidos cardíacos se aceleran en proporción al trabajo realizado y a las condiciones individuales. Imagina qué difícil sería la vida si los latidos cardíacos no se ajustaran a las demandas. Durante una enfermedad o al hacer ejercicio, se bombea más sangre al cuerpo y menos cuando el cuerpo está en reposo. La sangre llega al estómago cuando comemos y a los músculos de las piernas cuando corremos. Todas las demandas son satisfechas. A cada instante, el cerebro recibe toda la sangre que necesita. Fuera del momento de la muerte o de agonía, ese suministro nunca se detiene.

El marcapasos del corazón es particularmente interesante. Estas células especializadas envían señales eléctricas desde el centro del corazón a cada segundo (en forma promedio). Si fallan, otro marcapasos inferior se hace cargo. Y si ese falla, se hace cargo de la situación un tercer marcapasos algo más limitado. Este traspaso de mando de uno a otro no es un accidente de la naturaleza. La redundancia es común y muestra una previsión increíble.

Inhalamos aire "bueno" (oxigeno) y exhalamos aire "malo" (dióxido de carbono) alrededor de quinientos mil millones de veces en la vida. Virtualmente todo esto ocurre de forma automática. Hay células especiales ubicadas en el cerebro y a lo largo de ciertas arterias que mantienen el control de las concentraciones de dióxido de carbono y oxígeno. Ellas envían mensajes a los pulmones y al cerebro para ajustar la velocidad, para disminuirla y/o tomar mayor volumen de aire. Tus pulmones conocen tu plan una milésima de segundo antes de que comiences a correr. Estos actos no sólo muestran previsión y planeamiento, sino que también dejan claro la existencia de una ingeniería mecánica planificada con un propósito claro.

¿Acaso la especie humana hubiera podido sobrevivir si tuviéramos que pensar cada vez que respiramos? Esto implica inhalar y exhalar cada cuatro o cinco segundos, cada día, durante toda la noche. No hubiéramos sobrevivido. No seríamos capaces de dormir. También tendríamos que estar constantemente regulando cuán rápido (o despacio) y con cuánta profundidad (o superficialidad) necesitamos respirar cuando corremos, discutimos, amamos, dormimos o luchamos contra una infección. Si una persona tuviera que pensar cada vez que va a respirar, no tendría tiempo para pensar en nada más. Como cualquier otro proceso interno de nuestro cuerpo, la respiración es automática.

También dependemos de la ingesta de agua, que es de unos 3,7 litros por día para los hombres y 2,7 litros para las mujeres. Sin líquidos, muy pocos podrían sobrevivir más de cuatro días, especialmente en climas calurosos y secos. Hay células especializadas que controlan constantemente nuestra hidratación y en silencio les dicen a todas las partes relevantes del cuerpo cuándo debemos beber. Tener la boca seca es sólo una de las muchas señales que existen. Otras señales son el descenso de la presión arterial y el mareo. Una vez más vemos previsión y planificación.

Otro mecanismo que nos mantiene vivos es el hambre. Imagina no saber cuándo tu cuerpo precisa nutrición. ¿No tener retorcijones de hambre ni deseo de comer? Las hormonas le avisan subconscientemente al cuerpo cuándo es el momento de comer y otras veces nos dicen cuándo parar. Mientras más hambre tenemos, mejor sabe la comida. Los alimentos "malos", si pasan la prueba del olfato, provocan que vomitemos o que tengamos diarrea para liberarnos de ella. La regla 4-4-4 dice que moriríamos sin oxígeno durante más de cuatro minutos, sin agua durante cuatro días y sin comida durante cuatro semanas.

Hay mecanismos silenciosos que evitan que nos volvamos anémicos o que tengamos demasiados glóbulos rojos. Otros montan guardia en caso de infección o si sangramos. Hay sistemas complejos que nos dicen que necesitamos dormir y otros que nos dicen cuándo despertarnos. Nuestra temperatura interna o central se mantiene a través de muchos termostatos internos…

Cada persona es una máquina biológica increíblemente compleja que virtualmente funciona de forma silenciosa. Cuatrillones de partes funcionan al unísono, en el orden correcto, en el momento adecuado y de la forma necesaria en fracciones de segundos. Sin embargo, todas las señales son silenciosas y están bajo control. Todo parece seguir un Plan de Ingeniería Superior.