La feminista Germaine Greer describió una vez un desagradable almuerzo que tuvo en un restaurante de moda en Manhattan. Figura de cierto renombre e influencia en el movimiento feminista estadounidense durante tres décadas, la Sra. Greer encontraba difícil que su mesero la atendiera esa tarde.

Mientras se sentaba impaciente, intentando captar su mirada – la de cualquier mesero – se dio cuenta de que en varias mesas a su alrededor, una cantidad de otras mujeres, más jóvenes que ella, no estaban teniendo el mismo problema. De hecho, en la mesa de al lado, el mesero no sólo estaba respondiendo diligentemente a cada una de las peticiones de la mesa, sino que para empeorar las cosas, la joven mujer en cuestión estaba acompañada para almorzar por un embelesado hombre de edad madura, alguien de la misma edad de Germaine Greer.

Ahí fue cuando me di cuenta, dijo Greer: Se había vuelto invisible.

De seguro, esa no es la primera vez que la falta de atención por parte de un mesero causa una crisis existencial del más alto nivel: el encuentro de una mujer con la nada misma, que ni siquiera la meditación trascendental puede proveer. Para una mujer que ha absorbido – desde la infancia y la adolescencia en adelante – la noción de que captar la atención de un hombre es tener evidencia de que ella existe, el ver su belleza decaer y apagarse es asistir sin poder hacer nada a la desaparición de sí misma. Ser invisible a la mirada masculina significa no estar ahí para nada.

Eventualmente el espejo del baño comenzará a enviar boletines diarios acerca de nuestra increíble transformación en nuestros abuelos.

Si la necesidad humana universal de estar ahí – en otras palabras, ser reconocido, visto, tomado seriamente – está entrelazada fundamentalmente en la mente y el corazón de una mujer con su poder de atracción, ella ira recibiendo unas desagradables llamadas de atención en el camino. Como todos sabemos, e intentamos negar heroicamente, tenemos todas las razones para confiar en que nuestros cuerpos se harán más débiles y feos mientras pase el tiempo. Podemos prevenir exitosamente la llegada de este deterioro preprogramado con ejercicio, cirugía estética, nutrición y maquillaje, pero eventualmente el espejo del baño comenzará a enviar boletines diarios acerca de nuestra increíble transformación en nuestros abuelos.

Como dice el dicho, dentro de cada persona anciana hay una persona joven preguntándose que fue lo que pasó; a través de la historia, las mujeres han buscado ser bellas y han tasado su valor de acuerdo a eso. Sin embargo, en nuestros tiempos, hay algo particularmente obsesivo y retorcido acerca de como estas inclinaciones naturales se manifiestan. La creciente y extendida presencia entre las mujeres de mediana edad de trastornos alimenticios – ¡pobre mi generación! – da una elocuente muestra de la guerra contra uno mismo que puede ocurrir cuando los poderosos deseos gemelos, de amor y trascendencia, son canalizados primariamente hacia la búsqueda de preservar la juventud y belleza de uno. Si esa búsqueda ocurre en la ausencia de cualquier otra filosofía auténtica y viable de uno mismo, la condición y apariencia de nuestro cuerpo se transforman en la medida más tangible para nuestro valor.

Para bien o para mal, yo no soy la excepción. Mi propia infancia estuvo poblada por figuras de autoridad femenina que parecían tener algo más que sus figuras en mente, pero yo misma no iba a ir fácilmente tras sus pasos. Habiendo nacido en los años sesenta, insisto, que el tiempo no pasa, y preferiría morir antes que vestir las ropas que mi abuela usaba a mi edad.

¿Cómo podemos liberarnos de las insignificantes tiranías de nuestra propia vanidad femenina? Fuera de reencarnar en un hombre, una forma de salir de esto sería un retiro del mundo al estilo de las monjas, a través del cual seríamos libres de cultivar nuestras vidas internas sin la referencia externa. Otra forma sería adoptar el estilo de Arabia Saudita de obstrucción total de la forma femenina y su individualidad.

Mi identidad no es igual a mi reflejo en un espejo de tres caras.

Otra alternativa sería vivir de una forma en que nuestra auto-presentación exprese la siguiente idea, tanto a nosotros mismos como a los demás: mi identidad no es igual a mi reflejo en un espejo de tres caras.

¿Qué se pierde cuando uno puede pasar desapercibido? Las alegrías más verdaderas son aquellas que, por naturaleza, requieren privacidad para florecer, y nuestros logros más perdurables son aquellos que pasan desapercibidos para otros.

En la medida en que nos vemos a nosotros mismos más como cuerpos que como almas, somos más vulnerables a lo que es extrañamente llamado "los estragos del tiempo". En la medida en que buscamos belleza en nuestro reflejo más que en nuestras acciones, somos ciegos a las miles de bellezas que nos rodean.

Y en la medida en que luchamos por atraer la mirada del mundo, los espejos de nuestros baños nos castigan cada vez más, día tras día, por descuidar nuestras vidas internas, siendo invisibles para nosotros y para Dios.