Yo estaba en una tienda comprando regalos para Januca y comprando también algunas cosas para mi (uno para ellos, una para mi, uno para ellos…). Parada en la caja registradora quedé boquiabierta al ver la suma total, por un segundo pensé que tal vez era el momento de revocar las leyes de trabajo de menores para obtener un poco de ayuda con las cuentas.

El propietario tuvo compasión (y sin lugar a duda también quería que llevara toda la mercadería que estaba devolviendo) entonces me hizo una oferta. ¿Por qué no hace el cheque al portador y se ahorra el impuesto? En California, Estados Unidos, el ahorro es del 8,25%, lo que puede llegar a ser una suma significativa.

“Estupendo”, dije y comencé a escribir el cheque.

Después recordé la clase que había enseñado esa misma semana – acerca de los "pequeños robos"; las cosas pequeñas que hacemos y que racionalizamos para nosotros mismos: el restaurante no va a extrañar el cenicero, de hecho, es un souvenir, ellos esperan que nosotros lo llevemos; el hotel tiene un precio excesivo de todos modos, ¿qué diferencia hace una toalla menos?; las restricciones en la aduana son sólo para atrapar narcotraficantes y comerciantes, ¡no a mí! (Entonces, ¿por qué hay tantas restricciones?)
 
¿Acaso esto era diferente? ¿No estaba robándole al gobierno? Es cierto, yo no era el prestigioso fabricante o el distribuidor, tampoco había mucho dinero en juego, ¿pero era ese el punto realmente?

Con algo de vergüenza y desilusión, (de mi parte y de su parte), yo le dije al propietario que escribiría el cheque por el monto total.

Es tan fácil llevarse (sólo unos pocos) bolígrafos y cuadernos de la oficina, hacer (sólo una o dos) llamadas telefónicas personales a cuenta de nuestro empleador, navegar en Internet y jugar solitario en medio de nuestro día de trabajo.

Nos decimos a nosotros mismos: “¿Por qué pagar cuando lo puedo conseguir gratis?”, y no: “¿Por qué pagar cuando lo podría robar?”

Nosotros hemos redefinido los límites del robo para justificar nuestros insignificantes crímenes. Después de todo, todos lo hacen. Compartir música, DVD pirateados… se está convirtiendo en una epidemia. Nos decimos a nosotros mismos: “¿Por qué pagar cuando lo puedo conseguir gratis?”, y no: “¿Por qué pagar cuando lo podría robar?”

 

Las tentaciones están en todas partes: usar la tarjeta de membresía de otra persona, el ticket de la temporada pasada, descuentos para amigos y familiares. Ya nos hemos dicho a nosotros mismos que no es la gran cosa. Y estamos enseñando esta lección a nuestros hijos.

De acuerdo a un informe del 'Instituto de Ética Josephson' publicado en 2002, los valores de los estudiantes se están deteriorando rápidamente: copiar en los exámenes aumentó de 71% en 2000 a 74% en 2002, el robo aumentó de 35% a 38%, y aquellos que dijeron que estarían dispuestos a mentir para obtener un buen trabajo saltó de 28% a 39%.

No podemos ignorar la presión social y la presión de los compañeros, pero deberíamos apuntar la lupa hacia nosotros primero. Durante los disturbios en Los Ángeles después del juicio de Rodney King en 1991, algunas de las grandes tiendas de venta por departamentos fueron saqueadas. Los alborotadores aparecieron en televisión tomando cajas de pañales, bicicletas, televisores y juguetes. Y yo me pregunté, ¿cómo explican ellos esas nuevas adquisiciones a sus hijos?

Yo nunca haría algo así, decimos nosotros mientras volteamos nuestras cabezas con disgusto. ¿Pero qué importa si les decimos a nuestros hijos que estén tranquilos mientras nosotros pasamos por la aduana, si los llevamos a eventos deportivos con tickets que fueron comprados para los clientes de la empresa, si hacemos un cheque por una vacación familiar como un gasto laboral, si pasamos por alto el dilema ético en base a nuestro deseo de ser los primeros de la cuadra en tener el DVD de la última película?

Nuestros chicos son inteligentes y están aprendiendo de nosotros. Si nosotros queremos que ellos sean escrupulosamente honestos, debemos comenzar por personificar ese comportamiento.

Una encuesta del "Centro de Educación Rutgers" apoya los resultados del Instituto Josephson. De los mismos estudiantes de secundaria que ellos encuestaron, el 75% admitió haber copiado seriamente. “Lo que importa es abrirse camino”, dijo una estudiante “no qué tan moral fuiste para llegar ahí”. ¿Adónde aprendió eso? ¿El comportamiento de quién vio?

Más allá del robo racionalizado, incluso involuntario, yacen actitudes y valores más profundos. Cuando nuestros hijos nos ven en acción, ¿qué es lo que ellos ven realmente? Si nos siguen todo el día, ¿verán un comportamiento ejemplar? ¿Qué precio estamos dispuestos a pagar por el éxito material?

Uno de los antídotos judíos es reconocer que todo está en las manos del Todopoderoso. A nosotros nos enseñan que en Rosh Hashaná, Dios determina cuánto dinero ganaremos durante el próximo año. Robar, hacer trampa, manipular, traicionar, nada de eso aumentará el monto.

Para cualquier tipo de éxito, en negocios u otra cosa, lo único que está en nuestras manos es hacer nuestro esfuerzo. El resultado está en las manos de Dios. ¿Qué tipo de esfuerzo tiene más posibilidades de ser recompensado?

Un segundo antídoto se encuentra en Pirkei Avot (La Ética de Nuestros Padres): “Considera tres cosas y no caerás en las garras del pecado: conoce lo que hay sobre ti – un ojo observador, un oído atento, y todas tus acciones se registran en un Libro” (2:1). Cuando robamos, creemos que no vamos a ser atrapados. No lo haríamos si pensáramos que hay algún riesgo de consecuencias severas, o algún peligro para nosotros mismos. Pero pensamos que nadie se dará cuenta; nadie está mirando. Estamos tan aliviados - y tan seguros - de que nos saldremos con la nuestra.

¿Pero acaso lo logramos? A veces es frustrante darse cuenta que no nos podemos salir con la nuestra, que estamos bajo constante escrutinio. A veces es frustrante recordar que estamos siempre siendo grabados en video (¡y tú estabas preocupado por las cámaras en las tiendas!). Pero en realidad es un regalo. Para forzar levemente nuestra mano. Para ayudarnos a hacer lo que es correcto. Es un regalo que recibimos como una bondad del Todopoderoso. Y esa si que es una verdadera oferta.