Amo a los israelíes. Yo crecí aquí y soy una israelí. No tengo ninguna dificultad con la burocracia, con la mentalidad israelí. Y tomo como una ofensa personal cuando la gente habla de los israelíes como si fueran descarados, arrogantes, impacientes, irritables y no serviciales. Los israelíes son también francos, abiertos, afectuosos y harían cualquier cosa por ayudarte si estuvieses en problemas. También mantienen sus casas inmaculadamente limpias y friegan su piso cada hora.

Entonces cuando yo estaba buscando a la empleada perfecta para comenzar con mi limpieza para Pesaj, yo me emocioné al escuchar de Tzippy. Una mujer israelí que en sus avanzados 40, con varios hijos grandes, empezó a trabajar en la limpieza de hogares para mantener a su familia. "Ella cobra más por hora que cualquier otra empleada de limpieza", dijo mi cuñada, "pero ella limpiará tu casa para Pesaj de arriba abajo, y no se va a ir hasta que la última superficie, estantería, cajón y closet esté brillando. ¡Ella no es sólo una empleada de limpieza – ella es una organizadora del hogar!".

Sonaba como un sueño hecho realidad. Y yo estaba feliz de estar sustentando la economía, y a una familia judía necesitada.

Tzippy vino por primera vez una tarde y fue directo al trabajo. Literalmente.

"Estos son los productos de limpieza que necesitaré para trabajar. Estos dos paños especiales cuestan 20 shekel cada uno, el más grande cuesta 40 shekel, y ¡oh! ¡Usted tiene un lavaplatos de acero inoxidable! Usted necesita este agente de limpieza que yo tengo. Yo importo estos productos directamente de Japón. Déjeme ver si tengo uno en mi auto". Y se fue volando por la puerta antes de que yo tuviese la oportunidad de cerrar mi boca. Dijo ella ¿un auto? Y yo pensé, ella vive sólo a unas cuantas cuadras de aquí, en la parte más pobre del barrio.

Ella entró con un pequeño embase blanco que se parecía mucho a uno de Ajax sin etiqueta. ¡Espolvoreó y espolvoreó el producto por todo el lavaplatos, fregó y refregó con sus paños mágicos, y listo! El acero inoxidable estaba brillando.

Me miró con una sonrisa de satisfacción. "¿Usted ve? Solamente 50 shekels por este maravilloso producto. ¡Ustedes tienen lavaplatos tan lindos y casi no pueden verlos! ¡Oy! ¡Que tragedia cuando las cosas no están limpias!".

Me sentí débil. "¿50 shekels? ¿Es tuyo?".

"¡Por supuesto que no! ¡Es tuyo! Le dije que se lo estaba trayendo del auto. Vio lo magnífico que es, ¿verdad? Usted casi no puede discutir con un producto de limpieza".

"¿Cómo ha sobrevivido todo este tiempo sin mí? ¿No hace usted algo para mantener este lugar?".

Bueno, seguro. Pareciera ser que tampoco podía discutir con ella. Las palabras casi no me salían. Me encogí derrotada. No iba a dejar que esta señora, ni la repentina hemorragia en mi billetera, me deprimieran. Me iba a enfocar en el maravilloso trabajo de limpieza que estaba haciendo y a olvidarme del dinero. Por ahora.

A lo largo de la tarde, cuando me detuve a medir su progreso, ella paró y me enseñó mis ventanas/paredes relucientes, manillas de cajones, y me preguntó, "¿Cómo ha sobrevivido todo este tiempo sin mí? ¿No hace usted algo para mantener este lugar? ¡Tan linda casa y usted no puede ni verla! ¿Qué es lo que ha estado haciendo su otra empleada de limpieza? ¡Ahora finalmente se puede respirar en este cuarto!". Ella suspiró de placer, mirando como si fuese la única mujer en el mundo que había descubierto el propósito de la vida: ¡limpiar!

Tres horas después, había agua jabonosa por todo el suelo de mi cocina, y ella estaba en una escalera abrillantando las ventanas de arriba de la entrada (ventanas que yo no limpio más que una vez al año). "¿Um, Tzippy?", empecé cautelosamente, "Normalmente, me gustaría que usted viniera por aproximadamente dos horas cada vez. Yo entiendo que la primera vez toma más tiempo, pero ¿cuándo cree usted, um, que va a estar lista?".

"¿Dos horas? ¿En esta casa? ¡A ese ritmo nunca terminará antes de Pesaj! ¡Bueno, como sea! Depende de usted – cuando quiera me voy. Es su casa, ¿no?

Correcto. De alguna forma lo había olvidado. Cuando finalmente se fue – una hora después – su respuesta al partir, a mi débil queja de haber quedado completamente en quiebra fue, "Bueno, tal vez usted deba conseguirse otro trabajo. ¡Usted me necesita, querida!".

Me desplomé en el sillón, agotada. ¿Por qué me sentí tan inadecuada? ¿Por qué me sentí completamente cohibida frente a esta mujer, que tenía esta única habilidad que a mi me faltaba – la habilidad de hacer que las superficies brillen? ¿No tenía yo un Master y 15 años de experiencia en enseñanza? Y aquí estaba yo dándome ánimo a mí misma después de unas cuantas horas con una empleada de limpieza, ¡por todos los cielos! Definitivamente estaba perdida.

Entonces me di cuenta (después de haberme lamentado por ser la única tonta que compraría un Ajax sin marca por $13) que el asunto era éste: Tzippy había dominado el arte de elevar lo mundano a lo significativo. Tomó su pericia y la perfeccionó. No era una empleada de limpieza cualquiera; ella era una "organizadora de hogar". Para ella, cada acto de fregar, refregar, pulir y lavar era tremendamente importante, incluso bendito. Su vida estaba llena de excitación y placer.

Y eso es lo que me hizo sentirme vulnerable. Fue una lección que yo necesitaba aprender e integrar a mi propia vida. Mi vida está llena de actividades significativas y agradables. Ser una esposa, madre y profesora me da sentido y alegría. Pero cada día también contiene esos momentos repetitivos, aburridos y menos que inspiradores que frecuentemente son agobiantes. Después de unas cuantas horas de despotricar como una adolescente por las insistentes demandas y solicitudes de los niños, por correr de un lado a otro con un niño de dos años por el parque, por cambiar pañales, alimentar, cocinar, lavar la ropa, limpiar una y otra vez, usualmente siento justificado el sentirme de mal humor. ¿Cómo puedo sentirme energizada y plena después de tantas horas de actividades físicas tediosas?

Yo usualmente rejuvenezco al aprender algo estimulante del judaísmo, salir a tomar un café con una amiga, o tener un encuentro telefónico con una compañera de estudio. Yo asumo que necesito escapar de estas responsabilidades mundanas para mantener mi equilibrio. Ver a Tzippy tomar el mando como una reina en su palacio me mostró que en vez de escapar yo puedo encontrar un propósito dentro de una misma actividad concreta. Yo puedo elegir ver cada acto de crianza – incluso los actos repetitivos y físicos – como parte de la importante tarea de la educación, del modelar e influenciar a otro ser humano, lo cual involucra mucha consideración y pericia. Puedo elegir ver cada momento, cada comida nutritiva que cocino y cada hora de juego en el parque con mi hijo de dos años, como la habilidad creativa e ingeniosa de desarrollar y nutrir el bienestar físico, emocional, e intelectual de mi familia. Y mirando hacia atrás a los logros del día, puedo decirme a mí misma (escuchando la voz de Tzippy en mi cabeza): ¿ve usted a ese niño feliz? ¿Oyó usted esa nueva palabra que recién le enseñé? ¿Cómo sobreviviría alguien aquí sin mí?

No es fácil, pero es posible para mí ubicar y examinar todas aquellas acciones físicas en mi día como si tuviesen un inmenso valor y sentido. En cualquier rutina y momento mundano, allí existe el potencial para la espiritualidad y la realización.

No me malinterpreten. No estoy por dejar mi trabajo de profesora para asegurarme tener suficiente tiempo para mantener la bañera pulcra y brillante. Yo aún no puedo conectarme con la maravillosa alegría de limpiar pisos que se ensuciarán otra vez unos momentos más tarde. Así es que ¡gracias a Dios por las Tzippys del mundo!