Cuando el doctor nos dio las malas noticias, estuvimos desconcertados y tuvimos miedo. ¿Cuánto tiempo teníamos?

Cuando comenzó a caminar a tropezones, estuvimos desconcertados y tuvimos miedo. ¡Nunca en su vida se había movido tan lentamente!

Cuando recibimos los resultados de los estudios médicos estuvimos tan aliviados. ¡Parecía que lo iba a superar!

Cuando recuperó un poco de su energía, ¡estuvimos tan felices!

Cuando comenzó a sentarse mucho, estuvimos desconcertados y tuvimos miedo.

Cuando dejó de leer todo menos el periódico matutino, estuvimos desconcertados y tuvimos miedo. Siempre fue una gran lectora.

Cuando dejó de conducir, estuvimos desconcertados y tuvimos miedo. ¡Siempre había conducido a todos lados!

Ahora estaba sentada en el asiento del acompañante.

Cuando dejó de leer el periódico matutino y le tuvimos que leer, extrañábamos verla con el periódico en la mano.

Le llevaba una eternidad hacerse el desayuno.

Cuando comenzó a recostarse después del desayuno, nos preocupamos. Nos hubiese gustado que pasara sentada sus mañanas.

Cuando se quedaba dormida mientras le leían, nos hubiese gustado que escuchara todo.

Cuando ya no pudo estar parada para prepararse el desayuno, estuvimos desconcertados y tuvimos miedo. ¡Siempre se había preparado sola el desayuno! No podíamos creer lo que estaba ocurriendo. Le preparamos el desayuno nosotros.

Cuando sólo pudo comer la mitad, nos hubiese gustado verla terminar todo el plato, como le había enseñado su padre, y ella había obedecido durante toda su vida.

Ahora, por lo menos nos hubiese gustado verla en el asiento del acompañante.

Cuando ya no tuvo la energía para escuchar, recordamos tristemente cómo le leíamos, y deseamos haberle leído más. Podríamos haberle leído varias cosas. ¿Por qué no la llevamos a lugares? Tal vez hubiera disfrutado el museo.

Ahora, por lo menos deseábamos verla en su silla.

Cuando ya no pudo levantarse de la cama, pensamos: ¡Pero si ayer se levantó de la cama! Y parecía haber sido hace tanto tiempo. Ella caminaba desde el living hasta la cocina.

Cuando ya no pudo comer por sí sola, le dimos de comer nosotros, tímidamente.

Cuando sólo pudo terminar un tercio, recordamos con melancolía cuando comía la mitad.

Cuando nos dimos cuenta de que no podía tragar, pensamos: Pero si ayer podía comer.

Cuando dejó de hablar, recordamos nuestras pequeñas conversaciones como si fueran diamantes.

Nos sentamos y miramos. No parece estar viéndonos.

¡Pero esta respirando!

Nos alegramos por un momento. ¡Está respirando!