Acabo de vivir lo que probablemente ha sido el momento más aterrador de mi vida.

Creí que mi preciosa, hermosa y dulce hija de dos años se estaba muriendo en mis brazos. Gracias a Dios ella está bien, pero creo que nunca olvidaré el miedo que corrió por mi cuerpo en aquel momento.

Era una soleada mañana de Shabat, yo y mi familia íbamos caminando a casa por las calles de la Ciudad Vieja de Jerusalem, donde vivimos. Casi al final de nuestro camino, debíamos subir una serie de escaleras de piedra. Yo iba última en el grupo, y estaba subiendo de espaldas mientras maniobraba nuestro cochecito de bebé por las escaleras con la habilidosa técnica que tiene quien reside en la ciudad vieja. A mitad de camino escuché a mi hija comenzar a llorar, aparentemente porque quería algo.

Antes de siquiera saber lo que estaba pasando, mientras subía los últimos escalones, comencé a impartir mi acostumbrado discurso de "cuando queremos algo usamos palabras en lugar de llorar". Mientras la levantaba en mis brazos para terminar de decirle la frase, escuché a mi marido y a mi primo tratar de explicarme que ella se había caído y que sí tenía motivos para llorar.

Pero sus palabras fueron sólo un eco en mi cabeza, porque mientras hablaban, yo rápidamente me di cuenta de que algo estaba muy mal. Mi hija comenzó a arquear la espalda como uno hace cuando tiene un berrinche. Luego su cuerpo se quedó duro, sus ojos se fueron para atrás y ella quedó inmóvil en mis brazos. En seguida se le puso la cara azul - no estaba respirando. Entonces, comencé a gritar histéricamente.

Me paré en la calle, histérica, mientras la gente trataba de calmarme.

"¡Llamen a un doctor! ¡Salven a mi bebé! ¿¡Por qué no están haciendo algo!?". Gritaba yo con urgencia. Mi marido me la quitó de los brazos e intentó calmarme, pero yo permanecí histérica mientras un transeúnte se detenía para tratar de ver qué estaba pasando.

Resultó ser que cuando mi hija estaba enojada por lo que haya sido, perdió el equilibrio y cayó con fuerza con su cóccix sobre nuestra milenaria vereda, lo que aparentemente fue una caída mucho más dura que lo que yo había asumido, siendo que yo no la había visto. Otros decían que ella simplemente se había quedado sin aire, pero que iba a estar bien. Inmediatamente después de que mi marido la sacó de mis brazos, ella volvió en sí y comenzó a llorar – lo que era una buena señal.

Unos segundos después, un vecino vio la situación y nos aseguró que había sido sólo un desmayo, explicando que sus hijas desafortunadamente tenían una tendencia a hacerlo a menudo y que no había de qué preocuparse. Aparentemente, por el duro golpe de la caída, había quedado un poco consternada y había perdido la respiración – lo que explicaba la falta de respiración y el desmayo.

Momentos Preciosos

Entonces, gracias a Dios, esta experiencia cercana a la muerte fue un fiasco. Pero me hizo dar cuenta lo fácil que hubiese sido que no lo fuese, Dios no lo quiera. Cuando ella se desmoronó, perdió la respiración y se puso azul, sentí como si alguien hubiese presionado el botón que quita la vida. En una fracción de segundo, y sin ningún motivo, la vida de mi bebé estaba siendo apagada y no había nada que yo pudiera hacer al respecto. Por lo que comencé a gritar. Lo único en lo que podía pensar era: Necesitamos hacer que respire de nuevo, ¡y sólo tenemos unos segundos! Al no estar en el medio de una sala de emergencias rodeada por un equipo de doctores con todo el equipamiento, me sentía como un viajero en el desierto cayendo en la arena por la sed, sin agua y sin ninguna posible salvación a la vista.

Si fuese mi último día, ¿cómo lo usaría?

De esto aprendí dos cosas. Una: no podemos esperar hasta que alguien presione el botón de apagado. Hice una búsqueda en Google para saber cuántos segundos hay en una vida humana promedio. 2.524.608.000 segundos (el equivalente a 80 años, si tenemos suerte). 2.500 millones de segundos, ¿y cuántos de ellos realmente usamos? ¿En cuántos de ellos estamos realmente agradecidos por estar vivos? ¿Por tener seres queridos? ¿Porque tengo una preciosa pequeña de dos años? La vida es demasiado corta, no podemos darnos el lujo de desperdiciar nuestro tiempo.

Tenemos que vivir al máximo hoy. Yo vivo en Israel, y es posible que esté viviendo en más peligro que si hubiese vivido en Alemania en 1939. Un Irán nuclear podría borrarme del mapa, ¿y sabes qué?, el día antes probablemente sería un día normal, igual que hoy.

Si fuese mi último día, ¿cómo lo usaría?

¿Por qué desperdiciamos tanto de nuestras vidas?

¡Basta de dar lástima! ¡Basta de quejarse! ¡Basta de decir "si tan sólo…"! Cada segundo debe ser atesorado, vivido y elevado para un propósito superior.

El entendimiento judío de Dios no es que Él hizo el mundo y lo dejó funcionando por sí mismo; Dios no sólo es el Creador, sino también el Sustentador y Supervisor. Eso significa que cada segundo en que tengo a mi preciosa hija, no es sólo que Él no está apretando el botón para quitar la vida, ¡sino que está apretando el botón de dar vida!

No necesitamos esperar a que la muerte y el destino se aparezcan frente a nosotros para despertar y ver lo bueno que eran "los viejos tiempos". Vivámoslos ahora; independientemente de qué dificultades o desafíos tengamos que enfrentar, estamos vivos – y estamos viviendo y atesorando el bien infinito que nos da la vida.