Eran las 6 AM de un viernes por la mañana a principios de un marzo extremadamente frío en Nueva York. Dentro de la casa de la Jueza de la Corte Suprema del Estado de Nueva York, Joan Lefkowitz, un pollo se asaba en el horno.

Yo estaba sentada en la mesa de la cocina de mi madre con mi marido, tres niños pequeños y abuelos, mientras mi madre, la jueza, estaba ocupada preparando Shabat. Mi abuela estaba muy enferma y habíamos viajado desde Israel para pasar un tiempo con ella.

Después de que mi abuela fue diagnosticada mi madre trasladó a sus padres a vivir con ella para cuidar de ellos cuando no estaba en el tribunal. Mi tía venía a sentarse con mi abuela durante el día. Cada Shabat mi madre tenía a mi tía y su familia invitada a la casa de modo que todos pudieran estar juntos. Esto continuó durante nueve meses.

Justo antes de Pesaj la casa estaba repleta a su máxima capacidad. Había una cuna y una cama de hospital. Había pañales y máquinas de oxígeno. Había juguetes en todas partes y un refrigerador lleno de yogures de bebé, batidos especiales de la Abuela para subir de peso, kugels y carnes para Shabat. La escena era como para infundir pánico a cualquier ama de casa, pero cuando el sol creciente destellaba sobre los cristales, la mesa del comedor ya estaba puesta para nuestra cena del viernes a la noche. Más tarde, vestida con su traje para el trabajo y asegurándose que mi abuelo podría encontrar todas sus píldoras, mi mamá tranquilamente buscó sus llaves.

Ustedes pueden imaginar cómo fue la preparación para Pesaj ese año. La agenda de mi mamá estaba llena de casos incluso un caso enorme ese mes que involucraba millones de dólares y al menos veinte abogados. Además de todo, era año de elecciones para el período de renovación de mi Mamá. Había cajas llenas de pancartas y varias personas del equipo de campaña política que corrían dentro y fuera de la casa.

Recuerdo que cuando mi madre fue elegida jueza por primera vez, todos participamos en la campaña política. Mi hermano, mis abuelos y yo, todos teníamos prendedores y camisetas de la campaña. Solíamos ir a muchos eventos juntos. Recuerdo las mañanas de los días de semana cuando el equipo de campaña se juntaba en nuestra cocina a las 6 a.m. a tomar café antes de dirigirse a las estaciones de ferrocarril para agarrar a los viajeros matutinos.

Mi madre sostenía al bebé en una mano y el plato del Seder en la otra. Ella le ofreció a los periodistas bizcochos y café.

Ese año, en la víspera de Pesaj, un periodista vino a la casa para entrevistar a mi mamá. Él encontró a mi marido vertiendo agua hirviendo sobre la mesa de la cocina (para hacerla casher para Pesaj) y limpiándola con toallas. Mi madre sostenía al bebé en una mano y el plato del seder en la otra. Ella le ofreció a los periodistas bizcochos y café.

Era mediodía del día más ocupado del año judío y mi mamá contestó cada pregunta con una sonrisa. "¿Sabe usted lo qué yo más amo hacer en el mundo?", mi mamá le dijo al entrevistador. "Amo estar con ellos", ella hizo gestos hacia sus nietas quienes pensaron que los flashes de las cámaras eran un maravilloso juego mientras ellas posaban abrazadas entre un montón de juguetes. "No hay nada mejor que esto", mi mamá exclamó mientras arreglaba el peinado del bebé. Entonces el teléfono sonó. Era su secretaria que llamaba para preguntarle sobre un caso.

El Seder ese año fue hermoso. En el fondo sabíamos, de alguna manera, que sería el último Seder de mi abuela, pero aún así, ella disfrutó de sus bisnietos. Cuando mis niños hicieron las Cuatro Preguntas, pensé en los Sedarim de cuando yo era niña. Como sabía yo toda la hagadá y los rezos, porque mi madre insistió, en contra de todas las predicciones, enviarme a una escuela judía. Recordé como sacábamos todos los platos de Pesaj juntos. Como se llenaba la casa de invitados, incluso los abuelos de mi madre y la familia que crecía, año tras año.

Durante aquellos años, mi madre trabajaba la mayor parte del día justo hasta la víspera de Pesaj. Ella atravesaba la puerta principal en el último minuto con sus abuelos y con un montón de pasteles de Pesaj. Pero de alguna manera, todo siempre estaba listo a tiempo, y no sólo eso, sino que la mesa del Seder se estiraba hasta el vestíbulo, para acoger a todos los jueces y abogados que no tenían un Seder propio.

Mientras mis hijos jugaban en la sala de estar durante aquel último Seder, miré las luces de las velas proyectar su brillo en el techo, y pensé en todo los Shabat que mi madre y yo pasamos juntas. Todas las comidas que mi madre preparó antes de irse a trabajar el viernes por la mañana; cómo ella invitó a los jueces, a los abogados, y a la vecina viuda. Cómo caminábamos juntas a la sinagoga cada Shabat en la mañana y leíamos juntas durante las largas tardes de Shabat.

Recuerdo la vez que me encontré con mi mamá en el tribunal un viernes por la tarde después de la escuela. Estuve de pie detrás de la sala de tribunal con mi mochila y la miré en el banco. Debe haber habido ocho abogados allí ese día en particular, y ya se hacía tarde. Después de unos minutos, vi a mi mamá revisar su reloj y anunciar, "Señoras y Señores, el tribunal es diferido hasta el lunes". Uno de los abogados cerca de mí susurró a su colega, "el Shabat de la Jueza comienza pronto".

Fue durante aquel Pesaj amargamente dulce que vi el grado de fuerza, compasión y foco de mi madre.

Pero fue realmente sólo durante aquel Pesaj amargamente dulce que vi el grado de fuerza, compasión y foco de mi madre. Ni una vez, durante aquel tiempo increíblemente estresante, ella se quejó. Entre las elecciones y una casa llena de cuatro generaciones de personas, mi mamá presidió con infinita paciencia y calidez.

A veces, durante aquel largo mes, mi mamá llevaba a una de sus nietas al tribunal con ella. Un día mi hija se sentó en el banco con un libro de pintar mientras los abogados discutían. Durante el receso ella le susurró a mi madre, "Abuela, ¿por qué esta gente habla tanto?". Adina, mi hija, estaba fascinada con el botón de emergencia en el banco de mi madre. "Es para seguridad", mi mamá le explicó, y recordé como un vez un hombre loco le había enviado a mi madre amenazas de muerte por lo que ella no podía andar ni si quiera hasta su automóvil sin un oficial del tribunal.

Al final de aquel Pesaj nos marchamos con los corazones pesados. Pero desde entonces mi madre viene a Israel para Pesaj y para cualquier otra vacación que ella tiene. Ella organiza misiones para hablar con los soldados en Ramalla y hace recepciones para organizaciones antiterroristas y otras causas importantes en Israel. En medio de la intifada, ella insistió en caminar por la calle Ben Yehuda porque estaba preocupada de que los negocios no tuvieran buenas ventas.

Cuando ella llega, se pone sus zapatillas y su gorro de béisbol y le dice a mis hijos, "Allá soy el Jueza; aquí soy sólo la Abuela". Y puedes encontrarla a las 5 a.m. en mi casa, haciendo omelettes, alimentando con el biberón a su nuevo nieto y repartiendo todos los regalos especiales que ella trajo de Nueva York para mis niñas.

En el Kotel, que siempre es la primera parada después de la llegada de la Abuela, saca todas las notas que sus amigos y colegas enviaron con ella, y le ayudamos a ponerlas en las grietas del Muro.

Y mientras estábamos de pie en el Kotel este año, rezando una al lado de la otra, pensé cuán afortunada soy de ser la hija de mi madre.

Este artículo está dedicado a mi madre, la Jueza Joan B. Lefkowitz, que viva largos y buenos días. Que Dios la proteja y la bendiga con salud y felicidad. Gracias, Mamá, por la Torá que me diste, por los Shabats y las vacaciones de mi infancia, por ser una abuela tan dedicada y por ser una de mis amigas íntimas.