A veces, cuando las peleas llegan a un punto culminante, y la cena se quema y hay plazos de trabajo que cumplir, quiero escabullirme. Quiero encontrar una cabaña muy profundo en el bosque y quedarme ahí, completamente sola. No por mucho tiempo, solamente por uno o dos días, pero suficiente como para empaparme de paz y soledad, y recargar mis gastadas baterías. Pero no tengo una cabaña en el bosque. Y además, ¿quién cuidaría a los niños?

A veces, cuando es pasado el mediodía y los pequeños están irritables, nos sentamos juntos, los tres. Mi bebé se apoya en mi pecho, mi hijo que acaba de cumplir cuatro se acurruca en el sillón, descansando su cabeza en mi regazo. Nos sentamos así por un rato, diciendo poco, haciendo poco, y no hay ningún otro lugar en el que preferiría estar.

A veces, cuando he hecho diez cargas de ropa en 48 horas, y miro dentro de la cesta, y hay más ropa sucia ahí, quiero levantar las manos y rendirme.

A veces, cuando mi hija levanta la cara de su plato, me da una sonrisa enorme y me dice, "Tu preparas las cenas más deliciosas. Eres la mejor mami", siento un fulgor que baja hasta los dedos de mis pies.

A veces, cuando los niños están muy violentos – tirándose el pelo, insultándose, rasguñando y chillando, me pregunto si debiera tener a cada uno viviendo en una habitación distinta.

A veces, cuando los niños piensan que todavía estoy dormida en Shabat a la mañana, y escucho a los mayores cuidar a los menores, pienso para mi misma que el mejor regalo que uno puede darle a un niño es un hermano.

A veces, cuando mi hijo hace algo que me decepciona profundamente, me inunda un sentimiento de futilidad y fracaso. Me pregunto si les he dado algo a mis hijos.

A veces, cuando la maestra de mi hijo llama para decirnos cuán bien le está yendo, mi corazón se expande de alegría, y le susurro un “gracias” a Dios.

A veces, cuando las noches son interrumpidas por los llantos de un niño afiebrado o un infante hambriento, cuando parece que nunca más voy a poder acostarme por un tiempo suficiente como para poder dormir satisfactoriamente, cuento los años que faltan para que mis noches – y mis días – vuelvan a ser míos nuevamente.

A veces, cuando salimos en un paseo familiar y me deleito con nuestra unidad, quiero detener el reloj y mantener esta etapa de la vida para siempre.

A veces, cuando nos sentamos en la mesa de Shabat, y escucho las quejas sobre cómo estamos sentados, y las quejas sobre la asquerosa jalá que pasé media tarde preparando, y las quejas sobre quien fue elegido para arreglar los platos esta semana, recuerdo mis sueños de adolescente sobre como se vería mi mesa de Shabat, y mi espíritu se desmorona.

A veces, cuando mis hijos cantan canciones de Shabat juntos, manos golpeando la mesa, voces volando, caras brillando, estoy segura que los ángeles están cantando con ellos.

A veces, cuando le digo a uno de mis hijos que haga algo, y él continúa con lo que sea que estaba haciendo antes, como si yo ni siquiera existiera, quiero enrollarme en una pequeña bolita y llorar de frustración.

A veces, cuando mis hijos y yo comenzamos una conversación sobre la vida, y ellos se aferran a cada una de mis palabras, me sobrecoge saber que estoy moldeando almas.

A veces, cuando miro en el espejo, y veo una cintura expandida por cargar cinco niños, y los ojos rojos, y la falda manchada con mantequilla de maní, sueño con una yo diferente.

A veces, cuando levanto en brazos a mi bebé llorando histérica, y ella se calma instantáneamente, el reflejo que veo en sus ojos es más de lo que yo podría ser por mi misma.

A veces, deseo que “a veces” fuera todo el tiempo.

Este artículo fue publicado originalmente en The Front Page.