Un día perdí mi cable de iPod. Lo había dejado en la mesa de noche de un hotel, enrollado al lado del teléfono. Pero cuando llamé al hotel, ellos dijeron que no pudieron encontrarlo. Y entonces comencé a entrar en pánico. No podía encontrar una tienda en Israel que vendiera el cable perdido. Ni una sola tienda. Y fue entonces cuando me di cuenta que era adicta a mi iPod. Sin mis clases descargadas no podía hacer ninguna tarea. Sin mis canciones, no podía correr.

Luego me di cuenta del problema más profundo: Estaba todo tan callado, que se podía realmente pensar. Y ya no estaba acostumbrada a pensar mucho. Con una casa llena de niños, un trabajo, y mi rutina diaria de ejercicios, ¡me las había arreglado para dejar de pensar!

Entonces el hotel llamó para decir que habían encontrado el cable del iPod y que me llegaría en unos cuantos días. Ahí fue cuando me di cuenta que también había creado una vida que tampoco era propicia a la espera. Con todos nuestros mensajes instantáneos, comidas instantáneas y mi personalidad naturalmente impaciente, no me gustaba esperar. Por nada. ¿Cómo iba a soportar el siguiente par de días sin música y sin clases?

Miré a mi iPod sin batería con consternación, y comencé a vivir lo que ahora llamo "síndrome de abstinencia de iPod". Esto se caracteriza por largos periodos de silencio rotos por pensamientos desconocidos y a veces indeseados. Como: ¿Quién soy yo? ¿Estoy cumpliendo lo que me propuse hacer con mi vida? Y si no lo estoy haciendo, ¿Qué me está deteniendo? Y ¿Si me considero una persona relativamente espiritual, entonces por qué cuesta tanto esperar?

Este pequeño cable puede ser tan pequeño que incluso el personal de limpieza no podía encontrarlo, pero sin él, el iPod no funciona. Y comencé a pensar en cómo este cable es similar a la “conexión con el significado” en nuestras vidas. Por ejemplo, en nuestras relaciones con nuestros esposos e hijos, podemos crear todas las rutinas externas y los accesorios de una casa feliz, pero si olvidamos el propósito más profundo de construir nuestros hogares, entonces comenzamos a sentirnos desconectados. Cuando trabajamos, podemos cumplir toda una lista de tareas, pero si olvidamos porqué estamos trabajando en un principio, entonces todos los proyectos son tan sólo armazones vacíos.

Y al igual que mi pequeño cable de iPod, los objetivos más profundos detrás de nuestras acciones difícilmente pueden ser vistos. Son muy sutiles y necesitan reexaminación constante. ¿Quiénes somos? ¿Por qué estamos vivos? ¿Qué clase de hogares estamos intentando construir? ¿Hacia dónde vamos? La respuestas a estas preguntas le dan vida a todo lo que hacemos, y reexaminarlas es crucial para recargar nuestras vidas.

La Conexión de Pesaj

En Egipto, el pueblo judío se había hundido y había llegado al último nivel de desconexión, el 49avo nivel de impureza. Pero aun existía ese pequeño y casi invisible cable de significado. Cuando llamamos a Dios con todo nuestro corazón para que nos salvara, esa última línea de conexión recargó nuestras almas. En un nivel muy profundo nosotros aún sabíamos quienes éramos y hacia dónde queríamos ir. Ni siquiera sabíamos las palabras con las cuales expresar nuestro anhelo, pero sabíamos lo suficiente como para llorar. Sabíamos que debíamos pedir por la reconexión. Sabíamos que el dolor más grande era la distancia del significado, y por eso emitimos un rezo sin palabras para ser reconectados con nuestros destinos verdaderos.

Desde que nació mi primer hijo hace muchos años, pienso en la noche del Seder como en los embriagadores momentos que vienen justo después del parto. (Después de todo, los Sabios explican que nuestros años en Egipto fueron como un embarazo, y el éxodo fue el nacimiento de la nación judía). Podemos sentir la libertad de alguien que pacientemente se ha aferrado a ese cordón umbilical de conexión incluso en el oscuro y silencioso vientre. Sostenemos al bebé por el cual sufrimos, y nos damos cuenta de que nuestro dolor no solamente tuvo un significado, sino que valió la pena cada segundo de incomodidad.

En la noche del Seder sostenemos un cable que recarga nuestras vidas mientras hablamos sobre nuestras propias redenciones personales. Vemos como cada experiencia en nuestra vida fue una parte crucial para nuestro crecimiento. Nos damos cuenta de que cada detalle en nuestras vidas tiene un propósito y nos acerca más a la meta.

Lo que recuerdo más claramente de los Sedarim en mi infancia es la forma en que toda mi familia se encendía cuando llegábamos a la canción "Dayeinu". Cuando yo era pequeña siempre pensé que la razón por la que todos disfrutaban de esa canción en particular era porque tenía una melodía tan pegajosa. Pero a medida que comencé a entender la letra, me di cuenta que mis abuelos y bisabuelos estaban enfocados en el significado de la canción. Ellos se sentaban alrededor de la larga y hermosa mesa cubierta con un mantel blanco, y sus caras brillaban de alegría. Si Él tan sólo nos hubiese sacado de Egipto, hubiera sido suficiente. Si Él tan sólo nos hubiese dado Shabat, hubiera sido suficiente… todo es suficiente.

No podía entender el brillo en los ojos de mi abuela mientras cantaba esas líneas, porque no veía como podría haber sido suficiente para Dios solamente habernos sacado de Egipto. ¿Por qué era suficiente? Pero cada año, entendía esas palabras mejor. Si estamos profundamente conectados con nuestros objetivos finales, entonces cada experiencia que tenemos es en sí misma suficiente. Incluso si no podemos ver el siguiente paso en nuestro camino podemos apreciar el significado de donde estamos ahora. Y en los momentos oscuros y silenciosos cuando estamos perdidos y confundidos, podemos recordar que incluso si nos alejamos tan sólo un paso más allá de nuestras propias limitaciones, eso es suficiente para comenzar el proceso de recargar nuestras vidas.