P. ¿Qué dice el judaísmo sobre la tendencia de nuestro mundo de convertir a los personajes del deporte y la cultura popular en héroes?

R. No hay dudas que las estrellas deportivas, los actores y los músicos son tomados, en la cultura secular moderna, como íconos culturales y modelos a seguir. Algunos de esos individuos se toman en serio la responsabilidad que viene con su status y hacen lo mejor que pueden para ser ejemplares modelos a seguir; pero una gran cantidad muestran un comportamiento deshonroso. La pregunta fundamental es: ¿Acaso el judaísmo legitima el hecho de convertir el éxito en estos rubros en una fuente de admiración y emulación?

El teatro y los deportes son vistos en el Talmud con una perspectiva, por decir lo menos, muy sospechosa:

Los rabinos enseñaron: Uno no puede ir a teatros y estadios, porque en ellos se hacen ofrendas a deidades paganas, así dice Rabí Meir; y los sabios dicen: En un lugar en el que se hacen ofrendas está prohibido por idolatría, y en un lugar en donde no se hacen ofrendas, está [igualmente] prohibido por la "silla de los burlones" (1).

Rabí Meir expresa la obvia idea de que si los teatros y estadios son lugares de idolatría, los judíos no pueden asistir. Los sabios agregan que todas las actividades que ahí se desarrollan, incluso si no hay idolatría de por medio, están prohibidas porque asocian al espectador con individuos vanos y con búsquedas vanas que distancian a una persona del servicio a Dios.

Se puede entender que la legislación de Rabí Meir y la de los sabios no están relacionadas; los teatros y estadios son a veces lugares de idolatría, y siempre un lugar de vanidad y ociosidad. Pero también es posible discernir una conexión. La vanidad prohibida de estos lugares también está ligada íntimamente a su conexión con la idolatría. Por alguna razón, hay una tendencia persistente a elevar los espectáculos públicos de algo meramente entretenido a algo sagrado y obligatorio – de algo con el potencial de sazonar nuestra vida espiritual a algo con el potencial de hacerla a un lado.

Este mismo peligro inherente es evidente en la tendencia moderna a enaltecer las principales figuras en esas áreas. Incluso la terminología que usamos está cargada de tonos idólatras: este actor es un "ídolo", un "icono cultural", una "estrella". De alguna manera, las estrellas deportivas y de las películas son transformadas de individuos talentosos con una habilidad valorada en algo elevado y trascendental, en héroes y líderes.

Esto no significa que no haya nada rescatable en estas búsquedas. En artículos previos sobre el tema de deportes y judaísmo, señalamos que participar y ver competencias atléticas informales era común y aceptado en las comunidades judías de Europa hace siglos al igual que lo es ahora. El problema surge cuando los deportes son elevados de un mero pasatiempo a un tipo de religión.

De la misma forma, el drama no está por definición prohibido en la vida judía; de hecho, uno de los grandes rabinos del período del Iluminismo, Rav Moshé Jaim Luzatto, escribió una gran cantidad de obras teatrales. Aquí también, el peligro espiritual surge cuando el drama – películas, obras teatrales, televisión, etc. – recibe un estatus mucho mayor que su legítima, pero relativamente marginal, importancia en la vida judía.

Un término talmúdico para la idolatría es avodat kojavim, que significa literalmente "servir a las estrellas". Pareciera que toda generación tiene su propia variedad de necesidades y tendencias idólatras, y su propio tipo de estrellas que algunas personas sienten la necesidad de adorar, mientras que el entendimiento correcto y la conciencia nos enseñan que sus cualidades especiales fueron dadas por Dios para que nos sirvan.

FUENTES: (1) Avodá Zará 18b.