Como abogada de una distinguida firma, había logrado un cierto status y un ingreso que crecía firmemente. Cuando alguien una vez me comentó en Rosh Hashaná, que "el Todopoderoso decide cuanto dinero ganarás", yo me reí y respondí, "¡Si, pero yo le doy un monto mínimo!".

Pero luego de más de una década en el mismo empleo, reconocí que había desarrollado mi propia versión del Síndrome de Estocolmo: ya no podía distinguir entre mis propias metas y el plan profesional y financiero que tenía mi firma para mí.

Temía que si pestañaba tendría 65 años, y estaría retirándome de mi trabajo, sin nunca haber tomado otra decisión importante sobre lo que yo estaba haciendo con mi vida. Desesperadamente quería despejar mi mente, pensar creativamente sobre lo que me gustaría estar haciendo, y quizás incluso entender lo que Dios quería que haga con todas las habilidades y experiencia que había sido tan afortunada de adquirir.

Preparada para descubrir que maximizar mis ingresos podría no ser la meta, di el salto.

Tiempo Libre

Eliminar un puesto profesional de tiempo completo de mi horario, me dejó con dos grande desafíos: tiempo y dinero. Me costó un poco el definir qué hacer con todo el tiempo libre. De repente, ¡había demasiado! De la mañana a la tarde, tendido en frente mío, sin ni un horario fijo. Que enorme oportunidad, y que enorme responsabilidad. Me encontré a mí misma en una realidad paralela en la que tenía tiempo para hacer lo que quisiera – pero sin una idea de qué podría ser eso.

Decidí empezar por hacer sólo aquellas cosas para las cuales debía utilizar mis habilidades y posibilidades en servicio al bien público, sin importar cuanto me paguen.

En el año que siguió a mi renuncia, serví como jueza temporal (sin pago), como una jueza arbitral en disputas arancelarias entre abogados y clientes (sin pago), enseñé ingles, historia, y educación cívica en un colegio para niñas judías (también sin pago), escribí para esta pagina Web, e hice una docena de otros trabajos que me desafiaban y me tiraban hacia nuevas direcciones.

 

Al salirme de mi trabajo, pase a estar disponible para mi vida.

 

Además del trabajo profesional, la gente me llamaba para varias cosas que nunca antes me habían pedido cuando era empleada: ¿Podría ser la anfitriona del cumpleaños de 50 años de una amiga? ¿Otra despedida de soltera de la hija de una amiga? Pase una semana en casa con una amiga que se recobraba de la quimioterapia. Compré todo tipo imaginable de pelotas, y recibía a mis amigos, cuyos hijos jugaban en el patio. Mi sobrino de 12 años vino desde otro estado a visitarme por cinco días, y pase cada momento con él, en la playa, en el cine, comprándole su traje de Bar-Mitzvá. Me enamoré nuevamente de cocinar, y de comer comida fresca y saludable (¡Ya no tomo más desayuno en el auto!).

Al salirme de mi trabajo, pase a estar disponible para mi vida. Y la vida pasó a ser rica, y buena, variada e interesante.

Tenía más tiempo del que tenía pensado, porque junto con no trabajar, no me tenía que "escapar" más del stress del trabajo a lo que solían ser las horas después de la oficina. El tiempo del computador se redujo a algún juego ocasional; mi deseo de "ver" programas de entretenimiento casi desapareció por completo. En cambio, mi garaje quedo limpio; mi armario actualizado; mi cuerpo ejercitado. Jugaba más y me quejaba menos.

Rápidamente aprendí que tener más tiempo libre también significa más tiempo para sentirme mal sobre aquellas grandes cosas que me entristecían – en mi caso, todavía no haber encontrado mi verdadero compañero de vida. Parecía que trabajar tiempo completo me daba permiso para no tener que aprender a manejar mi mente, mis emociones, mis sentimientos – ellos estuvieron invernando por 16 años mientras yo me ocupaba de hacer mi "trabajo".

Pero ¿Cómo Vives?

Y luego el dinero. "Pero, ¿cómo vives?", me preguntan casi a diario. Eso en realidad ha sido el gran misterio. No hice nada de propaganda ni busque un empleo con ganancia de ningún tipo. Habiendo cortado el cordón umbilical de mi cheque de pago bimestral, no tenía absolutamente ningún plan de ganar dinero, y no planeaba tenerlo. Deje este área de mi vida completamente en manos de Dios – y ya no le di más un monto mínimo. En dicha consideración, mi año de vivir sin empleo era realmente un año de vivir peligrosamente.

Cualquier trabajo de pago legal que hice fue el resultado de invitaciones no solicitadas. Algunos trabajos vinieron a mí en un goteo errático, por recomendaciones de gente con la que trabajé en el pasado. Pero al contrario de hacer cualquier cosa que me llegara, decidí aceptar trabajos para los cuales yo estaba especialmente calificada y en los que estaba particularmente interesada. Sólo trabajaría para gente en quien confiara completamente. Puse todas estas vallas entre yo y el ingreso, y le pedí a Dios que me de suficiente.

Cada vez que el trabajo pagado se estaba acabando, elegía un momento en el futuro en el que me empezaría a preocupar (¡No estoy en el nivel en que no me preocupo nunca por la plata!). En marzo, calculé que en mayo mis finanzas necesitarían un refuerzo – así que tuve en mente que me empezaría a preocupar recién el 4 de mayo. Eso me dio casi dos meses de grandes momentos, libre de preocupaciones y lleno de vivir.

Me preocupo menos por el dinero ahora que cuando tenía un trabajo de tiempo completo – y estoy haciendo un montón de cosas menos.

 

Una noche de mayo, en medio de la semana, tuve una comida en la casa de una amiga (algo para lo que absolutamente no tenía tiempo cuando tenía un trabajo), y su esposo me preguntó que estaba pasando con mi trabajo. Le conté que estaba disfrutando de un tiempo libre, pero esperando empezar a trabajar de nuevo en algunos días. El día siguiente me recomendó un caso sustancial en mi área de experiencia, lo que me mantuvo trabajando hasta noviembre. Sentí, y le expresé, mi gratitud al Todopoderoso por esa derivación, y me sentí privilegiada de trabajar en ella. ¡Qué diferente al trabajo que hacía desganada por un cheque de pago que recibía trabaje duro o no!

Los detalles no son importantes, pero la experiencia ha continuado. Para mi gran asombro, y plena gratitud, el trabajo perfecto para mi llega casi en el preciso momento en que necesito el dinero, y siento que me están cuidando. Me preocupo menos por el dinero ahora que cuando tenía un trabajo de tiempo completo – y estoy haciendo un montón de cosas menos. Ya no siento que mi ingreso se encuentra en las manos de otros seres humanos que usan criterios arbitrarios para determinar mi valor, o incluso que mi propio esfuerzo es el determinante de cuanto gano.

Desde que ya no "Le doy un monto" lo que ahora recibo es más cercano al monto que necesito. Es una fracción de mi antiguo salario, pero siento que es suficiente.

Desde que dejé mi trabajo, las riquezas de una vida de amigos y colegas me mantienen mejor que lo que mis propias finanzas lo han hecho. Estoy aprendiendo a recibir de forma cortés, en vez de ser siempre la que da; estoy aprendiendo a aprender de nuevo, después de haberme siempre sentido una maestra. El poder y la confianza del alto salario ganado han sido reemplazados por la humildad de una agradecida receptora de la dadiva de Dios.

Yo lo llamo mi "año de vivir peligrosamente", pero nunca me había sentido más a salvo.