La llamada pareció bastante simple.

“¿Señora Wolff?”.

“Sí”, contesté.

“Soy la consejera de su hija en la colonia de vacaciones. Todo está muy bien, sólo que su hija se lastimó el meñique durante un juego”.

“¿Oh, su meñique?”, contesté. “Eso no suena tan grave”.

“Bueno, volveremos a la ciudad esta noche, y quizás sea bueno que su doctor la vea mañana”.

Hablé con mi hija y le aseguré que todo estaría bien, que nos íbamos a encargar del asunto en la mañana.

Fuimos a una cita con el ortopedista local a las 10 AM, quien le examinó su meñique. Puso la radiografía contra la luz y luego miró su meñique nuevamente. “Este meñique está fracturado y dislocado”, dijo preocupado. “Si lo pongo en su lugar aquí, su hija va a sufrir muchísimo dolor”.

Mi hija abrió los ojos de par en par.

“Les sugiero que vayan inmediatamente al hospital. Yo voy a llamar a la sala de emergencias. Ella necesita calmantes fuertes, y sólo un anestesiólogo puede darle eso. Hay que hacerlo lo antes posible”.

Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Nadie disfruta ir al hospital. Además, era viernes a la mañana, y yo no había terminado los preparativos para Shabat. Yo pensaba que este problema sería sólo una rápida visita al consultorio y listo.

Después de registrarnos en la sala de emergencias, nos dieron un cuarto. Vinieron los residentes, miraron las radiografías e hicieron muchas preguntas. El tiempo seguía pasando, y ningún doctor venía a poner el dedo de mi hija en su lugar.

Escuché una fuerte discusión afuera del cuarto.

“¿Estás bromeando? ¿Alguien le preguntó a la madre qué están haciendo aquí? Ni loco hago esto. Podrían hacerme una demanda judicial dentro de diez años. Tendrían que estar en el consultorio del ortopedista. Manda a la niña al ortopedista. ¡Mándalas a casa!”.

¿De qué se trataba todo esto? ¿Acaso esta conmoción era por nosotras? ¿El doctor estaba hablando en serio? ¿Envía a la niña al ortopedista? ¿Acaso no nos envió el ortopedista especialmente al hospital para recibir ayuda?

El doctor de emergencias entró a la habitación.

“¿Puede decirme qué están haciendo aquí?”, preguntó enérgicamente.

Le conté toda la historia, cómo pasó que mi hija se había fracturado y dislocado el dedo.

“No. No la historia. ¿Por qué están aquí en el hospital? ¿Por qué su ortopedista no se encargó de esto?”.

Le expliqué sobre la anestesia que mi hija necesitaba para realizar el procedimiento.

¿Cómo fue que dejó de ser un cariñoso doctor y pasó a ser un ser humano insensible actuando con una cruel indiferencia?

Nos miró molesto y salió del cuarto. La fuerte discusión continuó en la estación de las enfermeras. Un residente se me acercó y dijo que había hecho una cita para que viéramos a un ortopedista el lunes a la mañana.

Yo estaba perpleja. “¿No hay ningún doctor en todo este hospital que pueda ayudarnos? ¡No podemos esperar hasta el lunes, es por eso que estamos aquí! Por favor, ayúdenos”.

Finalmente, a la tarde, localizaron un doctor que podía ayudarnos. El procedimiento fue muy doloroso, el doctor tuvo que empujar con fuerza el dedo quebrado para que volviera a su lugar.

Mientras volvíamos a casa, mi hija se quedó dormida. Yo quedé con un sentimiento de gratitud hacia Dios por permitirnos volver a casa tranquilas, justo a tiempo para Shabat. Pero también me estaba carcomiendo una gran desilusión.

He aquí un doctor que en algún momento había decidido que su misión en la vida sería ayudar a la humanidad. Él incluso juró que ésta sería su noble misión. Ciertamente debe haber habido un momento en el cual él estuvo lleno de idealismo, empatía e incluso pasión por su profesión.

¿Qué pasó? ¿Cuándo perdió su rumbo? ¿Cuándo dejó de ser un cariñoso doctor y pasó a ser un ser humano insensible actuando con una cruel indiferencia?

Me di cuenta que esta es una pregunta para todos nosotros a medida que nos acercamos a Iom Kipur y reflexionamos sobre nuestras vidas.

Esposos y esposas, ¿No nos paramos bajo la jupá llenos de amor y deseos de construir un hogar que se sustentaría con nuestra interminable dedicación?

¿Acaso no dimos desinteresadamente en un comienzo, en lugar de preguntar lo que habían hecho por nosotros últimamente?

Padres y madres, ¿podemos recordar la primera vez que sostuvimos a nuestros hijos en nuestros brazos? ¿Acaso no estábamos maravillados ante el milagro de la vida? ¿No estábamos llenos de un abrumador deseo de proteger, de nutrir, de guiar y de amar a esta pequeña alma?

¿En qué punto reemplazamos la pasión y la alegría con indiferencia?

¿Cómo llegamos aquí? ¿Cómo nos descarriamos?

¿Y qué hay de nuestro judaísmo?

¿Cuándo reemplazamos la pasión y la alegría con indiferencia?

¿Recuerdas la primera vez que encendiste las velas de Shabat, rezaste con el corazón, o estudiaste Torá y sentiste que tu alma bailaba?

¿Recuerdas la excitación, el idealismo, el sentido de propósito y de misión?

Cuando comenzamos nuestras carreras profesionales, nuestras familias o nuestras travesías espirituales, teníamos una visión noble. Estábamos comprometidos.

Hay una hermosa plegaria individual que decimos en la víspera de Iom Kipur:

Señor de todos los mundos, Padre de la piedad y del perdón… Tú has creado en mí una mente y un corazón para concebir buenos pensamientos y nobles aspiraciones… Me creaste con ojos y con la facultad de la visión, que debería ser santificada mediante ver cosas santas… orejas para escuchar palabras de Torá… una boca con la habilidad de articular bondad… pero he dicho chismes, mentiras, he avergonzado a la gente…

Es sabido ante Ti, no hay en la tierra ningún hombre tan santo que siempre haga el bien, por lo que en Tu piedad nos diste un día grandioso y sagrado para proveer el perdón por todas nuestras iniquidades, y para que nos purifiquemos de todos nuestros errores…”

Mientras nos acercamos al día más sagrado del año judío, reflexionemos sobre la persona en la que nos hemos convertido.

La respuesta debe provenir de lo más profundo de nuestro corazón. Si podemos recordar nuestros sueños y promesas originales, entonces, podemos vislumbrar en quiénes nos queremos convertir.

Y si nos hemos desviado del camino, hoy es el día para comenzar el viaje de vuelta a casa.