Uno de los puntos centrales que Hashem nos pide mediante la Torá es que cuidemos nuestra salud. Cada uno de nosotros es responsable por preservar y cuidar el cuerpo, que es el recipiente del alma. Los sabios extraen de Bereshit 2:7 la importancia de este tema. Ahí leemos: “Y Hashem, Dios, formó al hombre del polvo del suelo y sopló en sus narices aliento de vida; y el hombre se convirtió en un alma viviente”. En nosotros recae la obligación de hacer lo necesario para protegernos de todo daño. En el libro Una vida saludable (Rav Asjayek) leemos que incluso las leyes del cuidado del cuerpo y la salud preceden a las leyes del estudio de Torá y los demás 613 preceptos (pág.31)

Pero cuando estamos ocupados, estresados y sentimos que el tiempo no nos alcanza, muchas veces no contamos con la pausa necesaria para revisar cómo nos estamos alimentando. Recurrimos a los alimentos envasados para hacer un poco más fácil la vida cotidiana. Pero la pregunta es, ¿es realmente una ayuda esa opción o tiene costos a largo plazo? ¿es totalmente cierto que nos “ahorra” tiempo seleccionar y abrir algún envoltorio bonito? ¿podemos confiar en los paquetes “verdes” cómo saludables”? Lógicamente que lo llevo a un extremo para a analizar y arrojar luz sobre el punto que quiero transmitir.

Una de las cuestiones que me enseñó el mundo de Torá es a no creer de buenas a primeras aquello que “aparenta ser verdad”. Por esta razón también nos toca ahondar en los productos que nos venden cómo “saludables” o para “niños”. Estos lentes conceptuales nuevos que nos forja una vida con mitzvot debemos utilizarlos para repensar también nuestros hábitos a la hora de elegir qué vamos a comer.

Uno de canales más importante para preservar la salud es sin duda la forma en la que nos alimentamos. Como está escrito en el Shulján Aruj, “la salud o la debilidad corporal dependen principalmente de la digestión de los alimentos”. No solamente debemos procurar esto en las comidas principales, como el almuerzo y la cena, también debemos revisar qué es lo que estamos ingiriendo en las colaciones y meriendas. Muchas veces, por costumbre, recurrimos a los paquetes que compramos en el supermercado para saciar el hambre, y no tomamos conciencia de que ahí reside gran parte del problema, ¡y la solución!

La doctora Raele, en su libro Nutrición Holística, explica que “los alimentos procesados (altos en químicos, azúcares refinados, aceites hidrogenados) gatillan una respuesta inflamatoria en el organismo, que es la causante de muchas enfermedades autoinmunes, inflamatorias, cancerígenas que han crecido en los últimos años. La población mundial está cada vez más enferma: la prevalencia de enfermedades crónicas (tales como obesidad, diabetes, enfermedad coronaria, etc.) aumenta con el pasar de los años y una de las grandes causas se debe al aumento de los contaminantes ambientales. Dado que este impacto es difícil de controlar (ya que no depende exclusivamente de nosotros), la alimentación se vuelve nuestro primer recurso para evitar enfermarnos... el alimento puede ser tanto tu medicina como tu veneno” (pág. 16).

El Rav Kelemen en su libro Iluminar un alma detalla las consecuencias que acarrea el consumo de refinados, conservantes y colorantes. “(...) abundan pruebas que respaldan la teoría de la deficiencia en vitaminas y minerales, (al consumir azúcar blanca). En particular, investigaciones recientes, que revelan que el cromo, un elemento necesario para que se metabolicen los carbohidratos, se elimina en forma casi total durante el proceso de refinación de la harina y el azúcar. Las personas que se alimentan con dietas ricas en harinas blancas y azúcares blancos exhiben marcadas deficiencias de cromo y, no casualmente, una mayor incidencia de hipoglicemia y conducta antisocial”.

Otro punto álgido de la alimentación actual es el consumo exacerbado de lácteos en las dietas infantiles. La doctora Raele explica que “la caseína presente en la leche produce un proceso inflamatorio, generando mucosidad en las vías respiratorias, alergias infantiles y desencadenando enfermedades autoinmunes e inflamatorias”. Muchas veces, por no saber cómo reemplazarlo, y por efecto de las publicidades, creemos que los niños sí o sí deben consumir lácteos en gran cantidad, una consulta con especialistas de esta área nos podrá orientar en cómo quedarnos tranquilos sin exacerbar su consumo, y cómo podemos reemplazarlo o intercalarlo con otros alimentos.

En mi caso personal, por alergia a la proteína de la leche de vaca, mis hijos no han podido consumir nunca lácteos. Esto no presenta un problema real, jamás se han tenido que suplementar. Sólo atender a que coman variado, de todos los macro y micro nutrientes disponibles.

También suele suceder que nos quedamos tranquilos que los niños están consumiendo “cereales” en las meriendas, siendo que éstos están repletos de colorantes que dañan la salud. El Rav Kelemen también se explaya sobre los conservantes y colorantes, por ejemplo: la tartracina (E102), está asociada con el asma, la urticaria, la rinitis y la hiperactividad; el curcumín (E100), es un mutágeno y perjudica la tiroides; el amarillo ocaso (E110) perjudica los riñones y las glándulas adrenales y provoca cáncer en animales de laboratorio... los benzoatos (E210-E219) provocan urticaria, angioedema, asma e hiperactividad infantil, los sulfitos (E220-227) inducen pruritos, urticaria, angioedema, asma y mutaciones; los nitratos y los nitritos (E249-252) causan cáncer en estudios sobre animales y humanos, etc.

Entonces, ¿Qué podemos hacer?

Con toda esta información disponible debemos aplicar el sentido común, en una dieta familiar siempre se pueden mejorar ingestas. No tenemos por qué ir “al todo o nada”. Por ejemplo, aplicando la siguiente regla mejoraremos ampliamente la nutrición familiar: “hecho en casa es mejor que elaborado en la fábrica”.

Buscar una receta rápida y sencilla de bizcochuelo o galletas caseras de avena nos puede facilitar el proceso. Una vez que encontramos una acorde a nuestro gusto, la repetimos en distintos formatos, budín, muffins, etc. El proceso en sí nos puede llegar a llevar 5 minutos. Invitar a los niños a participar del proceso hará que se involucren y diviertan. Con el tiempo se podrán ir cambiando los ingredientes primarios por otros nuevos que queramos probar, pero para comenzar, utilicemos los que tenemos a mano.

Otro punto importante es que flexibilicemos la idea de merienda que tenemos incorporada. Leche con chocolate más galletitas siempre como colación fija sin variación es un hábito que podemos alternar por comida real. Ofrecer a los niños una mesa con huevo duro, aceitunas, palta, pedacitos de choclo, bastones de zanahoria, galletas saladas, puede ser una buena manera de lograr que coman alimentos reales en más oportunidades al día. Hacer tortas que incorporen verduras y frutas también es una buena opción. Como también hacer licuados de distintos colores.

La rutina nos lleva muchas veces a funcionar en piloto automático, y a subestimar la capacidad de adaptación de los pequeños. A manera de anécdota, para Purim muchas amigas nos regalaron nueces con cáscara. Mi primer pensamiento fue que mis niños no se iban a interesar mucho por las nueces. ¡Y además pensé que debía buscar dónde me quedó la pinza abre nueces! Pero, una vez que las vieron comenzaron a jugar a romperlas contra el piso, y a ¡comerse lo de adentro! A mi hijo mayor, que no suelen gustarle las nueces, comenzó a comerlas con ganas. A eso le sumamos la explicación de que la forma de la nuez se parece al cerebro, por eso colabora en su buen funcionamiento y así incorporó algo totalmente nuevo.

Otra regla interesante es tomar conciencia de que propiciar que los niños consuman meriendas saladas en vez de dulces, los ayuda a que superen la selectividad alimentaria, y así quieran comer de todo. Hace poco le conté este dato a una mamá que tenía dificultades con su hijo en torno a la selectividad de alimentos que consume, ¡y recientemente me contó que su niño aceptó comer choclo por primera vez en su vida! Por lo tanto, proponer snacks y meriendas saladas sobre todas las ofertas dulces a los niños, colabora en que amplíen la diversidad de alimentos que consumen.

Probar no cuesta nada y puede traer muchos beneficios a los hogares. Les dejamos un resumen práctico de las ideas que podemos incorporar.

Resumen práctico:

  1. Recordar la siguiente regla mental: “hecho en casa mejor que elaborado en la fábrica”.
  2. Elegir una receta básica, que sea rápida, sencilla y que guste a todos los integrantes de la familia, cerciorarnos de tener los ingredientes siempre a mano en casa.
  3. Alternar las meriendas, ofrecer alimentos reales para las colaciones. Huevos, aceitunas, choclo, palta, frutas, licuados, trufas caseras.
  4. No subestimar el paladar de los niños y ofrecer alimentos nuevos. Comprar los bolsones preseleccionados de verduras y frutas nos “obliga” a cocinar y probar alimentos nuevos.
  5. Recordar que para lograr paladares más versátiles debemos comer más salado que dulce. Eso producirá que quieran probar los alimentos nuevos.

¡Espero sus comentarios!


Bonus

Receta básica de bizcochuelo en licuadora:

En casa usamos la licuadora para ir incorporando los ingredientes, licuar y poner en un molde. Por ejemplo, ponemos 2 huevos (o 2 cucharadas de lino), 3 cucharadas de aceite, 1 taza de harina de la que usen (en nuestro caso usamos sin gluten, sorgo blanco + cucharadita de Goma Xánta o polvo de Psillyum), ¾ taza de agua,  ¾ taza de azúcar (en nuestro caso usamos azúcar de coco, puede ser el azúcar que utilicen, o una banana bien madura para endulzar), una cucharadita de bicarbonato de sodio, 1 cucharadita de extracto de vainilla (opcional), dos cucharadas de cacao amargo (opcional). Licuamos todo y ponemos en un molde, ¡media hora y estará lista!