La fe y las inversiones tienen muchos denominadores comunes.

Invertir es una acción contraria a la lógica. Para tener éxito, debes ser ambicioso. Para sobrevivir, debes ser paciente. Sólo controlando tus pasiones y tu codicia puedes materializar las metas a las que esas mismas pasiones apuntan.

¿Por qué tanta gente fracasa al invertir? ¿Por qué hay tanta gente con un título de Harvard que está ahogando sus penas en alcohol porque mientras que su reporte sobre la reestructuración corporativa lo promovió a vicepresidente, su porfolio de acciones colapsó? ¿No se supone que deben ser más inteligentes?

Me llevó más de diez años darme cuenta, pero invertir exitosamente tiene poco que ver con la inteligencia.

Invertir consiste en comprar barato y vender caro. Hace falta paciencia para esperar y “no comprar” la acción hasta que llega a su piso. Hace falta compostura para retener la acción mientras estás ganando dinero. Hay que estar alerta para resistirse a tomar prestado arriesgando los ahorros de toda una vida para comprar más acciones. Hace falta fe y gratitud para estar contento con lo que Dios te ha dado y ser capaz de vender cuando el precio todavía está alto.

Desafortunadamente, todos nos ponemos súper emotivos con las acciones. En lugar de permanecer en calma y actuar con nuestras cabezas, actuamos imprudentemente. Lo hacemos con la esperanza de convertirnos en el nuevo Warren Buffet –para el fin de semana.

Desiste

Cuando veo que mis acciones están subiendo o bajando rápidamente, lo primero que siento es pura emoción. Todo en lo que puedo pensar es comprar más acciones con dinero prestado o vender esas posesiones lo antes posible. Antes de actuar siguiendo mis emociones, recuerdo que debo abstraerme de las “urgencias” de la situación corriente. Hago esto utilizando simple fe.

El judaísmo no requiere simplemente que un judío crea que Dios existe. La Torá nos obliga a que reconozcamos cómo Dios existe en todo lo que hacemos. Nada pasa o existe sin Su activa voluntad. Toda acción en el mundo es obra de Sus manos. Cada pulsación de mi corazón es un regalo Divino que llega directamente desde Él.

Dios asegura a cada segundo que mi cerebro, mis ojos, mis vasos sanguíneos, mis nervios y mis órganos estén funcionando perfectamente.

Dios es también la fuente de subsistencia en cada momento.

Siempre que necesito despejarme de demasiadas emociones, recuerdo dos principios básicos de la fe:

1) La cantidad de dinero que ganaré este año ya ha sido determinada en Rosh Hashaná. Durante el resto del año Dios solamente ejecuta Su juicio –no lo cambia (por supuesto que necesito poner mi esfuerzo y ganarlo).

2) Nadie en el mundo puede quitarme un centavo de lo que Dios ha predeterminado para mí (a excepción de mí mismo).

Si te fijas en la historia de los mercados de valores, verás que se comportan hoy de la misma manera en que lo hacían hace siglos, cuando surgió el primero. La razón para ésto es que el comportamiento humano, que dicta los movimientos del mercado, no cambia. Las emociones, pasiones y deseos que guiaron el comportamiento de las inversiones durante el furor por los tulipanes holandeses en 1637, no son diferentes a los factores del carácter general humano que guiaron al mercado de valores durante el furor de internet y al mercado inmobiliario de los últimos diez años.

Controlar nuestras pasiones es la clave para el éxito tanto respecto a la felicidad espiritual como a los esfuerzos materiales.

El crecimiento espiritual consiste en regularse a uno mismo para conectarse con Algo Superior. Se trata de controlar tus instintos básicos canalizándolos hacia una existencia más productiva.

Gordon Gecko tenía razón –la ambición es buena, siempre y cuando sea controlada y canalizada.

En el Shemá se nos ordena no descarriarnos tras nuestros corazones y nuestros ojos. Cuando queremos algo, no podemos perder el control. Podemos tratar de obtenerlo de manera casher –siempre y cuando lo que queramos sea algo sagrado. Sin embargo, no se nos permite seguir a nuestros corazones –la sede de la pasión humana— para obtener lo que queremos. Debemos desarrollar instintivamente una habilidad para mantener a todas nuestras emociones en jaque –especialmente a las contraproducentes.

Cuando se trata de subyugar la arrogancia y la lujuria, uno debe controlar su cuerpo, sus ojos, su corazón e incluso su mente. En el mundo de hoy en día, los estímulos que alientan nuestros instintos contraproducentes son inmensos. Para tan sólo mantener nuestro ser libre de impurezas, debemos esforzarnos constantemente.

Esta es la gran oportunidad del mundo de hoy. Al tener que resistir tantas tentaciones de desviarnos detrás de nuestros corazones, el comportamiento para controlarnos a nosotros mismos y controlar nuestras emociones se repite cientos de veces al día. Terminamos teniendo tanta práctica con nuestra refinación emocional que el acto de controlar nuestros instintos básicos se convierte en un instinto.

Gordon Gecko tenía razón —la ambición es buena, siempre y cuando sea controlada y canalizada. Mientras nuestra ambición permanezca como una lujuria incontrolable, la próxima vez que veamos en el mercado de valores una acción “imperdible” pondremos todo nuestro dinero en ella. Mientras que el impulso incontrolable de la ambición puede triplicar nuestro dinero en menos de un mes, la desconsideración irresponsable del riesgo puede dejarnos sin nada.

Si tienes control sobre tus emociones, entonces con una posición “ambiciosa” apreciarás la ganancia, pero no serás liquidado por la pérdida. Después de andar en la montaña rusa de los últimos años, medito sobre esta realidad metafísica: "la fe y la calma le ganarán a la emoción y al pánico en este negocio".

Y luego tomaré un respiro y volveré a trabajar.