Lo recuerdo como si fuera ayer. Yo tenía 11 años y pensaba, “Si mis padres no van a decirme que está pasando, lo voy a averiguar yo sola”.

Con un aire callado, caminé lentamente hacia mi maestra y le pregunté, “Sra. Marcus, ¿usted sabe lo que es una próstata?”.

Ella me miró inquisitivamente, “¿Por qué preguntas Rajel*?”.

“Escuché a mis padres hablando de eso. Creo que mi papá puede estar enfermo, pero ellos no me cuentan nada”.

La Sra. Marcus era nuestra maestra de educación física y le enseñaba a nuestra clase sobre salud y nutrición. Si había alguien que tenía información sobre el tema, era ella.

Al día siguiente, me entregó un grueso sobre de papel y se ofreció a responder cualquiera de mis preguntas. Durante el recreo, busqué un lugar apartado y respiré antes de abrir el sobre.

Exploré la información que ella me había entregado e intenté asociarla con lo que le habían diagnosticado a mi padre. Más adelante me enteré que era la “gran C”, cáncer.

Todos los eventos de unas semanas antes comenzaron a encajar como un rompecabezas al que le faltaban unas cuantas piezas finales.

Acabábamos de terminar de recoger la mesa después de la cena cuando escuchamos un golpe en la puerta. Yo abrí y vi al mejor amigo de mi padre. Él se veía un poco cansado y desaliñado, diferente a su usualmente compuesta apariencia. Él entró con mis padres y se fueron directamente al comedor a hablar. Parecían serios, pero nada se veía demasiado inusual para mí. Me fui corriendo para abajo y no le di mucha importancia al asunto.

Más adelante, me di cuenta de que sí era algo grande.

Las siguientes semanas escuchaba todo el tiempo susurros de mis padres y conversaciones en voz baja y silenciosas, y supe que algo no estaba bien. Todo era demasiado sospechoso.

Mi padre había ido al urólogo para su chequeo anual. Su mejor amigo también era urólogo y lo mandó con alguien de su consultorio para una visita de rutina. Llegaron los resultados y todo se veía bien. El doctor estaba contento y liberó a mi padre. Mi padre le mostró los resultados después a su mejor amigo. Él vio los reportes y vio que algunos niveles estaban ligeramente elevados, sin embargo, dentro del rango normal.

Llamó a mi padre y le dijo, “No creo que sea nada importante, pero si quieres, revisemos nuevamente solamente para estar seguros. Estos niveles no son preocupantes, pero ya sabes… ¿Por qué no?”.

Ese momento de “por qué no” le permitió a mi padre vivir otros 22 años y contando.

Resultó ser que mi padre tenía cáncer a la próstata. El cáncer a la próstata es rara vez encontrado en etapa temprana, por lo tanto, la tasa de supervivencia es muy baja. Usualmente, cuando se descubre, ya es demasiado tarde.

Además de la medicina tradicional, mis padres intentaron incorporar todo tipo de sanación alternativa de la que escucharon. Consumieron una dieta de alimentos crudos por meses, tomaron jugo de zanahoria fresco por galones, e incluso vieron videos que promovían la visualización de la salud y técnicas de respiración profunda. Estaban dispuestos a enfrentarlo desde cualquier ángulo e hicieron todo lo que estaba en su poder para ayudar a mi padre a ser lo más sano posible.

Finalmente, escogieron operar. La operación resultó ser exitosa y mi padre ha estado sano desde entonces.

Tan sólo semanas después de que le removieron el cáncer, mi padre estaba en las pistas, esquiando todo el día. Tenía 55 años y nunca se sintió más energizado en su vida.

Tiemblo de pensar qué hubiera ocurrido si los resultados “un tanto anormales” hubieran sido ignorados.

Mis padres querían protegerme de la carga de esta pesada información. Pero con el tiempo, me enteré. Darme cuenta cuando niña de que mi padre tenía cáncer, fue un desafío y ha moldeado la forma en que veo la salud y el cuidar mi cuerpo hoy en día.

Le agradezco a los doctores de mi padre con todo el corazón. Pero más importante aún, le agradezco a Dios, el “Gran doctor”.

Finalmente, Dios es quien da la vida y no tenemos ningún control real sobre los escenarios de vida o muerte. Lo único que podemos hacer es vivir la vida al máximo, apreciando cada momento que nos es regalado, agradeciéndole a Dios por todo lo bueno en nuestras vidas.

Gracias a los doctores que salvaron la vida de mi padre. Gracias a cada doctor que salva vidas, a través de diagnóstico, cirugía o ayudando preventivamente a mantener a las personas sanas.

No toda historia tiene un final feliz, pero cada doctor merece un gracias. Ellos son los dedicados mensajeros de Dios.


* Rajel es un pseudónimo.