Por años, mis cortas vacaciones del trabajo o de la escuela habían sido escapes a lugares donde las preocupaciones son pocas y las comodidades muchas. Este año, fui a donde las preocupaciones son muchas y las comodidades pocas. Probablemente, nunca más me tire en una hamaca al lado de una piscina de nuevo.

Este verano hice un viaje con Global Volunteers, una organización no-gubernamental que manda voluntarios hacia naciones en desarrollo, para ayudar con las tareas diarias enfrentadas por personas pobres y hambrientas que luchan por una vida mejor. Lejos de la política, las salas de reuniones o los presupuestos, los voluntarios dan una mano en actividades simples, tales como mantener registros en clínicas médicas, ayudar con la construcción de escuelas, o enseñarles inglés a los niños – tareas que no requieren habilidades especiales, sólo un poco de paciencia y algo de humor.

Yo elegí Ghana, el lugar de inicio de los Cuerpos de Paz de los Estados Unidos, donde 50 años de democracia la hacen sobresalir, la "joya" de África Occidental, sin hechos de violencia en curso y con una actitud de bienvenida hacia los extranjeros que raramente visitan este rincón del mundo.

No es ni poco costoso, ni tampoco fácil viajar a África del Este. No se puede ni siquiera entrar a Ghana sin un certificado de vacunación contra la fiebre amarilla. Asimismo mi doctor insistió en vacunarme nuevamente contra el tétano, polio, fiebre tifoidea y hepatitis A – cientos de dólares en vacunas, ninguna cubierta por un seguro común. También tomé pastillas contra la malaria, eligiendo entre la dosis semanal, que es conocida por causar paranoia, y la pastilla diaria, que es mucho más fácil de olvidar, y resulta ineficaz. La malaria es la causa número 1 de muerte en Ghana, pero un doctor le advirtió a un compañero voluntario que la rabia está tan extendida, que si incluso eres arañado por un gato, tus vacaciones se acaban inmediatamente y debes despegar de África para un tratamiento competente. Con mi bolso lleno de redes para mosquitos, una pequeña farmacia con remedios, y suficiente proteína para tres semanas, me senté en el largo vuelo desde Los Ángeles a Ghana.

No había agua caliente, nunca; electricidad intermitente; lagartos por todos lados; y gatitos de los cuales nos advertíamos entre nosotros gritando en la oscuridad "gatito muerto".

En mi primer día completo en la capital Accra, caminé durante horas por el museo nacional, el mercado al aire libre, las áreas residenciales, sin ver una sola persona blanca. El día siguiente, me uní a mi grupo de voluntarios y tomamos un autobús hacia la ciudad costera, donde pasaríamos el siguiente par de semanas juntos, siendo los únicos blancos en varios kilómetros a la redonda.

A pesar de que nuestro alojamiento era mejor que el de cualquier residente local, estaba muy lejos de cualquier "hotel" que la mayoría de la gente consideraría. No había agua caliente, nunca; electricidad intermitente; lagartos por todos lados; y gatitos de los cuales nos advertíamos entre nosotros gritando en la oscuridad "gatito muerto".

La mesa en mi cuarto se convirtió en el "lugar de inicio" para el comienzo de cada día. Ahí, luego de escalar para salir de mi red de mosquitos cada mañana, una selección de píldoras de malaria, repelente para mosquitos, crema antibacterial, agua de manantial, bloqueadores solares, un gorro de la selva y otras prevenciones me saludaban como un aleccionador recordatorio que el peligro estaba siempre presente. Mi tesoro privado de atún, barras de proteína, multivitaminas, Cipro, Zithromax, Sudafed, Tylenol, matzá e incluso más agua, formaban una barrera protectora entre el medio ambiente natural y yo.

Las actividades comunes de la mañana eran complicadas por el peligro del agua (nosotros éramos afortunados de tener agua fría corriendo intermitentemente en el baño, pero no estaba purificada): lavarse los dientes requería agua embotellada - el simple acto de pasar el cepillo por debajo del chorro lo volvía inservible para siempre.

Cuando salía de la santidad de mi habitación privada, estaba bañada en capas de protección líquida, y estaba protegida con camisas largas, faldas largas y un gorro. Una vez afuera no iba a ningún lado sin un paquete lleno de protecciones: toallitas antibacteriales para la cara (cosa que las gotas de sudor de mi cara no transfieran gérmenes de mi cara o mis dedos hacia mis ojos), toallitas antibacteriales para las manos (para ser usados antes de comer cualquier cosa, especialmente si has tocado a alguien), rollos de papel higiénico, pañuelos, y siempre, más agua.

Gastamos bastante tiempo y fondos protegiéndonos de África. Irónicamente, ¡viajar al país más pobre que jamás haya ido se convirtió en las vacaciones más caras de mi vida!

Así, librando una batalla contra la naturaleza, y conciente de los peligros, caminé por dos semanas hacia afuera de los muros del hotel, rumbo a la escuela primaria donde iba a trabajar como profesora de inglés. Las cabras se mezclaban libremente entre jóvenes y niños descalzos, ambos esquivando los alcantarillados abiertos que se alineaban a los lados del camino. Las escuelas cierran cuando llueve, ya que el suelo embarrado puede hacer resbalar a los niños hacia las zanjas del alcantarillado. Las mujeres caminaban, con la frente en alto, balanceando grandes jarrones de comida y bienes para consumir en sus cabezas, y con bebés amarrados en sus espaldas. La construcción rudimentaria va avanzando de forma intermitente por el camino, mientras que las necesidades compiten con el costo de mantener los proyectos avanzando, así sea lentamente.

No me pude mover por varios minutos, hasta que le di la mano a cada uno de los niños e intercambié saludos locales.

El primer día estaba llena de inquietudes, preguntándome cómo iría a reaccionar la gente local a estos extranjeros que aparecían en sus calles. No tenía de que preocuparme. Fuimos recibidos como celebridades visitantes. El primer niño que nos vio comenzó a gritar "¡Blufono! ¡Blufono!" ("¡Hombre blanco! ¡Hombre blanco!"). Luego, pequeños niños llegaron a raudales por todos lados, corriendo hacia nosotros como si el miembro más querido de la familia hubiera regresado tras una larga ausencia. Un valiente pequeño de tres años de edad me agarró por las piernas para darme un abrazo, y luego docenas más se abalanzaron, eran tantos que no me pude mover por varios minutos, hasta que le di la mano a cada uno de los niños e intercambié saludos locales.

Cuando me asenté en la escuela el primer día, el director me llevó a cada uno de las clases de primero a sexto grado. Los estudiantes saltaban y miraban a su profesor esperando la indicación para entonar la canción de bienvenida que habían preparado. Mientras me paseaba por cada clase, era recibida con canciones y bailes.

Un curso cantó "Rise and Shine," una canción que yo conocía bien por los campamentos de verano. Los niños sabían el coro, pero no las estofas intermedias o los versos de aquella bien conocida canción norteamericana sobre Noé y el Diluvio. Día más tarde les enseñaría el resto de la canción, y la cantaríamos juntos hasta que mi voz se quebró por las lágrimas, abrumada por el jubiloso coro que respondía a mis versos, mientras cruzábamos las barreras de la distancia, raza, pobreza, lenguaje y experiencias de vida para unirnos en una canción que grita, con todas sus fuerzas, "¡Surge y brilla y dale a Dios tu gloria!".

Es difícil explicar cómo les enseñe a leer a estudiantes que, literalmente, no tienen ni un libro. Agradecidos por el edificio de la escuela (otros niños estudiaban bajo los árboles), los niños hacían turnos para "barrer" la sala de clases con bolsas y palos. El mapa que yo había llevado desde Accra era el primero que ellos habían visto. Yo me había decidido que no iba a dejar Ghana, hasta que cada uno de los niños pudiera señalar su país en el mapa de África. Me sentía como Ana con los niños del rey de Siam, dándoles la noticia de que su país era un pequeño lugar en un gran mundo. Pero, a diferencia de los niños tailandeses de la película, lejos de estar decepcionados al ver que su país era pequeño, estaban excitados al saber que era un verdadero lugar en el mapa, y que sus vecinos Togo y Burkina Faso también aparecían ahí. La mañana después de mí lección de geografía, la profesora me dijo que los niños se habían juntado temprano antes de clases, abalanzándose excitados sobre el mapa, intercambiando comentarios en su lengua nativa. A pesar de que había comprado el mapa para mí, no había duda de que su nuevo hogar era la hasta ahora vacía pared de la sala de clases.

La mayoría de las lecturas, y lo que se escribía, se hacía en un antiguo pizarrón en el frente de la clase. A excepción de una parte que se había mojado (y vuelto inútil), proveía un buen servicio. Sin electricidad, los profesores no podían hacer copias de materiales o pruebas, así que todo se escribe en la pizarra. La tiza era tratada como una sustancia sagrada y los alumnos rápidamente rescataban para el futuro hasta el más mínimo pedazo de tiza que se rompía y caía al piso.

Los niños trabajaban juntos para asegurarse de que todos aprendieran lo más posible. Un pequeño niño estaba escribiendo un dictado en el pizarrón. ("Cuando yo sea grande, quiero ser un doctor" fue la oración optimista que le dicté). Su ligera inclinación hacia arriba al escribir, hizo finalmente que su frase esté demasiado alta para que la pueda completar. Balanceándose en puntillas de pie, trató de terminar la oración estirándose hacia arriba. Un niño más grande se acercó a la pizarra y levantó al pequeño en sus hombros para que así pudiera terminar su parte.

Nada era desperdiciado en nuestro pequeño pueblo. Al final de cada día, el basurero de mi cuarto estaba lleno de envolturas de comida, botellas de agua, productos de papel usados, boletas viejas, una media agujereada, etc. Sin embargo, me di cuenta que los basureros en las salas de clase nunca tenían nada dentro – de hecho, la única vez que vi un basurero siendo usado en la escuela fue cuando uno de los niños lo usó como "canasto" durante un juego. En una clase en la que los estudiantes tienen un bloc de 20 páginas para todo el año, no hay ningún papel que se pueda desperdiciar. La frugalidad no es fruto del autocontrol; es una forma de vida necesaria.

Un día, en la sala de clases, abrí el paquete de una cámara desechable, la cual venía en un folio metálico anti rayos X y estaba envuelta con un protector de cartón. Ansiosa por empezar a sacar fotos, abrí el paquete y dejé el cartón a un lado. Al final de la jornada escolar, la maestra me fue a buscar a la sala de clases, seguida por varios estudiantes para devolverme el paquete y el forro de cartón. Cuando dije que no lo quería, la profesora tomó el paquete y le dio el forro de cartón a un feliz estudiante, quien fue a contarles a sus amigos sobre el inesperado regalo.

Los niños no se cansan nunca de hacer preguntas sobre cómo vivimos en Estados Unidos: "¿tienen teléfono? ¿Y automóvil?", preguntaban, con el mismo tono de voz en el que alguien aquí podría preguntar si eres dueño de tu propio jet o yate. Mis respuestas afirmativas resultaban, en muchos casos, en varios dibujos de automóviles que recibía como regalo. Empecé a ser conocida como la mujer que vivía sola y que tenía su propio vehículo, un puñado de riqueza y extravagancia en un pueblo donde los únicos vehículos que poseían las familias eran botes pesqueros compartidos.

Cuando empacamos para irnos, todos los miembros de mi grupo decidieron que dejaríamos todo lo que pudiéramos en nuestras habitaciones. Ahora veíamos nuestras posesiones de una forma distinta. La red para mosquitos que quedaría guardada en una pila de cosas de campamento por años en el garaje en casa, aquí podría salvar la vida de un niño cada noche. Las bolsas plásticas podrían mantener la comida fresca por más tiempo, o arreglar un muro o un techo con goteras. Me tomé unos minutos para arrancar las páginas sin usar de mi diario de viaje – algún niño podría usarlas para aprender a escribir en ellas. Por supuesto, todos los suplementos médicos, hasta la última toallita y aspirina, fueron dejados en el escritorio, así como mi frazada y funda de almohada, y la mayoría de mi ropa.

De regreso en casa, la ducha caliente por la mañana es como ganarse la lotería cada día.

De regreso en casa, con más habitaciones que habitantes, ahora se que Dios me ha provisto en todas mis necesidades, para todas las cosas que percibía que me faltaban, veo que tengo más que suficiente. Primero, están los libros – libros de cartón para los bebes, libros de niños, mis libros de la universidad, clásicos y literatura, libros escritos por amigos y colegas, libros judíos, y quizás, más irónicamente, una repisa entera de cómo vivir de forma más simple. Dos baños, provistos con agua potable para lavarse los dientes y lavar mi cara. No tener que esterilizar mis manos después de lavarme el pelo en la ducha. ¡¡¡Agua caliente, fluyendo de la llave!!! Luces que se prenden y apagan a mi capricho. Montones de bloques de papel recibidos como promociones de negocios locales. Basureros en cada habitación para tirar el papel que he usado por un solo lado, bolsas plásticas usadas una vez, comida a medio comer.

Mi ducha de agua caliente es como ganarse la lotería cada día. Me siento limpia de nuevo, y salgo de mi casa vistiendo sólo mi piel y mi ropa diseñada para la modestia, no para proteger mi vida. Salto a mi auto privado y manejo hacia un almacén, donde me enfrento a pasillos de cereales, productos, y opciones, opciones, opciones, todo fresco, fácil, económico, y seguro para comer. En un cajero automático, extraigo un monto equivalente al salario de dos meses de un ghanés – dinero de bolsillo para alguna compra impulsiva.

Y aún, no puedo dejar de pensar que si hubiera tenido 20, o 50, me hubiera quedado más tiempo en nuestro pequeño pueblito. Mientras que nuestros días estaban llenos de desafíos, ellos tenían determinación, amor, cortesía y no tenían rencor. Los niños se comportaban bien, eran agradecidos, y estaban siempre listos para saltar, cantar y bailar – predispuestos con alegría cuando llegaba el momento.

Cada día por casi tres semanas, en un pequeño pueblo en África, los niños me mostraron una alegría exuberante, una gratitud sincera, humildad constante y un amor abierto.

Uno de nuestros rabinos ha dicho, "¡Haz lo que te guste, y tu corazón va a seguirte!". Cada día por casi tres semanas, en un pequeño pueblo en África, los niños me mostraron alegría exuberante, una gratitud sincera, humildad constante y un amor abierto.

En las cartas que escribieron el último día me expresaron en su inglés rudimentario sentimientos tan valiosos como la vida: "No estoy feliz de que te estás yendo", "Tus canciones y enseñanzas son muy lindas", "Te queremos porque tú nos quieres", "Gracias por mostrarnos tu gentileza".

Tomando la mano de cada niño, uno a la vez, miré dentro de sus jóvenes y hambrientos ojos y les dije básicamente lo mismo. "Estoy muy feliz de haberte conocido. Eres un niño muy especial y maravilloso. Siento tener que irme ahora, justo cuando nos estamos haciendo amigos. Pero se que vas a continuar trabajando duro en la escuela, y que puedes triunfar, y algún día voy a escuchar grandes cosas sobre ti".

Muchas de las niñas, y uno de los niños, acostumbrados al estoicismo en una vida de privaciones, dejaron escapar lágrimas y me abrazaron para despedirse. "No me olvides", me dijeron muchos de ellos.

Yo no podría.