Nunca he sido de los que creen en el "sistema de negociación con Dios". Tú sabes de esas situaciones, donde algo terrible esta ocurriendo o va a ocurrir en tu vida y pides a gritos a los cielos (en algunos casos por primera vez), "¡Hey Dios, sé que no he sido muy religioso, pero si haces X por mi, prometo que haré Y!" y luego "X" sucede.

No. Nunca creí en ese sistema. Nunca creí que esos "milagros" pasaran.

Hasta que me pasaron.

Había estado en mi nueva compañía por dos años y medio, y las cosas iban bastante bien. Primero, había conseguido el trabajo usando mi Kipá durante la entrevista. Mi jefe era grandioso –- realmente era un hombre espiritual y un buscador de la verdad como yo. Nos pasamos largas horas discutiendo sobre Dios y la naturaleza del universo. A él le gusto mi trabajo y también mi estilo. Y dado que el viejo adagio de "su jefe hará que abandone o le agrade su trabajo" es cierto, mi vida laboral era bastante tranquila, bastante fácil y sin acontecimientos.

Hasta que...

Mi director, el hombre que hizo mi trabajo tan placentero y que respetaba mi religiosidad, me llamó para decirme que dejaba la compañía. Sentí un agujero en el estomago. Perder un buen director cuando trabajas para una gran empresa podía significar algo bueno, podía significar algo malo, pero siempre significaba incertidumbre. ¿Quién seria mi nuevo director? ¿Sería un buen muchacho? ¿Tendría una falta de afinidad particular por los hombres con Kipá? Mucho se dejaba al azar. Y en este caso, mi suerte se había agotado.

Conocí primero a mi nuevo director, Pablo (no es su nombre real), en un restaurante en Nevada donde vivía. El no era un gran conversador. Me entere que era casado y con dos hijos, que no era judío y que sólo recientemente se había convertido en gerente. Olvídense de la intuición femenina –- no la necesitaba para percibir la mala vibración que este hombre me mandaba. Por la razón que sea, a Pablo no le simpaticé desde un principio.

La primera cuestión que se presentó fue que al cumplir con las leyes de cashrut necesitaba de comida casher en las reuniones de empresa. Pablo, dejó en claro que las comidas casher estaban bien, pero no si interferían con "actividades importantes" como cenas de grupo. Luego vinieron las "controversias de Shabat". Cuando le dije a mi director anterior que tenia que estar en casa los viernes antes de la puesta del sol, su respuesta fue: "no hay problema. Haremos lo que sea necesario para asegurarnos de que este en su casa a tiempo".

La única respuesta de Pablo fue: "Bueno, tendré que revisar la política de la empresa al respecto".

Finalmente tuve que decirle: "Pablo, esto no es negociable. El Shabat es sagrado. No es mi regla, es la de Dios".

Pablo me observó a través de la mesa. Yo rápidamente me di cuenta que Pablo era un hombre muy machista, un hombre al cual le gustaba estar a cargo, un hombre al cual no le gustaba que su subordinado le diga que algo "no era negociable".

Cuando termino la reunión, yo estaba convencido de que mi primera lectura de Pablo fue precisa: a este tipo no le gustaba. Y comenzó a mostrarlo inmediatamente haciendo todo lo que pudo para hacer mi trabajo miserable. Estaba constantemente provocándome a discutir con él en todas las conversaciones que teníamos.

Yo nunca muerdo el anzuelo. En cambio, me enfoque en ser el empleado modelo. Hice todo lo que me pedía. Estuve de acuerdo con sus opiniones aun cuando pensaba que su última idea debía haber venido de la región de dementes de Marte. Incluso siempre que era posible lo felicitaba por su técnica de gestión.

Pero nada funciono. Él sólo tuvo "críticas constructivas" para mi sobre todo lo que hice. Aun cuando las mediciones objetivas de mi éxito, como los números de venta, fueron muy buenos, era lento para reconocerlas a mi o a cualquier otra persona. Y él siempre tenía un comentario negativo que añadir en cuanto a cualquier éxito que tuviera. Mientras mejor me comportara y más duro trabajaba, más malo se ponía y más trataba de hacerme quedar mal.

Empecé a preocuparme de que mi trabajo en realidad podría estar en peligro. Para empeorar las cosas, mis números de venta comenzaron el año debajo del objetivo. Mi territorio estaba en el 84% de las ventas esperadas después de 3 meses. Tenía miedo. Mucho miedo. Y lo que es peor -- la angustia comenzaba a extenderse en mi vida personal.

Justo en ese momento, un amigo cercano me pidió que pase por su oficina para hablar. "¿De qué quieres hablar?" le pregunté.

"De tu crecimiento espiritual", respondió.

"¿Mi crecimiento espiritual?" me sorprendí. "¡¿Quién desea hablar con alguien acerca de su crecimiento espiritual?!"

Cuando nos reunimos, nos pasamos la primera media hora hablando de mi penosa situación laboral. Entonces, mi amigo cambio el tema. "Sólo tengo dos preguntas", dijo. "¿A qué sinagoga estas yendo y qué estas haciendo por el estudio de Torá?"

Me quede atónito. "¿Qué quieres decir?" le pregunté incrédulamente, "¡voy a la misma sinagoga que tú -- Aish HaTorá!"

"Eso es interesante", mi amigo continuó, "Porque estoy allí a las 6 a.m. para el minián más temprano y no te veo ahí. Después estoy aprendiendo Torá a las 7:30 a.m. cuando el segundo minián comienza -- y tampoco te veo ahí. Solo te vi un puñado de veces los viernes a la noche y llegando muy tarde los sábados por la mañana. Tampoco te veo en las clases de Talmud o Tanaj en la mañana."

Estaba un poco avergonzado, pero sólo por mi propio comportamiento. Mi amigo tenía razón. Desde que mi esposa y yo tuvimos hijos, he utilizado a "tengo niños pequeños" y "no puedo dormir" como excusa para pasar de ser un hombre que reza los 7 días de la semana con minián y estudia Torá, a un hombre que reza en el hogar y estudia poca Torá.

Mi amigo entonces compartió su historia personal de los efectos de la oración y estudio en su negocio. Dijo que cuando él se comprometió a tres cosas -- rezar todos los días con minián, estudio de Torá diario y al acercamiento de otros judíos -- su éxito en el trabajo aumento vertiginosamente.