Hace dos años, me acerqué a las Grandes Festividades con un cierto sentido de "aquí vamos otras vez". Habiendo recién cumplido 43, sin haberme casado nunca, sin hijos, me estaba costando tener entusiasmo para rezar por estas mismas cosas una y otra vez. ¿Cuántas veces puede uno pedir las mismas cosas, y recibir la misma respuesta?

En la sinagoga en la mañana de Rosh Hashaná, vi que dos de las mujeres jóvenes de nuestra comunidad estuvieron de pie durante toda la repetición del servicio de Musaf. Estas dos jóvenes, Sara y Tova, eran las hijas de amigas cercanas mías de mi edad. Ambas de entre 18 o 19, estaban cada una recién de vuelta en Jerusalem después de un año de estudio post colegio, y ahora, de acuerdo a las costumbres de nuestra comunidad, "listas para casarse". Yo sabía que estas chicas estarían rezando fervientemente para encontrar sus basherts (almas gemelas) rápida y fácilmente.

Yo creía comprender por qué ellas estuvieron de pie durante Musaf. Es un rezo especialmente largo, y no se requiere que uno esté de pie, pero es considerado meritorio hacerlo. Me imaginé que en este auspicioso año para estas jóvenes muchachas, ellas quisieron lucirse ante el Todopoderoso con su devoción y sinceridad, con la esperanza de que sus rezos para casarse ese año sobresalieran también.

Yo envidié su inocencia juvenil, su firme creencia que el hacer algo extra podía generar una diferencia en la esfera celestial

Mientras yo estaba detrás de estás dos jóvenes, que estaban de pie solas entre la multitud de mujeres sentadas, a medida que avanzaba el servicio, yo envidié su inocencia juvenil, su firme creencia que el hacer algo extra podía generar una diferencia en la esfera celestial. Yo envidié las probabilidades de que ellas se casarían ese año, con jóvenes que ellas elegirían. Yo envidié su vigor físico por las horas de pie, y envidié su perseverancia, por mantenerse así durante el largo servicio mientras todas a su alrededor permanecíamos sentadas.

Cuán distinta es su apariencia a la mía, sin embargo rezamos por la misma cosa, pensé para mí misma. Cuán mejores son sus posibilidades. Cuanta suerte tienen ellas. Yo quisiera tener lo que ellas tienen: yo quisiera hacer lo que ellas hacen, con su fe. Desde mi asiento, yo envidié sus rezos y creí que sus rezos serían contestados, y que los míos, nuevamente, probablemente no lo serían.

Ellas no quieren casarse más de lo que yo quiero, pensé para mí misma desde mi cómoda silla. Sus rezos no son más preciados que los míos. Ellas sólo son más jóvenes y fuertes que yo, me dije a mí misma.

Y entonces hice algo que no esperaba hacer.

Me puse de pie.

Me levante para mostrarle al Todopoderoso que mis rezos eran tan profundamente sentidos como los de ellas, que mis deseos eran tan reales y sinceros como los de ellas. Para mostrarle al Todopoderoso que no estoy tan cansada, ni tan vieja, para abrazar la responsabilidad del matrimonio y la familia. Tal vez para recordarme a mí misma que puedo más, que puedo ser más, y para que mis rezos tuvieran la posibilidad de ser contestados.

Miré a las demás que permanecían cómodamente sentadas alrededor mío. Yo tomé la decisión nuevamente de levantarme. Cada vez que la congregación se levantaba y después se sentaba, yo permanecí de pie. Durante las canciones me mecí, durante los rezos silenciosos sollocé. Me esforcé físicamente, emocionalmente, espiritualmente.

Más tarde, durante ese mismo año, Sara, Tova y yo nos casamos con diferencia de seis semanas una de las otras – dos encantadoras muchachas, y una mujer lo suficientemente mayor como para ser sus madres. Yo planifiqué mi matrimonio mientras mis dos queridas amigas planificaban el de sus hijas – compartimos cocineros, fotógrafos, y muchas risas mientras la temporada de planificación de alegrías nos envolvía, y bailamos juntas en el de Sara, luego en el de Tova, y finalmente mi propio matrimonio.

Un Rezo No Respondido

El año pasado, a medida que se acercaban las Grandes Festividades, yo aún tenía un rezo no respondido. Yo entendía las estadísticas, las realidades físicas, la improbabilidad de éxito, pero ahora era una mujer casada, y como la mayoría de las mujeres judías casadas, quería tener un hijo. ¿Era mi deseo menos valioso porque mi cuerpo era viejo? De hecho, a los 44 mi deseo era mayor: si alguna vez voy a tener un hijo, lo más probable es que sea este año.

Me pregunté si yo podría reunir la fuerza interior y la fuerza física para estar de pie durante el servicio otra vez. Sara y Tova ya no estaban ahí para inspirarme; ambas estaban lejos, viviendo con sus maridos que estaban estudiando en yeshivot en Baltimore y Jerusalem. Yo estaría sola este año, pensé. ¿Tengo el compromiso de ser perseverante?

Yo traté. Lo logré durante el servicio de Rosh Hashaná. Me sentí bien; yo estaba decidida. Cualquier cosa es posible, pensé. Pero en Iom Kipur, mi fuerza física me falló. Estuve de pie, estuve y estuve, y luego me tuve que sentar. Me sentí tan destruida que pensé que me podía morir.

Mientras me sentaba, sentí un terrible sentimiento de desesperación. ¿Sabes qué? No soy tan fuerte como una de 20 años; no tengo la energía; yo puedo hacerlo a mi manera, pensé. Sé que estar de pie no es un requisito, pero durante el año pasado llegué a creer que por ese año, por lo menos, estar de pie hizo la diferencia. Con el cierre de las oraciones en Neilá, toda la congregación estaba de pie, y yo estaba de pie nuevamente, junto con todos. Sabía que estos asuntos estaban siendo decididos en ese momento, y yo no estaba segura de haber hecho todo lo que pude. Justo antes del final del servicio, me incliné adelante hacia una amiga cercana, y le susurré en su oído, "¿podrías pedir por sólo una neshamá (alma) más este año?". Y ahí rompí en llantos, temiendo haber fallado.

Unas semanas más tarde supe por qué mi fuerza física me había fallado en Iom Kipur: yo ya tenía varias semanas de embarazo. Meses después, supe que Sara y Tova también estaban esperando, nuestras "fechas para tener los bebés" estaban seguidas en línea en el orden en que nos casamos. Mis dos queridas amigas estaban ya casi por ser abuelas por primera vez.

Este año, Sara, Tova y yo nos convertimos en madres. Mi esposo y yo fuimos afortunados por compartir otra temporada de alegría con mis dos buenas amigas, y sus hijas y yernos... y sus nuevos nietos.

Acercándose las Grandes Festividades este año, me pregunto si es que acaso voy a poder siquiera ir al servicio. Estoy agotada por pasar noches alimentando al bebé. Me preocupa que mi pequeña bebé interrumpa el servicio para otros cuyos rezos aún no han sido contestados. Y estoy feliz de tantas maneras. Pero trataré de ir de todos modos, aunque sea sólo para expresar mi profunda gratitud por la respuesta tan completa a mis rezos.

Cuando miro hacia atrás los cambios en mi vida durante los dos últimos años, me doy cuenta de la potente oportunidad que me dieron aquellos Rosh Hashanas y Iom Kipurs – la oportunidad de estar de pie ante Dios y de rezar por mis deseos más profundos, y la valentía de esperar, una vez más, una respuesta diferente.