Si eres como yo, saliste de tu casa con una taza de café en la mano, sin taparla. Estás seguro de que está vez no se derramará ni una gota. Probablemente no tendrás ningún problema al doblar esa esquina y llegarás a tu trabajo con una taza de café caliente. Bueno, todos sabemos cómo termina la historia.

Tapar la taza es necesario para evitar que el café se derrame. También sirve para mantener alejados los gérmenes y otras visitas no deseadas.

Otra función de la tapa es controlar la temperatura. Con la taza descubierta, un humeante café no se mantendrá caliente por mucho tiempo.

¿Por qué toda esta explicación sobre tapar el café? Porque en nuestro cuerpo tenemos algo que actúa de forma similar a esa tapa, pero en una escala mucho mayor. Me refiero al órgano más grande del cuerpo humano: la piel.

La piel humana es un órgano absolutamente increíble, diseñado maravillosamente por nuestro Creador. Como con todo en la vida, a menudo aprendemos a apreciar lo que tenemos sólo cuando lo perdemos. Imaginemos que no tuviéramos piel. No es necesario pensar demasiado. Lamentablemente podemos ver algo así en un hospital: los pacientes con quemaduras. Las quemaduras son una de las condiciones más desgarradoras y devastadoras. En las quemaduras de tercer grado se ven afectadas todas las capas de la piel. En esencia, estos pacientes han perdido su piel. Se trata de pacientes muy difíciles de manejar y que a menudo sufren un constante e intenso dolor.

Utilizando la analogía de la “tapa del café” (la tapa mantiene el café adentro, mantiene afuera a los intrusos y mantiene la temperatura), podemos reconocer que los problemas que surgen cuando no hay piel en esencia son lo inverso de los tres roles que cumple la tapa.

1. Sin piel, la persona no puede mantener las cosas adentro. Esto es más evidente cuando se trata del equilibrio de fluidos. Los pacientes con quemaduras están deshidratados, porque no pueden mantener sus líquidos adentro. Mantenerlos hidratados es un problema bastante complejo (en especial porque no queremos que el líquido termine en lugares no deseados, como los pulmones).

2. Sin piel, una persona no puede mantener afuera a los intrusos. Uno de los aspectos más tristes de los pacientes con quemaduras es que a menudo sufren espantosas infecciones, simplemente porque no hay una barrera para mantener a los bichos afuera.

En la facultad de medicina, un profesor nos desafió a encontrar el componente más importante del sistema inmunológico. Nosotros mencionamos cosas como glóbulos blancos, anticuerpos, macrófagos y otras varias células y proteínas inmunológicas.

Pero todos estábamos equivocados. Él explicó que la respuesta es la piel. No tendemos a pensar en la piel de esta forma, pero en verdad es impresionante su habilidad para mantener las cosas afuera. De hecho, nuestra piel está todo el tiempo cubierta con bacterias altamente destructivas y poderosas. Sin embargo, por lo general no nos vemos afectados por ellas.

Para demostrarnos que todos estamos cubiertos de bacterias, nuestros profesores nos hicieron pasar las puntas de los dedos por un plato lleno de nutrientes que permiten que las bacterias crezcan libremente (conocido como "placa de agar"). Si en ese momento había alguna bacteria en nuestros dedos, estas se quedarían en la placa y crecerían, sin ningún obstáculo. Esas placas quedaron tres días en el laboratorio y luego fuimos a observar qué creció. No hace falta decirlo, ¡a la mayoría nos repugnó ver lo que vivía en las puntas de nuestros dedos! La habilidad que tiene la piel para mantener afuera a los microbios dañinos, incluso cuando estos se asientan sobre la superficie de nuestro cuerpo, es verdaderamente extraordinaria.

3. Sin piel, no seriamos capaces de controlar adecuadamente nuestra temperatura corporal. En el 2021, estamos acostumbrados a la idea de un termostato, un aparato que regula y mantiene automáticamente la temperatura que deseamos. Sin embargo, si nos detenemos a pensar sobre la habilidad que tiene el cuerpo humano para regular su temperatura, es algo bastante extraordinario. Nuestro cerebro decide que una temperatura aproximada de 37°C es la temperatura "normal", y ahí nos quedamos. Pero piensa en una persona que corre una maratón. A medida que los músculos usan más calorías para realizar el trabajo, se genera una cantidad masiva de calor. El calor aumenta, pero el cerebro le sigue diciendo al cuerpo que se mantenga en 37°C. Imagina tratar de mantener tu casa a 21°C cuando hay una enorme fogata en el salón. ¿Qué pasa después? ¿Por qué la temperatura corporal no se eleva a 41° después de hacer ejercicio vigoroso?

Las maravillas de la fisiología humana son evidentes en cada uno de los órganos.


Aquí es donde entra en juego la piel. ¿Prestaste atención que cuando haces ejercicio tu piel se ve enrojecida? El calor que generan los músculos termina en nuestro torrente sanguíneo. En un esfuerzo por deshacerse de ese calor, la sangre es redirigida a la superficie de la piel, en donde la sangre puede liberar parte de ese calor, sacarlo del cuerpo hacia el aire. Mover esa sangre caliente a la capa más externa de nuestro cuerpo nos permite enfriarnos. Cuando hace frío, ocurre lo contrario. El cuerpo se esfuerza por mantener adentro toda esa sangre caliente para que no escape el calor. (En consecuencia, cuando hace frío la piel se ve pálida). Todos estos intrincados mecanismos ocurren detrás de la escena, sin que contribuyamos conscientemente al proceso.

Las maravillas de la fisiología humana son evidentes en cada uno de los órganos. Se ha demostrado que la gratitud y la habilidad de prestar atención a lo que tenemos (en vez de lo que no tenemos) están conectadas con la felicidad. Como escribió elocuentemente Rav Nóaj Weinberg: tal como cada pincelada de Picasso lleva en ella su firma, cada cosa en este mundo lleva la firma de Dios. Tenemos que aprender a reconocerla y valorarla.