La etimología es algo que me fascina. Toma mi nombre, por ejemplo. Java, el nombre bíblico de Eva, que significa la madre de todo ser viviente. Cuando era una niña pequeña, recuerdo haber aprendido de mis padres que los nombres son muy significativos. Citando a los sabios del Talmud, ellos me dijeron, que a los padres se les concede un momento de profecía en el momento de escoger el nombre del recién nacido.

Yo tome sus palabras muy en serio, y los niños siempre fueron mi debilidad. El hecho de que una epidemia de polio en 1955 me debilitara físicamente, nunca disuadió mis sueños de maternidad. Mi nombre era profético, seguramente contribuiría con mi destino.

A pesar de tener un nombre con cualidades tan especiales, parecía improbable que alguien quisiera casarse conmigo, y en consecuencia, nunca iba a tener la alegría de poder abrazar un hijo propio. Entonces, y a pesar de mi reputación como una luchadora social por los derechos de los discapacitados, casi ni protesté cuando la entrada a la nueva mikve (piscina ritual de purificación) de mi ciudad, tenía por única entrada una larga escalera. Mikve y maternidad: Francamente, nunca pensé que entraría a ninguna de esas instituciones; Las barreras a la primera eran arquitectónicas; las barreras a la segunda una cuestión de actitud. Juntas, me hacían sentir (no siempre, pero suficientemente seguido) incapaz, insignificante y aislada.

En su infinita compasión, Dios sintió mi dolor, y me encontró un maravilloso esposo. Hoy en día, la mikve y la maternidad, son dos responsabilidades que abrazo con alegría infinita. Y ahora el privilegio y el placer de usar la mikve, lo tengo yo también. Me siento ahora nuevamente intrigada por la etimología.

La Mikve me recuerda que Dios puede tomar a los problemas y convertirlos en logros, en el parpadear de un ojo.

La palabra mikve, significa un grupo de aguas, como encontramos en Génesis 1:9: "Deja que las aguas se agrupen bajo los cielos en un lugar". Para mí, este verso evoca una imagen de impotentes, insignificantes y aisladas gotas de agua que se unen y se convierten en una fuerza poderosa. Quizás es por eso que la mitzvá de asistir a la mikve es tan preciada para mí. Me recuerda que Dios puede tomar a los problemas y convertirlos en logros, en el parpadear de un ojo. Me recuerda, que tener una discapacidad, no es una tragedia. Lo que es trágico, es el estigma que la gente le asigna a la discapacidad. Lo que es trágico, es estar solo, ser dejado de lado. Y la mikve, que deriva del concepto de agruparse, sutilmente nos recuerda que todos debemos prevenir esas tragedias al unirnos con todos los miembros de la comunidad.

La palabra mikve está también conectada con la palabra esperanza. Es el lugar en donde las Tikvot "esperanzas" residen. ¿Cuántas de nosotras hemos ido a la mikve a verterle a Dios nuestras esperanzas? ¿Y no es interesante que para nuestra Tevilá "inmersión", y para la Tefilá "rezos" que la acompañan, tenemos que estar parados frente a Dios tal como nos creó? A Él le importan nuestras esperanzas, y no si tenemos defectos, sean grandes o pequeños.

Mi primera visita a la mikve estaba materializando una esperanza de toda la vida: el matrimonio. Las visitas subsiguientes a la mikve, renovaban mi esperanza de que algún día mi esposo y yo tuviéramos un hijo. Durante seis años, la cristalización de esa esperanza nos evadía. Yo rezaba por otras mujeres que estaban luchando contra la infertilidad, y en parte voy a confesar, porque me apoyaba en un principio del Talmud. Este principio dice que las necesidades de una persona que reza por otra, son contestadas primero.

Una cosa en la cuál yo nunca albergaba esperanzas era la de tener privacidad. Como muchas mujeres, yo soñaba con poder tener ese anonimato que conlleva la experiencia de asistir a la mikve. Pero irónicamente, cuando yo tenía que asistir a la mikve, hasta ocho mujeres podían llegar a enterarse. Esto debido simplemente a la ayuda que preciso para ir, entrar, salir y regresar de la mikve.

Antes de experimentar el milagro de ver mi esperanza de tener un hijo hacerse realidad, hubo muchas visitas emotivas a la mikve. Ha habido visitas a la mikve con lluvia y visitas con nieve. Ha habido viernes en la noche y noches de Seder, noches de Purim, noches de Rosh Hashana, y visitas post Iom Kipur. Algunas visitas eran lúgubres, eran experiencias llenas de tensión. Pero hay una visita que se diferencia de todas las demás. Ocurrió en una noche de invierno, dos años antes de tener nuestro primer hijo. La señora encargada de la mikve me saludó con un rostro solemne.

"No deberías haber venido hoy", dijo con su acento europeo, "Tenemos un terrible problema. De hecho, deberías irte directo a tu casa".
Mi corazón empezó a latir muy fuerte. Preocupada por la infertilidad, pensaba que el tiempo lo era todo; un día perdido podría significar un mes perdido.
"¿Qué es lo que pasa?" pregunté.
Ella respondió: "El calentador se rompió. El agua de la mikve esta tan fría como el hielo".
Rompí en carcajadas. "¿Eso es todo?, ¡pensé que iba a decirme que la mikve no tiene agua!"
No hace falta aclarar, que esa noche también me sumergí.

Las aguas de la mikve me transformaron de ser una mujer con miembros atrofiados a ¡una bailarina!

Una vez tras otra, siento el regocijo de aquella inmersión. Las aguas de la mikve me transformaron de ser una mujer con miembros atrofiados, a ser, honestamente; ¡una bailarina! Por unos cuantos gloriosos momentos, mis brazos se extienden sin esfuerzo alguno. Y mientras asciendo sin ayuda los tres primeros escalones, puedo presenciar el milagro del movimiento humano.

Obviamente, con un escalón más, la gravedad retorna. Mi humor, sin embargo, es cualquier cosa menos serio mientras mi ayudante me asiste, regresando a mi cuarto, a mi ropa. Nuestra conversación va desde lo sublime hasta lo ridículo, y fluye con facilidad ("Tenemos que dejar de reunirnos así", nos decimos a menudo mutuamente en voz baja.) Inevitablemente es el final de un largo día, y debería estar exhausta, pero en realidad estoy totalmente energizada.

La primera fuente para renovar mis energías son las aguas de la mikve. Pero en un cercano, segundo lugar, esta la pizarra de anuncios de la mikve, cuya colección de tarjetas de negocios y anuncios nunca fallan en deslumbrarme. Promoviendo todo tipo de servicios modernos y profesionales, pone en ridículo el estereotipo que algunos le atribuyen a la mujer que cumple con la mitzvá de la mikve: "victimas" de un "arcaico, opresor, y ofensivo ritual". En la manera que yo lo veo, estas mujeres se parecen a las aguas de la mikve: una poderosa fuerza a tener en consideración, incluso al entrar a esta casa de esperanzas de a una, anónimamente, y sin fanfarria.

Quizá es por esto que muchas mujeres concluyen la inmersión a la mikve con el rezo de Yehí Ratzón, una plegaria para la reconstrucción del Templo en Jerusalem. Ellas son mujeres ocupadas, pero nunca tan ocupadas como para no cambiar sus miradas de una pequeña y santa casa de esperanzas (en donde vierten todos sus sueños personales y dilemas) hacia la casa más santa de todas, que su reconstrucción va a coincidir con la realización de un sueño universal y la resolución de todos los dilemas:

"Contemplen, Los traeré desde la tierra del norte y los reuniré desde el fin de la tierra, entre ellos, personas que son ciegas y cojas, embarazadas y parturientas; una gran congregación regresara aquí." (Jeremías 31:8)

Yo creo que un agrupamiento glorioso va a ocurrir por las mujeres que, mes tras mes, generación tras generación, han susurrado esta plegaria, renunciando su pedido personal a Dios, por una causa mayor. Seguramente, en su mérito, Dios reconstruirá Su casa de esperanzas.

Java Willig Levy le dedica este artículo a su madre, Ella Willig, de Bendita Memoria: "la primer persona en sumergirme en las aguas de la mikve, y seguramente la persona que más rezó por la llegada de ese maravilloso momento".

Extraído de "Total Immersion: A Mikvah Anthology", editado por Rivkah Slonim. Para recibir una copia, envíe un e-mail: rslonim@chabadofbinghamton.com