Todavía me excito cuando llega el correo. Puede que sea mi nostalgia cuando las cartas y las tarjetas de cumpleaños eran entregadas por el cartero. Hoy en día mi buzón sólo alberga cuentas, solicitudes para refinanciar la hipoteca de la casa, menús de restaurantes chinos y… ¡un anuncio de mi deber cívico de presentarme como jurado!

La carta decía que debía presentarme en una Corte de Justicia de Los Ángeles para servir como un jurado en la semana del 20 de julio. Mi primer pensamiento fue que tenía que salirme de la obligación. No tengo nada en contra de cumplir con mi deber cívico – nunca falté a votar y pago mis impuestos escrupulosamente - pero la idea de pasar días, e incluso semanas, en un sofocante tribunal del centro de LA era demasiado para mí.

Tenía un trabajo, por lo que no podía alegar dificultad financiera, y ya lo había pospuesto dos veces. Quizás podía hacerme pasar por un jurado indeseable. Algunos amigos del trabajo me recomendaron hablar de manera racista, sexista o en contra de la policía, aunque me parecía desagradable. Especialmente en un cuarto lleno de gente a la que estaría ofendiendo.

Luego tuve una idea “radical”: ¿Qué pasaría si utilizara una kipá? Después de todo, los abogados buscan gente que puede ser manipulada con facilidad, y con un legado de miles de años de discusión, un judío religioso no va a ser contrincante fácil. Además, probablemente sería etiquetado como una clase de fanático, lo que me descalificaría inmediatamente.

Era el plan perfecto. A excepción de una cosa: Yo no uso kipá.

En realidad, eso no es verdad; uso una kipá cuando voy al shul o a eventos judíos como bodas y bar mitzvot. Pero apenas estoy en público, o trabajando, inmediatamente me cubro la cabeza con una gorra o con algún otro tipo de sombrero. Lo llamamos “ortodoxo encubierto”. No es que me da vergüenza ser un judío observante, Dios no lo quiera; es sólo que me resulta más fácil no hacerlo demasiado público.

La idea de utilizar una kipá para evadir mi deber cívico se desvaneció rápidamente. No estaba realmente listo para asumir el compromiso, por lo que me puse una gorra de béisbol y me dirigí a la corte.

Cuando llegué al ascensor para subir a la sala del tribunal, había un muchacho utilizando una kipá negra de terciopelo, tzitzit colgando libremente y una Guemará en sus manos. “Hombre, este muchacho debe querer mucho salirse de la obligación de ser jurado”, pensé para mí mismo.

Entré a la sala del tribunal, inundado por el horrible sentimiento de que Dios estaba a punto de jugarme una broma.

Me bajé en el onceavo piso, dirigiéndome hacia la sala, y cuando estaba a punto de entrar, me paró el alguacil. “No se permiten sombreros”.

“Lo sé, pero…”

Este hombre tenía una pistola y una voz rígida: “No se permiten sombreros en la sala. Quítese su sombrero”.

Yo no iba a ser arrestado por desprecio a la corte, especialmente dado que tendría que ir sin sombrero también a mi propio juicio. Por lo que me quité el sombrero, revelando la kipá que todavía estaba utilizando desde el rezo una hora antes. Entré a la sala, inundado por el horrible sentimiento de que Dios estaba a punto de jugarme una broma.

Cuando fui llamado para ser interrogado, mi mente pensó a gran velocidad buscando formas de salir de la situación. De ninguna manera iba a dar un discurso fuera de tono utilizando una kipá. Tendría que confiar en el prejuicio de la corte para descalificarme. Como lo destinó la suerte –o la providencia divina— fui seleccionado como jurado. Durante la siguiente semana sería el Jurado Suplente Número Dos, o como seguramente todos me llamarían: “El muchacho de la kipá”. Me sentía terrible.

El jurado anunció que nos tomaríamos un recreo de 15 minutos antes de comenzar, y los jurados marchamos hacia afuera en fila. Me puse la gorra apenas crucé el umbral de la sala. Me sentía muy incómodo y decidí que iba a permanecer con el perfil tan bajo como fuera posible. Luego vi a la Abogada Defensora y le pregunté si sabía a qué hora iba a ser el almuerzo. Me dijo bruscamente que no tenía permitido tener ningún contacto con ninguno de los jurados y que por favor no le hiciera más preguntas. Bueno, desde ahora me mantendría con bajo perfil. Un segundo después, fuimos convocados de nuevo a la sala del tribunal.

“Quítese el sombrero por favor”. Maldición, pensé que el alguacil no se acordaría.

Me dirigí con la kipá hacia la tribuna del jurado y me senté tan discretamente como pude. El juez pidió que se dijeran los discursos de apertura. La Abogada Defensora saltó y dijo: “Su señoría, antes de comenzar quiero revelar que el Jurado Suplente Número Dos se me acercó y me preguntó a qué hora era el almuerzo”.

¡Ugh! No lo podía creer. Todos en la sala me miraron y yo sabía lo que estaban pensando: “El judío ortodoxo siempre piensa en comida”. Y estoy seguro de que estaban esperando a que la Abogada Defensora dijera: “También me preguntó cuándo va a recibir sus 15 dólares para gastos”. Es exactamente por esto que no quería utilizar una kipá; la utilizo por 15 minutos y ya soy negativo para los judíos.

Cuando finalmente cortamos para el almuerzo, tomé mi gorra, bajé la cabeza y no hablé ni hice contacto ocular con nadie remotamente asociado con la corte o que utilizara cualquier tipo de insignia o bata. A más o menos una cuadra de la sala del tribunal, el Jurado Suplente Número Uno corrió hasta mí.

“No tengo permitido hablar sobre el caso”, le dije rápidamente.

“Lo sé. Sólo quería decir que cuando te sacaste la gorra me sorprendió ver una kipá”.

“¿Eres judío?”, le pregunté.

“No. Católico. Pero me gustó ver que utilizabas una kipá. Implicaba que por lo menos habría alguien inteligente en el jurado”.

“¿Entonces piensas que no fue estúpido preguntarle a la Abogada Defensora a qué hora era el almuerzo?”

“No”, contestó, “eso fue bastante estúpido. Pero en general, noté que los judíos religiosos que conozco tienden a ser inteligentes”.

No era lo que esperaba oír.

Durante los días siguientes, forzado a utilizar mi kipá, traté de estar a la altura de lo que representaba. Tomé notas diligentemente durante el juicio y cuidé todo lo que dije. Me acostumbré tanto a utilizar la kipá que ni siquiera me ponía la gorra cuando dejaba la sala de tribunal para coger un snack o para ir al baño.

El juicio terminó el viernes por la mañana, y a pesar de toda mi aprensión, sabía que iba a extrañar la experiencia. Antes de dejar la sala del tribunal, el juez nos dijo que ya éramos libres para discutir sobre el juicio. Cuando salía, vi a la Abogada Defensora reuniendo sus papeles. Ahora que le podía hablar, me acerqué a ella: “No sé si lo recuerda, pero en el primer día le pregunté a qué hora era el almuerzo. Lo siento mucho”.

Me dijo que se sintió muy mal al respecto y me pidió disculpas por acusarme. Era nueva en la profesión y estaba un poco nerviosa. Luego me pidió mi opinión sobre cómo podría haber presentado su caso de mejor manera y yo le ofrecí mis consejos.

No estoy listo para el desafío de vivir a la altura de utilizar mi kipá en público, pero espero estarlo algún día.

Después de satisfacer mi fantasía no cumplida de ser Abogado Defensor, miré el reloj y le dije que era hora de irme a casa. Me agradeció por mi contribución y mientras me daba vuelta para irme me dijo: “Shabat Shalom” de una manera que me hizo saber que era judía.

Yo sonreí. “Shabat Shalom”, le contesté, y me fui.

Obtuve de esta semana más de lo que hubiese podido imaginar. Me di cuenta de que muchos de los prejuicios que la gente tiene sobre los judíos religiosos eran mis propios prejuicios, o por lo menos inseguridades. Quisiera decir que utilicé mi kipá cuando salí y que no me la he quitado desde entonces, pero, la verdad, me puse la gorra de béisbol mientras estaba saliendo. No estoy listo para el desafío de vivir a la altura de utilizar mi kipá en público, pero espero estarlo algún día.

Mientras tanto, voy a hacer lo mejor que pueda para actuar como si estuviera utilizando una kipá, y siempre llevaré en el corazón mi semana de Deber Judío.