Era mi cumpleaños y yo no estaba de buen humor. Mis hijos peleaban. Debería haber una ley en contra de los niños que pelean en los cumpleaños de sus madres.

"¡Mamá, ella tomó mi juguete de resorte!"

"¡No es tú juguete! ¡Es mío! Ves, hay un doblez en el tercer anillo".

"¡No!, ¡no hay!"

"¡Sí hay!"

Cada uno de ellos tomó una punta del resorte y comenzó a tirar, el resorte estaba tan tirante como mis nervios y finalmente se rompió.

"Suficiente", dije. El resorte rebotó contra la mano de mi hijo.

"¡Aaaaaaaau!"

Tomé su dedo pulgar y lo acaricié suavemente, también hice lo mismo con mi agotada mente.

De pronto asumí que había cosas que nunca haría y vistas que nunca vislumbraría.

Los cumpleaños solían ser días que estaban llenos de sentimientos embriagadores de florecimiento. Todos los matices diferentes que mi vida podía asumir se mostraban frente a mí como una gama interminable de posibilidades. Pero de alguna manera, a lo largo del camino, los cumpleaños se han transformado en un día de puertas que se cierran estruendosamente tras de mí. De pronto asumí que había cosas que nunca haría y vistas que nunca vislumbraría.

Basándome en el mapa de mi vida tengo que ser realista y tengo que contentarme con el hecho de que probablemente nunca conoceré Hawai, Beijing o Kenya. Y ya pasó otro año sin que yo aprendiera a conducir un automóvil mecánico. ¿Y que hay de aprender a tocar guitarra? Yo estaba muy ocupada – sobrepasada con la presión del día a día. El optimismo desenfrenado de la juventud estaba perdiendo su esplendor.

Me preguntaba malhumorada, ¿qué podría pasar en este cumpleaños a diferencia de los anteriores?

"Mamá, si no llevo una mitzvá anotada en una cartita a la escuela ahora mismo no obtendré un premio", lloriqueó mi hijo de siete años. El hecho de registrar durante un mes cada buena acción de mi hijo para que ganara un premio en la escuela, también estaba repercutiendo en la dueña de casa.

"Tú me debes dinero mamá", reclamó mi hijo mayor. Él estaba teniendo problemas en matemáticas, así que estaba trabajando en ejercicios extra que yo le entregaba en la casa. Yo le estaba pagando a cambio de su esfuerzo, pero le estaba tomando muchas hojas de trabajo para ahorrar para lo que él quería.

Mi hija de cinco años metió su dedo en mi cara.

"¡Mira!", dijo ella emocionada. "Mi profesora me dio un anillo porque limpié y ordené la sala de clases".

"Eso es maravilloso", le dije genuinamente, frotándome el ojo que casi me arrancó con su anillo de diez centavos.

El día continuó lleno de melancolía. Mi mente estaba plagada con ideas de Pesaj: "¿Por qué este cumpleaños es distinto a los demás cumpleaños?". Nuestros Rabinos nos enseñan que la fecha del calendario judío en que uno nace puede contener un vasto significado. Uno debe utilizar el día para introspección y crecimiento. Esperé mi revelación mientras preparaba la comida de mis hijos, despachaba a los niños mayores, limpiaba el desorden del desayuno, preparaba la cena, recibía a mis hijos de vuelta de la escuela, limpiaba el desorden de la cena y comenzaba a bañar a los niños. ¡Hurra!, ¡muy feliz cumpleaños la verdad!

Pero justo ahí, revoloteando en medio de la monotonía... una revelación.

Mi hija se acercó primero.

"Mami", dijo ella. "Tengo un regalo de cumpleaños para ti". Ella me entregó una servilleta blanca arrugada. Abrí la servilleta capa tras capa de papel, hasta que llegué al centro. Ahí estaba el pequeño anillo de diez centavos que ella había recibido de su profesora. Yo contuve la respiración.

"Gracias dulzura". Le dije suavemente. "Me siento muy conmovida".

Justo entonces mi hijo mayor entró golpeando la puerta.

"Toma", dijo, sin aliento, sosteniendo una botella de refresco como si yo hubiese estado atrapada en una isla desierta por un par de meses. Sus ojos literalmente brillaban. "La compré para ti con mi propio dinero. Lo gasté todo", dijo, y la dejó caer en mis piernas.

¿Podía ser realmente? ¿Todo el dinero que había estado ahorrando, contando, preocupándose? Su hermano menor corrió fuera del cuarto volviendo momentos después con una bolsa plástica rosada. "Feliz cumpleaños mami", él dijo tímidamente. Dentro de la bolsa había un par de binoculares de plástico – eran los binoculares que había ganado esa mañana en la escuela. Valían un mes entero de buenas acciones. Casi no tuvo oportunidad de usarlos antes de regalarme su tan preciado premio.

Reuní a los niños alrededor mío, abrazándolos apretadamente.

Ellos me habían entregado su amor, en la forma de un anillo, una botella de refresco, y un par de binoculares de plástico.

"Gracias", murmuré, con lágrimas en mis mejillas. Deslicé el anillo en mi dedo, al lado de mi argolla de matrimonio. "Muchísimas gracias".

Más tarde esa noche, mientras estaba recostada en mi cama mirando el cielo estrellado a través de mi ventana, entendí el mensaje.

¿Qué me habían dado mis hijos a mí? Ellos me habían entregado su amor, en la forma de un anillo, una botella de refresco, y un par de binoculares de plástico.

¿Cómo?

Al haberme dado lo que era más querido y preciado para ellos.

Mantuve ese pensamiento en mi mente, pensando en mi propia capacidad de dar, mi propia capacidad de crecer, y lo que era más preciado para mí.

Y me di cuenta que las puertas de la vida se estaban abriendo alrededor mío nuevamente – todo el tiempo.

De mis hijos puedo aprender cómo dar, cómo aceptar, cómo amar. De mi esposo puedo aprender cómo entender, de mis vecinos, cómo compartir: de mis amigos, cómo escuchar.

Ni si quiera tuve que ir a Hawai o Beijing o manejar un automóvil mecánico para llegar allí. No importa donde vivo, con cuantas pilas de ropa para lavar me las tenía que ver, o cuan vieja yo estaba. Había tantos caminos inmensos esperando ser recorridos justo en mi propio hogar.

Han pasado unos cuantos meses y aún tengo el anillo de diez centavos de mi hija apretado entre mi anillo de compromiso y mi argolla de matrimonio. Nunca me lo saco, así que está un poquito descolorido.

Pero yo no me he descolorido ni un poco.