Hay tres hechos que exigen una explicación y sobre los que están de acuerdo tanto los escépticos como los creyentes: la existencia de nuestro universo; la existencia de la vida que aparentemente surgió de algo no vivo, la materia inerte constituida de protones, neutrones y electrones; y el surgimiento de la conciencia, el sentimiento y la intuición de que la vida surgió de una materia inerte, sin vida.

Estos dos últimos hechos son tan improbables que Richard Dawkins, el más citado y franco de los escépticos, atribuye los orígenes de la vida y de la consciencia al “azar” (The God Delusion (El espejismo de Dios), Bantam Press 2006, Pág. 141). Su conclusión respecto a la fuente de ese “azar”: las leyes de la naturaleza están finamente sintonizadas en favor de la vida (Ibíd., págs. 145, 146). En verdad, las leyes de la naturaleza son ideales para respaldar la vida, aunque esto no nos dice nada respecto a los parámetros necesarios para que comience la vida.

La Torá obviamente atribuye la explicación de estos tres hechos, así como la sintonización de las leyes naturales, a la voluntad y sabiduría de nuestro Creador. La ciencia opta por el azar y lo aleatorio. Sería bueno recordar que Francis Crick, quien compartió el premio Nobel con Watson y con Wilkins por su descubrimiento de la estructura del ADN, atribuyó el posible origen de la vida en la tierra a la “siembra cósmica”; tan poco probable y rápida fue la aparición de vida en la tierra. Él llamó al proceso panspermia dirigida. Poco antes de fallecer, Crick describió su filosofía de vida como un agnóstico con prejuicios hacia el ateísmo. Para Crick, al igual que para Dawkins, aparentemente no existe una solución lógica al enigma respecto al origen de la vida.

Veamos qué hace falta para crear vida en nuestro magnífico universo.

La génesis cósmica, en síntesis:

 

¿Cómo pudo convertirse la energía del bin bang en una mente sensible? Un estudio sobre los orígenes de la vida sensible no comienza buscando pistas en el planeta tierra. Eso está demasiado lejos de la saga. Un estudio adecuado comienza, exactamente como lo hace la Biblia, con el mismo comienzo, con el big bang, la creación del universo.

El tema más fundamental en el debate sobre Dios/no Dios es la existencia de un universo. Sería bueno preguntarnos por qué hay una existencia. Lamentablemente, cuando llegamos a ser suficientemente grandes como para llegar a contemplar la maravilla de la existencia, ya vivimos tanto tiempo que simplemente damos por obvio el hecho de la existencia. Pero piénsalo. ¿Por qué existe lo que existe? ¿Por qué existe un universo en el cual la vida pudo o no haber evolucionado, en el que se desarrolló la vida en vez de que siguiera vacío? Con bastante precisión, han dicho que la diferencia entre la nada (como era antes de la creación del big bang) y algo (la existencia de nuestro universo) es infinita.

“Incluso si los científicos llegáramos eventualmente a una ‘teoría de todo’, nos seguiría quedando la pregunta del ‘¿por qué?’”.

En una refrescante expresión de honestidad intelectual, el físico teórico y laureado con el premio Nobel (además de ser también un maravilloso ser humano) Steven Weinberg, un ávido ateo que declara con descaro que “la influencia moral de la religión fue espantosa” y que todas “las señales de un diseñador benevolente están muy bien ocultas”, también nos dice que incluso si los científicos eventualmente llegáramos a una “teoría de todo”, “todavía nos seguiría quedando la pregunta del ‘¿por qué?’… Por lo tanto, parece existir un misterio irreducible que la ciencia no podrá eliminar”.

Una vez superado este acertijo, o dicho con mayor sinceridad, una vez que decidimos ignorar la pregunta más profunda, podemos concentrarnos en la creación del big bang. ¿Qué fue lo que produjo el big bang?

La ciencia postula que el big bang fue el comienzo del tiempo y del espacio. ¿Pero qué ocurre con la materia? Eso es mucho más esclarecedor. El big bang no produjo la materia tal como la conocemos, ni ninguno de los 92 elementos tales como el carbón y el oxígeno, ni los protones, neutrones o electrones que eventualmente se combinarían para formar los átomos de esos elementos. Durante una fracción de un microsegundo después de la creación, el producto material primario del big bang se concentró en una energía exquisitamente intensa. Hay muchas clases de energías, pero la forma que estuvo más manifiesta microsegundos después de la creación fue la radiación electromagnética. En términos simplistas, algo similar a rayos de luz súper poderosos. Durante los primeros momentos después de la creación, cuando el universo se expandía, tuvo lugar una transición. Albert Einstein descubrió la base de esta transición y la cuantificó en su fórmula más famosa de la condensación de la energía en la forma de materia: E = mc2. Una minúscula fracción de esos rayos de luz de energía metamorfoseó y se convirtió en los elementos más livianos, principalmente los gases de hidrógeno y helio. Durante eones de tiempo, fuerzas gravitatorias mutuas atrajeron esos gases primordiales a las galaxias estelares. Las inmensas presiones dentro de los centros estelares aplastaron juntos los núcleos de hidrógeno, fusionándolos para formar elementos más pesados y, de esta forma, liberando las vastas cantidades de energía que nosotros vemos como la luz de las estrellas. Estas fuerzas de fusión junto con aquellas de las explosiones estelares, supernovas, produjeron los 92 elementos que eventualmente adquirieron vida y sensibilidad en el planeta tierra. Todo esto se construyó a partir de la energía luminosa de la creación. Ahora sí: esto es motivo de asombro.

Los rayos de luz cobraron vida, y no sólo cobraron vida, sino que adquirieron la capacidad de maravillarse, de tomar consciencia de sí mismos. Lo sorprendente no es si el génesis tuvo lugar en seis días o en 14 mil millones de años o incluso en una eternidad. La maravilla es que haya ocurrido. Sobre esto no existe ningún debate en la ciencia. De acuerdo con nuestro mejor entendimiento del universo, y también de acuerdo con los comentarios más antiguos sobre el Libro del Génesis, hubo sólo una creación física. Cada objeto físico en este vasto universo, incluyendo nuestros cuerpos humanos, se construyeron a partir de la luz de la creación.

Para dilucidar las impresionantes implicaciones de esta increíble transición de la luz a la vida, consideremos la siguiente transición mejor entendida. En una mano sostengo un frasco de vidrio trasparente que contiene oxígeno. En la otra mano sostengo un frasco con hidrógeno. Estudio la química de estos dos gases y descubro que bajo las condiciones correctas, pueden combinarse y formar agua, H2O. El agua no se ve ni actúa como oxígeno o hidrógeno, pero de eso está compuesta. Cuando bebemos agua, bebemos hidrógeno y oxígeno en una combinación muy especial. De forma paralela, los seres humanos y toda la materia que vemos a nuestro alrededor puede no verse como la energía condensada de la gran creación del big bang, pero eso es lo que somos.

Los seres humanos y toda la materia que vemos a nuestro alrededor puede no verse como la energía condensada de la gran creación del big bang, pero eso es lo que somos.

La famosa ecuación de Einstein no significa que la energía desaparezca y la materia ocupe su lugar. No, en absoluto. Lo que esa ecuación establece es que la energía puede cambiar de forma y tomar las características de la materia, tal como el hidrógeno y el oxígeno siguen siendo hidrógeno y oxígeno incluso cuando cambian su forma al combinarse para formar el agua. Estamos formados por la luz de la creación, y ningún científico va a decir lo contrario. No se trata de ideas de new age ni de los deseos de un gurú. Es una realidad científica establecida. Nosotros, nuestros cuerpos, fuimos parte de la creación.

Los descubrimientos de Elso Barghoorn en los años 70 en la Universidad de Harvard, demostraron que la vida comenzó tan temprano como puede ser registrado geológicamente. Las rocas más antiguas que pueden tener registros fósiles ya contienen fósiles de microbios, algunos capturados en el acto de mitosis, la división celular. Para el momento en que aparecieron en la tierra las primeras capas de rocas sedimentarias, la naturaleza ya había inventado la vida con su capacidad de sobrevivir y reproducirse, de almacenar y descifrar información. Ya operaba el ADN, con su potencial para condensar una vasta biblioteca de información molecular en un espacio de micrones. Esta extraordinaria obra de invención y fabricación quedó codificada en esos antiguos sedimentos.

En la tierra primigenia, prebiótica, probablemente había vastas cantidades de moléculas que se formaban y se desintegraban. Una de ellas logró subir en la escalera de complejidad y cobró vida. Lo más maravillosos de todo, es que oculto dentro de esa molécula fecunda que eventualmente condujo a esa primera manifestación de vida, tras una miríada de mutaciones inimaginables, estaba la capacidad de reproducirse. No sólo de reproducirse, sino de hacerlo con algunas variaciones en su estructura. La reproducción idéntica produce estasis, como una máquina fotocopiadora. Lo que hizo falta, y lo que la naturaleza produjo, fue una molécula que podía reproducirse y cambiar, de alguna manera tomar recursos prestados de su ambiente inmediato, hasta que se convirtió en una célula. Pero la reproducción está impulsada por un propósito: la continuidad de la línea. Esa molécula prebiótica, ya sea por diseño o por mero azar, tenía un propósito interno desde su inicio.

La vida apareció con un propósito como parte de su misma esencia.

Lógicamente, el primer compuesto que eventualmente llevaría a la vida primigenia tenía que contar con la capacidad de reproducirse. De lo contrario, cuando su maquinaria molecular se degradara, se hubiera desintegrado. Cualquier mutación beneficiosa que hubiera podido acumular durante su período de existencia se habría perdido y el camino hacia la vida celular hubiera tenido que comenzar de cero. La vida apareció con un propósito como parte de su misma esencia. Este hecho simple e indisputable es algo extraordinario.

Incluso lo que se considera formas simples de vida, tal como los microbios, son sumamente complejos. Los mecanismos de función celular cuando se estudian en detalle no sólo son alucinantes, sino que, en esencia, son idénticos en todas las formas de vida, tanto animales, plantas, bacterias y hongos. La posibilidad de que esta complejidad pudiera ocurrir al azar incluso una sola vez es infinitamente pequeña. Que ocurriera independientemente dos veces de forma aleatoria es imposible. Toda la vida debe haber tenido un mismo origen común. ¿Pero cuál fue ese origen?

¿Acaso el flujo milagroso de la materia inanimada a la increíble complejidad de la vida pudo haber sido el resultado de eventos puramente aleatorios? ¿Lo increíble no es necesariamente lo imposible?

El problema al responder la pregunta se encuentra en la suposición equivocada de que los eventos aleatorios casuales pueden producir la complejidad ordenada de la vida.

Llegó el momento de dejar de lado la errónea, pero popularmente aceptada, mentira de que en nuestro mundo las mutaciones graduales, paso a paso, pudieron subir una montaña de improbabilidades y producir la magnífica abundancia de la biosfera terrestre. Para lograr este objetivo necesitamos un mínimo de aritmética elemental, un poco de biología a nivel de escuela secundaria y un toque de astronomía. Pero vale la pena el esfuerzo para enterrar de una vez y para siempre la mal concebida, pero a menudo no cuestionada, suposición de que las mutaciones aleatorias produjeron la vida o cualquier cosa que pueda tener una tenue conexión con la vida.

Stephen Hawking en su Breve historia del tiempo, el libro de ciencia más vendido, le enseñó al mundo sobre el poder potencial de los eventos aleatorios para producir un orden complejo significativo, tal como encontramos en una obra literaria: “Es un poco como si las conocidas hordas de monos martillaran sobre máquinas de escribir. La mayor parte de lo que escriban será basura, pero muy ocasionalmente, por pura casualidad, escribirán uno de los sonetos de Shakespeare”. Es un adagio convincente, pero totalmente fuera de lugar por lo menos dentro de nuestro universo, y lo que nos ocupa es la vida en nuestro universo. Me sorprendió que el profesor Hawking permitiera que se le escapara este error.

No conozco demasiados sonetos. De hecho, cuando pienso en esto sólo recuerdo la primera línea de uno: “¿Por qué he de compararte a un día de verano?”. En ese soneto hay un poco menos de 500 letras. [Todos los sonetos de Shakespeare tienen más o menos la misma longitud, por definición todos tienen 14 líneas]. ¿Se puede llegar a un soneto al azar? Si Hawkings lo dice, debe ser cierto.

¿Pero lo es?

Consideremos que haya 500 bolsas y que cada una contenga las 26 letras del idioma inglés. Sin mirar, saco una letra de la primera bolsa. La posibilidad de que sea una “p” para la primera letra del soneto es de una en 26. La probabilidad de que las dos primeras veces que saque una letra de las dos primeras bolsas obtenga una “p” y una “o” es una posibilidad en 26 veces 26. Y así continuando para las 500 letras. Sin considerar los espacios entre las palabras, la probabilidad de obtener todo un soneto al azar es 26 multiplicado por sí mismo 500 veces. Puede parecer un número bastante grande. Y lo es. Sorprendentemente grande. Un número con 700 ceros. En matemática convencional esto es 10700 o 10 al poder exponencial de 700.

El azar no produce un texto legible y por cierto no un soneto, no en nuestro universo.

Para tener una idea de la escala de referencia, el universo conocido, incluyendo todas las formas de materia y energía, pesa en el orden de 1056 gramos; el número de partículas básicas en el universo conocido es 1080; la edad del universo desde nuestra perspectiva del tiempo es 1018 segundos. Si convirtiéramos todo el universo en microcomputadoras y cada una pesara una mil millonésima parte de un gramo, e hiciéramos funcionar a cada una de esas computadoras mil millones de veces por segundo sin parar desde el comienzo del tiempo, todavía nos seguirían faltando más de 10500 universos, o todo ese tiempo para tener la más remota posibilidad de obtener un soneto; cualquier soneto significativo. El azar no produce un texto legible y por cierto no un soneto, no en nuestro universo.

¿Por qué entonces hay personas que aceptan sin cuestionamientos que el azar puede hacerlo todo? La razón es angustiosamente simple. Si desde que comienzas a estudiar te dicen que las reacciones azarosas y sin control pueden producir vida, entonces cuando se habla de mayor a menor, por cierto creerás la mentira de que de un generador de letras al azar pueden surgir sonetos.

Un proverbio que es cierto y que vale la pena repetir es: “la canción que el gorrión aprende en su juventud es su canción para toda la vida”. Los humanos, con nuestro profundo nivel emocional, no somos demasiado diferentes. Lo que aprendes en tu infancia te acompaña toda la vida, y todos aprendimos que Darwin tenía razón. Esto a pesar de que el artículo “¿Darwin lo entendió correctamente?” en Science, la principal revista científica del mundo, afirmaba en su subtítulo que lamentablemente no fue así.

Sin embargo, aquí estamos, en una bella Tierra repleta de vida. Desde el calor abrasador de más de 100°C de las aguas termales hasta el hielo congelado de la Antártica, desde los desiertos soleados del Sahara hasta la oscuridad de las profundos abismos del océano, la vida estableció su hábitat. La vida es enérgica. Dio pruebas de serlo. Y eso no comenzó con reacciones aleatorias.

Las estadísticas revelan la debilidad numérica respecto a que el azar pueda ser la causa del orden estable que es evidente en la vida. La Torá trae la misma información con estas sutiles palabras: “Y hubo noche y hubo mañana”, la frase con la que culmina el relato de cada uno de los seis días de la primera semana del Génesis. Dado que el sol sólo se menciona en el cuarto día (aunque los antiguos comentaristas nos dicen que el sol ya estaba antes, pero que sólo fue visible en el cielo en el cuarto día), Najmánides entiende que debe haber un significado más profundo en las palabras noche y mañana. Noche implica la puesta del sol. Mañana implica el amanecer. Sin sol, no hay puesta de sol ni amanecer. ¿Cómo puede justificar la Biblia la declaración de que “hubo noche y hubo mañana” en los días previos a que se mencione el sol?

Hace casi un milenio, Najmánides dio la solución a este problema. Él enseñó que a medida que se pone el sol, la visión se vuelve borrosa, se mezcla. Por lo tanto, la raíz o el significado implícito de la palabra erev, generalmente traducida como ‘noche’, es ‘mezcla’ o ‘caos’. El significado implícito de la palabra bóker, generalmente traducida como mañana, es lo opuesto. Cuando el sol sale, la visión se vuelve clara, ordenada. Entonces se pueden discernir los objetos individuales y los colores. El significado implícito de bóker contiene el concepto de orden. En términos simples el flujo es de PM a AM. Pero en un significado más profundo, aprendemos una verdad mucho más significativa seis veces, al concluir cada día. Hubo un flujo remarcable, en contrario a lo que normalmente se observa en una naturaleza no guiada. Normalmente, en todos los eventos, el orden degrada hacia el desorden. Por eso las hojas se descomponen sobre la tierra y una taza de té caliente se enfría cuando queda sobre la mesa. Pero en esta parte particular del universo ocurrió lo contrario y la Torá lo enfatiza seis veces con la expresión “Y hubo noche y hubo mañana”. El caos dio lugar al orden. La ordenada complejidad de la vida surgió de una mezcla de rocas y agua y de unas pocas moléculas simples, y todavía más remotamente del caótico estallido de energía que marcó la creación del big bang, una energía rebosante de potencial que tan sólo esperaba organizarse de acuerdo con la palabra de Dios. “Y Dios dijo, que haya…”. En esta parte del universo el caos dio lugar a la vida.

Si la perspectiva materialista del mundo es correcta, esto ocurrió a través de reacciones aleatorias. Ya nos referimos a las extremadamente débiles suposiciones necesarias para explicar incluso vagamente el comienzo de la vida. Probablemente el comienzo de la vida tuvo requerimientos sumamente diferentes, tanto físicos como químicos, que aquellos que sustentan esa vida después de su inauguración. ¿Acaso mutaciones al azar pueden llegar a producir la ordenada complejidad de la vida, o incluso una proteína viable en nuestro universo que está tan bien diseñada para mantener la vida?

Pero seamos más conservadores en nuestra búsqueda y aceptemos que de alguna manera la vida comenzó y ahora necesitamos que esa primigenia forma de vida mute y suba paso a paso la legendaria montaña de la improbabilidad.

Las mutaciones que deben transmitirse a la siguiente generación tienen que ocurrir en el material genético, que es el ADN de la línea reproductiva. Esa mutación entonces resultaría en una proteína variante (mutada) con la cual se podría producir un nuevo órgano efectivo, por ejemplo un sistema que lleve al desarrollo de un riñón o el precursor de una bomba que pudiera desarrollarse en un corazón. El concepto neo-darwiniano de evolución argumenta que el desarrollo de la vida es el resultado de mutaciones azarosas en el ADN que dieron como resultado esa variedad de estructuras orgánicas. Algunas de las variaciones fueron beneficiosas, otras no. Los rigores del medioambiente seleccionaron los cambios beneficiosos y eliminaron aquellos que eran perjudiciales.

Es una teoría muy persuasiva, pero veamos este proceso con rigurosidad, especialmente con los conocimientos que nos brinda la biología molecular.

Los bloques básicos de toda vida son las proteínas. Y las proteínas son cadenas de aminoácidos organizadas con precisión. La información que contiene el ADN determina cuál y en qué orden los aminoácidos se formaron para dar ese producto final, la proteína. Si el ADN muta, obtenemos un aminoácido diferente y por lo tanto una proteína diferente. Y ahora viene el problema de las mutaciones al azar de la teoría de la evolución neo-darwiniana.

El sistema genético de toda vida está totalmente codificado. Un ejemplo de código es el código morse, “punto punto punto raya”, lo cual se ve, suena o parece ser similar a la letra “V”, de la cual es el código. Si alguien no sabe que esa secuencia de sonidos “punto punto punto raya”, representa una “V”, no tendrá ninguna pista respecto a su significado. Este es uno de los propósitos de un código. Lo mismo ocurre con la información codificada en los cromosomas del ADN. La información en las cadenas de ADN (los cromosomas) en nuestras células contiene esa información crucial de construcción de aminoácidos y proteínas como cuatro grupos diferentes de ácidos nucleicos. Los ácidos nucleicos no tienen ninguna semejanza física con los aminoácidos ni con las proteínas. La información está totalmente codificada.

En la naturaleza, esta falta de semejanza entre el código y el producto final asegura que no haya ninguna respuesta lógica de la proteína o del aminoácido hacia la supuesta mutación al azar del ADN. La información fluye en un sentido: ADN a aminoácido a proteína. Las nuevas variaciones mutantes de las proteínas surgen a través de mutaciones (cambios) en el orden secuencial de los ácidos nucleicos del ADN sin ninguna señal física en la proteína producida. Estas mutaciones aleatorias, no guiadas, son los factores determinantes en las pérdidas y las ganancias de esa nueva generación.

En toda la vida conocida, hay primordialmente 20 aminoácidos diferentes. Al unir a estos veinte aminoácidos en diversas secuencias se producen diferentes proteínas, tal como unir inteligentemente las 26 letras del alfabeto inglés en secuencias variadas produce diversas oraciones y sonetos. La literatura científica sugiere que toda la vida está formada de variadas combinaciones de varios cientos de miles de proteínas. Los humanos tenemos unas 80.000 proteínas. [La cantidad de proteínas estimadas en los humanos varía entre los diferentes laboratorios que publicaron sus resultados]. Otras formas de vida tienen cantidades diferentes de proteínas. Pero toda vida, ya sea animal, vegetal, microbiana o fúngica, se nutre de la misma “bolsa” de proteínas funcionales. En ese caso, no es sorprendente que los humanos tengamos algunas de las mismas proteínas que se encuentran en las plantas y en los animales que son muy diferentes a nosotros. Las proteínas, excepto aquellas que se encuentran dentro el grupo utilizado para una vida viable, pueden formarse mediante mutaciones de la secuencia de ADN de los ácidos nucleicos. De hecho, las células tienen un mecanismo sumamente sofisticado que verifica las mutaciones en un período temprano de la progresión molecular que conduce a la formación de proteínas. Al descubrir una mutación, la molécula es enviada de regreso para que se renueve o que se destruya. Pero algunas mutaciones se escapan del puesto de control. Estas pueden ser inútiles, neutras, no agregar ninguna ventaja selectiva para la supervivencia o ser letales. Un doloroso ejemplo de una mutación que lleva a una proteína letal es una mutación que se convierte en precursor de un cáncer.

Por lo tanto tenemos estos pocos cientos de miles de proteínas que son viables. Otras parecen no serlo. Pero digamos que nos equivocamos en nuestra estimación. En vez de unos pocos cientos de miles de proteínas viables, digamos que hay 100 millones o mil millones o incluso un billón de proteínas viables.

Ahora pasemos a los números cruciales.

Quiero ser transparente. No debato respecto a cómo puede mutar una aleta y eventualmente convertirse en un pie. Las aletas y los pies tienen muchos elementos estructurales en común, especialmente huesos. Con un esfuerzo de la imaginación, podemos llegar a divisar una serie de cambios como repeticiones de secuencia, que transformarían una aleta en un pie. ¿Pero cómo pudieron mutaciones al azar producir inicialmente la información genética que llevaría a la estructura molecular de cualquier clase de hueso? ¿O de músculos que eventualmente se convirtieran en bombas que fueron el preludio de un corazón?

La cantidad total de combinaciones posibles es 20 veces 20 veces 20 repetido 200 veces. El resultado es 10260, un uno seguido por 260 ceros.

Las proteínas varían en longitud de cadenas de unos pocos cientos a unos pocos miles de aminoácidos. Consideremos una proteína relativamente corta, como una de 200 aminoácidos. En cada uno de los 200 espacios a lo largo de la proteína puede entrar cualquiera de los 20 aminoácidos que hay en la vida. Esto significa que la cantidad total de combinaciones posibles es 20 veces 20 veces 20 repetido 200 veces. El resultado es 20 a la potencia de 200 0 10 a la potencia de 260 (10260), un uno seguido por 260 ceros, o mil millones mil millones mil millones repetido 29 veces. De esta vasta cantidad de opciones biológicas, nos dicen que la naturaleza a través de mutaciones aleatorias fue capaz de formar los pocos cientos de miles de proteínas útiles para la vida terrestre y sobre las cuales la naturaleza podría ejercer su presión selectiva.

Vamos a suponer que toda la hidrósfera, todos los aproximadamente 1,4 x 1021 litros de agua en todos los océanos, icebergs y lagos de la tierra, estuviera embebida de células biológicas y que cada una de ellas pesa una mil millonésima parte de un gramo. Tendríamos 1033 células reproduciéndose, mutando, moviendo activamente este grandioso proceso de evolución. Si cada célula se dividiera a cada segundo desde la aparición de agua líquida sobre la tierra hace unos cuatro mil millones de años, el número total de mutaciones, o dicho de otra forma, el número de ensayos evolutivos, sería 1050. Si bien es un número grande, empalidece al compararlo con las 10260 opciones potenciales de fracaso de una sola proteína. Llegar a las combinaciones útiles no pudo ser producto del azar y no hay forma de que hubiera sido posible que llegara a pasar por casualidad. Cualquier biólogo enamorado con la teoría de la evolución neo-darwiniana sabe esta verdad.

La primera forma de vida, un microbio, muta y avanza o perece al comenzar a subir la montaña de improbabilidad a través de mutaciones aleatorias del ADN que con el tiempo llevará a la existencia de riñones, huesos, hígado, corazón, ojos, cerebro, mente, sentimientos. Tiene que elegir al azar del vasto hiperespacio de posibles combinaciones biológicas la pequeña fracción que resultan beneficiosas o por lo menos neutras. Claramente debe haber otros factores que limiten las clases de mutaciones que pueden ocurrir. Las hay, pero no son tan azarosas como los biólogos materialistas quisieran. Y ese es todo el punto. La naturaleza se inclina hacia la vida.

Esto es exactamente lo que afirma uno de los textos de biología más utilizados, Bioquímica, por D. Voet y J. Voet, aunque lo dice de una forma sutil: “Ten en mente que sólo una pequeña fracción de las miríadas de posibles secuencias de péptidos pueden tener una conformación estable. Por supuesto, la evolución seleccionó esas secuencias para usarlas en los sistemas biológicos”. ¿De qué forma la “evolución” fue tan inteligente como para poder “seleccionar” de las “miríadas” de fallas las pocas que funcionaban?

En la edición de marzo del 2008 del Scientific American, Jon Seger, profesor de biología de la Universidad de Utah, nos dice cómo, por supuesto que siguiendo el dogma fundamental de los adherentes al darwinismo y dejando de lado la improbabilidad estadística de que eso haya sido impulsado por mutaciones aleatorias: “Dentro de una población, cada mutación individual es sumamente rara… Pero grandes números de mutaciones pueden ocurrir en cada generación en las especies en general. [Esto se debe a que cada miembro de la población sólo puede tener unas pocas mutaciones, pero cuando se multiplica eso por el número total de miembros de apareamiento, el número total de mutaciones por generación puede ser muy grande]. … La gran mayoría de las mutaciones son inofensivas o por lo menos tolerables y unas pocas son realmente útiles. Estas ingresan a la población como versiones alternativas extremadamente raras de los genes en los que ocurren… Efectos muy pequeños sobre la supervivencia y la reproducción pueden afectar significativamente a largo plazo las tasas en las que se acumulan diferentes mutaciones en genes particulares. Ellas se acumulan donde son necesarias, primero una, luego otra y otra más a lo largo de muchas generaciones. Aunque lleva tiempo lograr que haya dos o más mutaciones cooperando juntas en el mismo genoma, eventualmente ellas se encontrarán en una especie sexual [y dado que al unirse proveen una ventaja sobre la configuración previa, el organismo con esta nueva ventaja ahora florecerá en comparación con su vecino menos adaptado], asumiendo que no se pierden de la población”.

Todo lo que el profesor Seger escribió es cierto en gran medida. De hecho “la gran mayoría de las mutaciones son inofensivas o por lo menos tolerables”, aunque muchas pueden ser letales. Pero incluso si ninguna fuera letal, el problema no es la final “selección natural” de acuerdo con los rigores del medio ambiente natural, la selección entre bueno y mejor, fuerte y más fuerte, más fértil y menos fértil. Esas selecciones están en el estado final del proceso. Y esto lo vemos verificado cada vez que un fuerte león vence o mata a un competidor más débil por el derecho de fecundar a las hembras. Pero primero la naturaleza debe producir esas variaciones de ventaja a través de mutaciones aleatorias de ácidos nucleicos en el genoma que cambia la cadena de aminoácidos que forman la proteína que altera la viabilidad del “animal”.

Simplemente se ignora la poco realista posibilidad estadística de que la fabricación de proteínas viables pueda haber ocurrido por mutaciones aleatorias no guiadas. En mi opinión, es una certeza que la vida se desarrolló de lo más simple a lo más complejo. El debate central es qué fue lo que condujo ese desarrollo.

Simon Conway Morris es profesor de paleobiología evolutiva en la universidad de Cambridge y miembro de la Sociedad Real de Inglaterra. Podemos decir que es el principal paleontólogo del mundo. En su libro Life’s Solutions, Conway presenta el enigma a la perfección: “La cantidad de potenciales ‘callejones sin salida’ es tan grande que, en principio, todo el tiempo desde el comienzo del universo sería insuficiente para encontrar una en un billón de billones de soluciones que realmente funcionara… Simplemente la vida es demasiado compleja para ser ensamblada en cualquier escala de tiempo creíble… La evolución [tiene la] asombrosa capacidad de encontrar los atajos a través del hiperespacio multidimensional de la realidad biológica. …”

En mi opinión, que la vida se desarrolló de lo simple a lo complejo es un hecho revelado tanto en Génesis, capítulo uno, como por la información registrada a partir de los fósiles encontrados. Pero cómo la naturaleza descubrió los atajos para producir el desarrollo de la vida, el flujo de lo simple a lo complejo, elude la efectividad de las mutaciones aleatorias en el material genético.

George Wald, profesor de biología de la universidad de Harvard y laureado con el premio Nobel, puede habernos brindado la respuesta a la maravilla de la vida en un ensayo que escribió para el Simposio de Biología Cuántica de 1984, titulado “La vida y la mente en el universo”:

“Últimamente se me ocurrió (debo confesar que con cierto estremecimiento inicial de mis sensibilidades científicas), que ambas cuestiones [el origen de la conciencia en los humanos y la vida a partir de la materia no viva] pueden llevarse a cierto grado de congruencia. Esto con la suposición de que la mente en vez de emerger como una consecuencia tardía de la evolución de la vida, existió siempre como la matriz, la fuente y la condición de la realidad física; es decir que lo que compone la realidad física es un producto mental. La mente es la que compuso un universo físico que engendra vida y que eventualmente desarrolló criaturas que tienen conocimiento y pueden crear: ciencia, arte y creación tecnológica de animales. En ellos el universo comienza a conocerse a sí mismo”.

La primera palabra de la Biblia, bereshit, contiene la respuesta al enigma de la vida y la mente en nuestro universo. En su sentido simple, bereshit se traduce como “en el comienzo de”. Pero en la primera frase de Génesis, en el texto hebreo no hay ningún objeto para la preposición “de”. Deberíamos leerlo de esta forma: “En el principio de Dios creó los cielos y la tierra”. ¿En el comienzo de qué? Por eso en griego y en latín simplemente borraron el “de”, lo cual por supuesto es ridículo y al límite de lo herético, como si esos antiguos traductores sintieran que ellos podían mejorar la expresión de los hechos mejor que la Biblia.

La sabiduría es omnipresente, el sustrato de cada partícula del mundo y todavía más evidente en los cerebros y las mentes de los humanos cuando nos cuestionamos sobre nuestro origen cósmico.

El penúltimo intérprete del texto hebreo, Rashi, elucidó hace casi mil años la sutileza de esta palabra. La pista se encuentra en la naturaleza compuesta de la palabra bereshit. Rashi trae la respuesta aludiendo a la información que recibimos de la traducción de hace casi dos milenios de la Biblia al arameo, una lengua hermana del hebreo. Bereshit es una palabra compuesta que significa “B”, con o usando, “reshit”, una primera causa de sabiduría, Dios creó los cielos y la tierra. Que esta “primera causa” se define como sabiduría deriva (tal como lo señala Rashi en su comentario a Génesis 1:1) de Proverbios (8:12, 22-24). “Yo, la sabiduría … Dios me adquirió [a la sabiduría] al comienzo de Su camino, la primera de Sus obras antiguas. Yo [la sabiduría] fui establecida desde la eternidad, desde el principio, antes de que existiera la tierra. Cuando todavía no había abismo, yo [la sabiduría] nací…”

La sabiduría, la emanación completamente metafísica del Creador, produjo el big bang, la creación del universo físico en el cual habitamos.

Con sabiduría (Proverbios) y mente (Wald), o en el lenguaje de la mecánica cuántica, información (J. A. Wheeler), como la esencia de la existencia, se resuelve el enigma del origen de la vida sensible capaz de tener consciencia de la maravilla de su propia existencia. La sabiduría es omnipresente, el sustrato de cada partícula del mundo y más evidente en los cerebros y las mentes humanas cuando reflexionamos sobre nuestro origen cósmico.

El éxito de la vida de hecho está “inscrito en la estructura misma del universo”.

En síntesis, esta es nuestra génesis cósmica:

 

De forma concisa: la sabiduría de Dios impregnó la energía de la creación del big bang y sentó las bases para lo que lo que aparentaba ser una energía inerte pudiera metamorfosear y cobrar vida. No sólo cobrar vida, sino todavía más. Vivir y tener consciencia de estar vivo. Como lo expresó muy bien el profesor Wald: “La mente es la que compuso un universo físico que engendra vida y que eventualmente desarrolló criaturas que tienen conocimiento y pueden crear: ciencia, arte y creación tecnológica de animales. En ellos el universo comienza a conocerse a sí mismo”.


Adaptado del libro “God According to God” del Dr. Schroeder (HarperCollins, 2009).