Querido Aba,

Dicen que el tiempo cura todas las heridas. Pero no lo sé. Han pasado 13 años, sin embargo; de alguna manera, todavía existe esta grieta en mi corazón que parece nunca haberse curado. Te extraño tanto. Cierro mis ojos y veo tu hermosa cara frente a mí. Escucho tu voz mientras me dices “Shayfalah (mi querida), no te preocupes. Todo estará bien”.

Nunca olvidaré el día en que lentamente caminamos juntos por los pasillos del Hospital Sloan Kattering. Yo deslicé mi mano sobre la tuya; pero honestamente no se quién estaba apoyando a quién. Tú estabas pasando los tratamientos más difíciles y sin embargo nunca te quejaste. “Rav, en escala de 1 a 10, ¿Cuál es su nivel de dolor?”. Preguntaban las enfermeras. “Gracias a Dios, es cero”, respondías tú, con tu increíble sonrisa.

Nunca quisiste cargarnos con tus miedos o tu dolor. Las visitas venían y pensaban que te brindarían alegría, pero en vez tú nos diste a todos consuelo y fuerza. Tú viviste con fe, fe genuina, hasta tu último día en la tierra.

Yo daba por sentado que tú nunca gritabas. Ahora me doy cuenta cuán notable es eso.

Cuando yo era una niña pequeña, tú siempre tenías tiempo y paciencia para nosotros los niños, sin importar cuán difícil fuera tu día. Yo daba por sentado que tú nunca gritabas. Ahora como madre, me doy cuenta cuán notable es eso. Tú hiciste que ser padre pareciera fácil.

Cuando íbamos a casa de visita con nuestros pequeños, tú te parabas en los escalones con los brazos abiertos. “¡Niños maravillosos!”, decías con una sonrisa. ” ¡Buba y yo estamos tan felices que estén aquí!”. Tu entusiasmo por la vida y el alma que te fue concedida nunca decayeron. Llevabas a los niños afuera a oler las flores en primavera y a alimentar con jalá a los patos en el lago. Te sentabas en el piso a construir legos con los niños mientras que los bebés gateaban felizmente sobre tu estructura de 1,90 metros. Una vez me dijiste: “La verdadera fortaleza de un hombre se ve si es que él puede tomarse un momento para agacharse y escuchar los susurros de un niño”.

Cuando yo despertaba a las 3 AM por un bebé llorando, entraba a la cocina y te encontraba a ti con tus libros sagrados expandidos sobre la mesa, tarareando las palabras mientras estudiabas.

"Dame al bebé, Slovalah, lo tendré mientras estudio", decías tú.

"¿Estás seguro?", preguntaba yo. “Son las tres de la mañana. ¿No necesitas dormir?”.

Tu cara se iluminaba y sonreías. “¿Sabes por qué los bebés se despiertan en la mitad de la noche, shayfalah? ¡Están despiertos para mantenernos estudiando Torá!”. Tú cantabas hasta que tu nieto más reciente dormitaba contento en tus brazos. No tengo duda de que tus palabras y rezos continúan rodeando a cada niño mientras crece.

Aba, recuerdo estar en shivá por ti, estremecida de que te hubieras ido. Tuvimos solamente nueve semanas para despedirnos. La casa de shivá estuvo constantemente repleta. Como “el Rav” durante más de 30 años, tocaste tantas vidas aparte de las nuestras.

Cuando tú e Ima se mudaron a North Woodmere, Long Island, hiciste de tu misión establecer raíces judías fuertes y reconectar a las personas con su herencia judía. Yo pienso que debido a que tú habías soportado tanto las llamas del Holocausto como el haber perdido a toda tu familia, es que ahora te dolía ver la conflagración espiritual ocurrir frente a tus ojos. A través de gran dedicación y sacrificio tú abriste tu casa a toda la comunidad, sin juzgar, solamente acercándote a otros con amor. Tú me enseñaste cómo abrir mi corazón, y lo que significa cargar el peso de otro. Yo los vi a ti y a Ima compartir las alegrías y llorar por el dolor de nuestro pueblo.

Esa semana de shivá, había innumerables individuos queriendo contarnos sus historias acerca de ti. Miré alrededor de la habitación y me pregunté cómo un hombre podía tocar las vidas de tantos. De reojo vi a una pequeña niña, llorando. Debe haber tenido 8 o 9 años. No sabía quién era. Recuerdo haber pensado: ¿Por qué está llorando esta niña por mi padre?

Una noche, el Rav tocó a nuestra puerta. “Estoy aquí para ayudarlos”, dijo él.

Su madre comenzó a hablar. “Tu padre no solamente fue nuestro Rav, el nos enseñó a amar el judaísmo. Cuando decidimos enviar a nuestra hija a una escuela judía, teníamos una dificultad. No podíamos ayudarla con sus deberes. No teníamos formación, no teníamos conocimiento. Al principio llamábamos a tu padre con preguntas. Y entonces una noche, el Rav tocó a nuestra puerta. “Estoy aquí para ayudarlos”, dijo él. Cada noche él venía a ayudarla con sus deberes y a enseñarnos también. ¿Cómo tenía el tiempo y la paciencia? Nunca lo sabré. Mi hija y yo estamos llorando por nuestro Rav. Lo extrañaremos”.

Y yo aún te extraño, incluso ahora. A veces imagino como hubieras bailado en los Bar-Mitzvas y casamientos de tus nietos, y les hubieras dado tu bendición especial. Pero entonces me doy cuenta de que seguramente tú estás mirando y enviándonos tus bendiciones desde arriba.

Y recuerdo también, la vez en que tú y yo tuvimos unos momentos en el hospital, solos. Tú te habías rodeado de todos tus libros sagrados de casa. Los alineaste en el marco de la ventana, transformando esa gris y deprimente habitación en un lugar de santidad. Me hiciste una seña para que te trajera un jumash, una Biblia.

Abriste la parashá de Vayejí cuando Yaakov se enfermó. Me pediste que leyera. Lo intenté, pero mi voz se rompió mientras leía. “Lee para mi, shayfelah”, me animaste suavemente.

Leí como Yaakov llamó a su hijo Yosef y a sus nietos a su lecho de muerte. Entonces él les otorgó su bendición final – la bendición de los ángeles… Hamalaj HaGoel.

Me miraste por un momento y luego hablaste. “Vine a este país completamente solo. Camine por el valle de la muerte. Nunca pensé que vería vida nuevamente. Y luego Dios me bendijo con nueva vida, con Ima, con hermosos hijos. Así que supe que yo también recibí la bendición de los ángeles. Sé que los voy a dejar pronto. ¿Qué puedo darte? ¿Qué tiene sentido y valor para siempre?”. Yo comencé a sollozar y escondí mi cara en el cuello de mi padre. Sus lágrimas calientes se mezclaron con las mías.

"Te dejo con mi bendición, hija, la bendición de los ángeles. Que ellos te acompañen a ti y a tus hijos y a los hijos de tus hijos a dondequiera que vayan".

Nunca olvidaré ese día. Me aferro a tu bendición y siento tu amor.

Con gratitud a mi preciado padre,

Slovie.