Estoy parada en el balcón mirando hacia las montañas. Es tan tranquilo aquí que puedo escucharme a mi misma respirar. Puedo escuchar los pájaros piando suavemente y el susurro de las flores que se balancean delicadamente con la brisa de la tarde. Puedo sentir mi mano buscando el teléfono celular.

¡Me olvidé de recordarle a mi esposo acerca de las gotas para los oídos del bebé! ¡Me olvidé de decirle que a Shani ya no le gusta el queso crema en su sándwich! ¿¡Y qué pasa si se olvida que Efraim no puede dormir sin su manta!? ¿¡Recordará descongelar la lasaña para la cena!? ¿¡Kayla se acordará de decirle a su padre que debe limpiar sus orejas recién perforadas si yo no estoy!?

Pero mi teléfono celular está en el fondo del armario, y yo no quiero que mi esposo sienta que yo no confío en él. Probablemente él está bien. Además, el cartel en el spa decía: No se aceptan teléfonos celulares ni niños menores de 16 años.

Aquí es demasiado silencioso. Casi espeluznante.

En ese momento, decido caminar por el sendero de adoquines rojos alrededor del hotel. Mientras camino, me deleito con la impresionante puesta de sol y el aire fresco. Pero luego de unos cuantos minutos, comienzo a sentirme incómoda. Aquí estoy, libre al fin, ahora puedo preocuparme de mi misma – nadie quejándose, nadie tirando de mi falda, ninguna cena que cocinar ni ropa sucia que tirar a la máquina, ningún almuerzo que preparar o nariz que limpiar... sólo yo. Y por primera vez desde mi boda, estoy completamente sola, y estoy impresionada al darme cuenta de que ya no se cómo hablar conmigo misma.

Será posible que, a pesar de todos mis logros, tanto como profesional y como madre, ¿no esté contenta conmigo misma? Intenté sacar ese pensamiento de mi mente y disfrutar de la belleza a mí alrededor. Después de todo, pensé yo, soy una persona muy feliz. Las personas acuden a para pedirme consejos.

Me permito admitir lo inadmisible. No estoy contenta conmigo misma.

Mientras dejo que el silencio penetre en mi mente, me permito admitir lo inadmisible. No estoy contenta conmigo misma. Y lo peor de todo es – y me doy cuenta de ello en medio de este campo de flores color pastel en el medio de la nada – que no tengo idea del porque.

Con todo el ruido y el agitado ritmo de la vida diaria, siempre es tan fácil ignorarme a mi misma. Y por alguna razón mis maestrías en psicología siempre me mantienen confiada. Matrimonio sano y amoroso – listo. Niños felices y en crecimiento – listo. Hogar calido y limpio – listo. Alimentación nutritiva y atmósfera espiritual – listo. ¿Mamá feliz? Bueno... mamá está contenta. Pero por alguna razón... la felicidad parece una palabra demasiado grande.

Quiero correr. Extraño correr. Extraño la velocidad. Extraño la emoción. Observo a mí alrededor como si fuera a comer un pedazo prohibido de chocolate. "No hay nadie aquí", me susurro a mi misma, y comienzo a correr. Lento al principio pero luego más rápido, a través de los árboles, pasando las canchas de tenis. Corro más rápido hasta que no puedo respirar; hasta que soy una con el viento y el sol que se está poniendo y el suave, verde pasto. Corro hasta que no puedo ver o pensar o sentir, y luego me detengo.

Me doy cuenta de que por primera vez hace mucho tiempo me siento...viva, y le pregunto a Dios, "¿Cómo puede una persona que quiere escalar montañas quedarse en una cocina y hacer huevos revueltos? ¿Cómo puede una persona que anhela correr por millas y millas sentarse en el salón y ayudar con las tareas, limpiar leche derramada y cambiar interminables pañales sucios? ¿Cómo una persona que se graduó de una universidad prestigiosa, que quería salvar el mundo, que habló frente a cientos de personas, puede pasar la mayoría de las noches empacando almuerzos, arreglando ropa, leyendo cuentos para dormir, diciendo Shemá, leyendo otro cuento, trayendo otro vaso de agua?, y sólo un cuento más y... ahora se despertó el bebé. ¿Qué haces cuando prefieres hacer paracaidismo en vez de despertar a niños cansados, preparar desayuno, peinar cabellos caprichosos y caminar hacia el jardín infantil de la esquina?"

Mientras estoy sentada en el borde del campo, escuchando el furioso latido de mi corazón, pienso ¿Quizás estoy en la profesión equivocada? ¿Quizás la maternidad no es para mí? Pero, a pesar de que el pensamiento entra en mi mente, yo sé internamente que no puede ser verdad. Debo estar haciendo algo mal.

Al día siguiente estoy en el solarium leyendo un libro, y encuentro mi respuesta.

Por más deseable que pueda ser el hecho de estar satisfecho con lo que uno tiene, sin embargo, esto no constituye la felicidad. La ausencia de un sentimiento negativo no constituye un sentimiento positivo... No tener insatisfacciones puede estar bien para una vaca, pero no es suficiente para un ser humano. (Happiness and the Human Spirit, Rab Twerski)

Pienso en todas las veces en las que he estado tranquila, incluso agradecida por estar simplemente satisfecha, pero que he sentido de alguna manera como si algo faltara. Continúo leyendo: "Ser lo mejor que podemos ser puede variar con el tiempo y con las circunstancias". Me pregunto a mi misma "¿Cómo puedo ser mejor si me siento aprisionada en un rol que me queda demasiado chico?" Me siento culpable incluso mientras pienso en eso.

Criar niños no es una meta trivial. Ser una esposa y un ama de casa es digno de elogio. Pero, ¿por qué no lo siento? ¿Por qué me siento más viva cuando estoy corriendo en un campo desierto o escalando rocas al atardecer? Y luego Dios me muestra las respuestas al dar vuelta la página, "Si podemos hacer poco pero lo hacemos al máximo, tenemos más posibilidades de ser felices que la persona que podría hacer mucho pero que en vez de eso hace poco". Y entiendo la idea justo en ese momento, en ese silencioso solarium.

La misma energía que utilizo para escalar hasta la cima de una montaña, puedo utilizarla para escuchar a mi hijo. De la misma forma en que puedo correr hasta que soy una con el viento, puedo estirar mi alma hasta que soy una con la voluntad de Hashem. Utilizando la misma mente que utilizo para sacarme un 10 en un examen de química orgánica, puedo manejar mi casa como si fuera una de las 500 mejores compañías del mundo.

"¿Para qué estudiaste en una universidad prestigiosa? ¿¡Para cambiar pañales!?"

¿Por qué mi hogar, que en cierto sentido durará para siempre, debería ser administrado con menos ambición y con menos seriedad que una empresa financiera que desaparecerá en un siglo o menos? Y por primera vez en mucho tiempo permito que esa pequeña voz salga a la superficie y haga la antigua pregunta, "¿Para qué estudiaste en una universidad prestigiosa? ¿¡Para cambiar pañales!?" Dejo la pregunta de lado por un momento, mientras sostengo el libro en mis brazos y mi bata blanca me envuelve en un olvidado capullo de comodidad. Y luego, encuentro a mi voz. Me susurra, "Sí. Sí. Es por eso que Dios me dio una educación en una universidad prestigiosa. Es por eso que Dios me hizo una corredora de maratón".

Esto nunca se me había ocurrido antes. Siempre había puesto mis logros académicos y atléticos en una esquina diferente de mi mente. Pero ahora me doy cuenta de que eso fue un error. Puedo escalar montañas mientras cocino la cena. Yo puedo cruzar la línea de la meta en mi propio salón. Todo lo que tengo que hacer es enfocarme y poner todo mi corazón en lo que sea que esté haciendo.

Más tarde esa noche me siento en el borde de un sillón junto a la chimenea y escucho a una mujer de 65 años hablar acerca de su vida. Cuando le digo que tengo varios hijos pequeños, ella suspira y luego, con una mirada lejana en sus ojos, ella murmura, "Desearía poder regresar y hacer eso nuevamente". Ella habla tan suave y melancólicamente que casi no puedo escucharla. "¿Hacer qué nuevamente?", le pregunto. Ella acomoda su bufanda y mira hacia la ventana. "Criar a mis hijos de nuevo. Pasé todos esos años deseando estar en otra parte y ahora que lo estoy, daría todo por volver y ser una mejor madre. Deseamos que los años pasen, solamente para rogar que regresen".

En mi camino a casa desde el spa miro a través de la ventana las montañas que acunan nuestro ascenso hacia Jerusalem, y luego leo un último y preciado fragmento, "La medida de nuestra felicidad depende de nuestra autorrealización, de ser lo mejor que podamos ser, incluso – quizás especialmente – en circunstancias difíciles. Ser capaces de analizar las circunstancias actuales y desarrollar un nuevo criterio de medición para nuestro valor propio es la clave en nuestra búsqueda de felicidad".

Pienso en la maratón que me espera en casa, y comienzo a entrenar mi cuerpo y mi mente para correr la más larga y hermosa carrera que he corrido jamás. Salgo del auto hacia la ruidosa calle, llena de risas de niños, y veo a lo lejos la línea de meta que se abre camino hacia la eternidad.