Hace un tiempo, cuando esos ocho jóvenes de la yeshivá fueron asesinados en Jerusalem, me sentí tan triste y enferma que no pude quitarme la desesperación – los ataques interminables en Sderot, la escalada de bombardeos en Ashkelon, y ahora esto.

Cuando fui a trabajar (como maestra) al día siguiente, hice todo lo que pude para contener mis lágrimas y tratar de comportarme en forma "profesional". Pero luego le mostré a mi clase una película sobre Ana Frank. Había escenas de judíos que eran arrestados y golpeados. Fue demasiado. Cuando mi siguiente clase vino, las lágrimas estaban golpeando contra el borde de mis ojos esperando para salir. Cuando un alumno me preguntó, "Sra. Frankel, ¿Se encuentra bien?". Las lágrimas empezaron a brotar y tuve que explicar que no me encontraba bien.

¿Por qué siento tanta desesperación por algo que ocurrió a 8 jóvenes que ni siquiera conozco? ¿Algo que ocurrió en una ciudad a la que nunca he ido? ¿Por el recuerdo de personas que murieron hace 60 años y que obviamente nunca conocí? La respuesta es fácil – soy judía.

Un elemento importante de ser parte del pueblo judío es tratar de cumplir con el mandamiento de Ahavat Israel. Sí, significa amar a los demás judíos (y no solamente a aquellos con los que compartes asuntos políticos y teológicos), sino que mucho más que eso.

Somos una familia. Celebramos las alegrías y compartimos los sufrimientos de los demás. Y aún más importante que eso, cuando otros judíos necesitan nuestra ayuda, estamos ahí para ellos. A través de rezos o de acciones, cuando los judíos se preocupan uno del otro, podemos literalmente cambiar el mundo. Y yo lo sé. Hay "un collar" que lo prueba.

Yo tenía sólo 7 años, cuando Dios plantó en mí las semillas para entender completamente la mitzvá de Ahavat Israel, amar a otros judíos. Déjenme explicar la escena: Entre comienzos y mediados de 1970, Nixon en la Casa Blanca, ambiente de escándalos, protestas en las calles y opresión a los judíos en la Unión Soviética. De todo lo anterior, la cuestión sobre la cual yo estaba más consciente en segundo año de primaria, era la terrible situación en la que estaban los judíos de la Unión Soviética. Mi familia iba frecuentemente a las reuniones que pretendían llamar la atención sobre la difícil situación de nuestros hermanos y hermanas de la Unión Soviética. En ellas, mi padre realizaba discursos fuertemente inspiradores.

Pero no eran sólo palabras. Mis padres visitaron la Unión Soviética y tuvieron reuniones con los refuseniks (judíos que habían intentado huir de la URSS a los que no sólo se les habían negado las visas sino que frecuentemente eran acosados, golpeados y algunas veces encarcelados. Su crimen principal era el hecho de querer vivir en un lugar libre para estudiar y practicar su religión), hospedaron a un antiguo refuseniksen nuestra casa hasta que el resto de su familia pudiera escapar y muchas otras cosas más. A través de estas acciones mis padres me enseñaron un componente importante de Ahavat Israel.

Lo que nos lleva nuevamente al collar.

En aquellos tiempos, mis pequeñas amigas y yo, prometimos no sacarnos nuestro collar hasta que "nuestra persona fuera libre".

A comienzos de 1970, había una tendencia en las comunidades judías. Las personas utilizaban un collar con una gran estrella amarilla que tenía escrito en ella, el nombre de algún disidente judío soviético. Era algo similar a los brazaletes que se usan por diferentes causas hoy en día. En aquellos tiempos, mis pequeñas amigas y yo, prometimos no sacarnos nuestro collar hasta que "nuestra persona fuera libre".

Esto duró como tres meses hasta que con frustración (tres meses es un tiempo verdaderamente largo para una niña de segundo de primaria y yo no podía creer que "ellos" se estaban tardando tanto en dejarlos salir), me saqué mi collar y lo dejé en mi joyero musical. Mientras me convertía en adolescente, tomé el joyero musical y con cariño la puse en el fondo de mi armario. Cuando nos mudamos, el joyero pasó desde el fondo del armario viejo al fondo del armario nuevo. Y realmente no volví a pensar en él.

Luego en 1980, en el otoño de mi onceavo año de estudios, fui elegida como una de las dos estudiantes de secundaria de Denver que entregarían a un prisionero judío soviético recientemente liberado, un certificado de plantación de un árbol del JNF (Fondo Nacional Judío) en su honor, de parte de "todas las adolescentes judías de Denver". Era extraño y emocionante que uno de ellos viniera a Denver y no podíamos creer que habíamos sido escogidas para este honor. Sólo teníamos que sentarnos con los adultos mientras pronunciaban sus discursos, incluyendo uno de nuestro invitado de honor judío soviético y después de eso entregar nuestro certificado. Bastante simple, excepto por un gran problema... ¿Qué ropa iba a usar?

Me probé todo lo que tenía en mi armario y cuando finalmente estuve satisfecha, caminé entre todas las prendas descartadas que estaban esparcidas en el piso para llegar hasta la puerta. Mi padre trataba de apurarme porque ya se había hecho tarde.

Mientras nos dirigíamos a la sinagoga donde se realizaría el evento, mi padre estaba conversando sobre lo maravilloso que sería para mí, conocer a un héroe judío. Yo estaba emocionada, y de pronto me di cuenta que ni siquiera sabía el nombre del hombre al que iba a honrar. "Su nombre es Mark Dymshitz" dijo mi padre.

"¿¡De verdad papá!? Tienes que detener el auto y volver a la casa, ¡Ahora!" Recordaba su nombre de cuando era pequeña, porque como niña, no es el tipo de nombre que se te olvida.

"Pero, estamos tan atrasados..."

"Por favor, papá, te explico después".

Mientras mi papá se estacionaba, yo corrí a la casa y me dirigí directamente a mi cuarto. Después de buscar agitadamente en mi closet extremadamente desordenado, finalmente lo vi... mi joyero musical. A pesar de que había estado en el fondo de mi closet por casi 10 años, todavía se escuchaba la música al levantar la tapa. Luego busqué el collar con la gran estrella amarilla. Tomé mi tesoro y me dirigí al auto. Ahora estábamos realmente atrasados y mi padre se apresuró mientras me miraba como diciendo, "espero que el retraso valga la pena".

"Sr. Dymshitz, he esperado casi 10 años para entregarle esto".

Cuando llegamos a la sinagoga, fui llevada al escenario con todas las otras personas que harían obsequios al Sr. Dymshitz. Luego de algunos discursos, incluyendo el de nuestro invitado de honor, las otras jóvenes y yo entregamos el certificado al Sr. Dymshitz. Se veía un poco conmovido. Luego yo le dije, "Sr. Dymshitz, tengo algo más que entregarle. Hace muchos años, la comunidad judía americana usaba collares, cada uno con el nombre de un prisionero soviético judío, para mantener su nombre vivo en nuestros corazones. Siempre usé el mío con la esperanza de que el hombre cuyo nombre estaba en el collar fuera prontamente liberado".

Mientras tomaba el collar con sus manos y observaba el nombre escrito en él, lágrimas brotaron de sus ojos y su sonrisa me mostró cuán importante era para él saber que una persona, una pequeña niña que ni siquiera conocía, había estado pensando en él durante aquellos difíciles momentos.

Tragándome mis propias lágrimas continué. "Sr. Dymshitz, he esperado casi 10 años para entregarle esto".

Ese es el verdadero significado de Ahavat Israel.