Una de las vacunas para el COVID-19 que están investigando obtuvo resultados alentadores. Esta buena noticia también debe llevarnos a maravillarnos del logro.

A comienzos de esta semana, la compañía biotécnica Moderna, que se asoció con el Instituto Nacional de Salud para desarrollar la vacuna, anunció que los resultados de la primera fase de pruebas clínicas demostraron que ocho participantes en el estudio desarrollaron anticuerpos al virus similares a los de aquellos que experimentaron y sobrevivieron a la enfermedad. Los experimentos de laboratorio con ratones demostraron que la vacuna impidió que el virus infectara las células.

El estudio todavía no recibió una revisión por parte de otros expertos, y todavía falta la segunda fase de prueba, que involucrará a varios cientos de sujetos. Pero incluso los logros hasta el momento son impresionantes.

Sin embargo, si nuestro asombro es tan sólo por el increíble progreso hacia una vacuna exitosa, perdemos de vista la historia verdaderamente sorprendente e inspiradora que se encuentra detrás de la historia.

Una vacuna, como todos saben, trabaja estimulando las células inmunitarias llamadas linfocitos para que produzcan anticuerpos, proteínas moleculares especializadas que contrarrestan el antígeno o el invasor tóxico y, por lo tanto, evitan que la enfermedad que este puede causar se establezca en el organismo.

Las vacunas se componen de antígenos muertos o debilitados que no pueden causar una infección, pero que de todos modos estimulan al sistema inmune para producir los anticuerpos necesarios. Aunque con el tiempo los anticuerpos producidos se descomponen, en el cuerpo quedan “células de memoria” que cuando vuelven a encontrar ese antígeno, incluso años más tarde, pueden producir nuevos anticuerpos para enfrentarlo.

Esto ocurre constantemente en nuestros cuerpos.

De acuerdo con el Centro de Control de las enfermedades (CDC), un individuo sano puede producir millones de anticuerpos al día y lucha contra las infecciones con tanta eficacia que nunca nos enteramos que estuvimos expuestos a un antígeno.

Estiman que el cuerpo humano tiene el potencial de producir un trillón de anticuerpos.

El año pasado, un equipo de científicos en el Instituto de Investigaciones Scripps en San Diego, publicó los resultados de su investigación sobre los anticuerpos en la respetada revista científica “Nature”. Basado en sus descubrimientos, ellos estiman que el cuerpo humano tiene el potencial de producir un trillón de anticuerpos únicos.

Imaginen por un momento si el funcionamiento de nuestro sistema inmune fuera visible.

Nos quedaríamos deslumbrados.

Ralph Waldo Emerson escribió: “Si las estrellas aparecieran sólo una noche cada mil años, ¡cuánto creerían y adorarían los hombres, y preservarían para muchas generaciones el recuerdo de la ciudad de Dios que les mostraron! Pero estos ejércitos de belleza llegan cada noche e iluminan el universo con su sonrisa amonestadora”.

Nuestro sistema inmune, como las estrellas, por lo general se toma como algo obvio. Su ubicuidad hace que sea difícil valorarlos por completo. Pero apreciarlo es el privilegio, de hecho la obligación, de toda persona pensante y sensible.

Regresemos a la buena noticia de esta semana. ¿Lo que realmente nos sorprende es el avance tecnológico que pudo llevar a una vacuna efectiva? ¿O el verdadero objeto de nuestro asombro y maravilla es el hecho de ver de repente el funcionamiento de nuestros procesos biológicos?

En algún momento, después de mucho esperar, también nos sorprendieron los trasplantes de corazón. Pero por lo menos para las personas pensantes, nunca fueron ni remotamente tan sorprendentes como el corazón.

En 1996 tuvieron éxito en clonar una oveja llamada Dolly. Recuerdo la admiración, el asombro y el susto que ese logro provocó en todo el mundo.

¿Qué fue exactamente lo que habían hecho los científicos? Lograron transferir una célula de la glándula mamaria de una oveja adulta a un óvulo no fertilizado de otra oveja al que le habían extraído el núcleo. Entonces estimularon al óvulo para que se desarrollara y eventualmente lo implantaron en el útero de una tercera oveja, la cual dio a luz a Dolly.

Recuerdo que en ese momento pensé que a pesar de lo impresionante que era el experimento, todo lo que en esencia habían logrado era obligar al material genético que ya existía a hacer precisamente lo que hace todo el tiempo. Sin duda fue un gran logro producir a Dolly bat Dolly. Tuvieron que superar cantidades de obstáculos y tuvieron que convencer de hacer el trabajo a un solo set de cromosomas, en vez del par habitual de los dos padres.

Pero de todos modos, fuera del medio inusual en que lo llevaron a cabo, de lo que fuimos testigos fue de un proceso natural que tiene lugar millones de veces en millones de especies cada día, sin que a nadie le llame la atención. Un proceso natural que en definitiva fue un milagro como todos los procesos naturales, y que no dejan de serlo por ser tan habituales.

Asimismo, con el debido reconocimeintro a los grandes y encomiables esfuerzos por crear una vacuna efectiva para el COVID-19 (que tengan mucho éxito), lo que ocurrió esta semana en definitiva fue que obligaron a los sistemas inmunes a hacer exactamente lo que el sistema inmune hace millones de veces al día.

Por lo tanto, nuestra valoración adecuada del conocimiento científico actual y nuestra gratitud a los científicos que utilizan ese conocimeinto para avanzar en la búsqueda de una vacuna efectiva, debe verse acompañada (y de hecho sobrepasada) por nuestro asombro respecto al sistema inmune, el cual fue creado por Dios.

Ya sea que se trate de manipular la creación del feto de una oveja o de una respuesta inmune, la verdadera maravilla no está en la manipulación sino en lo manipulado, en la miríada de milagros que Dios implantó en el mundo que Él creó.