Recientemente enviamos a nuestra hija primogénita a Jerusalem por un año a una escuela secundaria de estudios judaicos.

Después de 18 años de esfuerzo por infundir en ella la preciosidad de ser judía, era tiempo de cortar el cordón umbilical y enviarla a lo desconocido. Bueno, supongo que tú no llamarías "lo desconocido" a una escuela Ortodoxa para mujeres con toque de queda a las 10 PM, pero era su primera vez lejos de casa, y Jerusalem no está precisamente a un paso de distancia de Los Ángeles si es que ella tiene varicela o siente nostalgia.

Comencé a lloriquear aproximadamente seis meses antes del “Día de la Partida”.

Comencé a lloriquear aproximadamente seis meses antes del “Día de la Partida”.  Se cruzó en mi mente que durante cada festividad del próximo año estaríamos con una integrante menos. Dos semanas antes del día "D", yo estaba en un estado de alta ansiedad, tratando de imaginar la vida sin su presencia. Un capítulo principal en mi (y su) vida se iba a cerrar. Yo sabía que una vez que una niña deja la casa la relación cambia para siempre. Y no me sentía completamente lista para enfrentar las consecuencias.

“Mejor que no llores en el aeropuerto. Me avergonzarías totalmente”, me dijo ella.

“Trataré de no hacerlo”, contesté, “pero no cuentes con ello”.

Mientras el avión El-Al se movía hacia la puerta yo pude sentir mentalmente que nuestra hija ya se había ido, ansiosa por tener su libertad e independencia… ansiosa por experimentar la excitación de estar sola, por explorar nuevos horizontes… ansiosa de alejarse de Mamá y Papá. El abrazo de despedida se sintió como si ya estuviese a millones de kilómetros de distancia.

Mientras tanto, yo estaba rezando. “Por favor Dios, mantenla a salvo de daños. Envíale amigas que estén ahí para ella, profesores que la inspiren y experiencias que la nutran en su conexión Contigo. Ayúdala a hacer que todo lo que le enseñamos sea real para ella. Y no la dejes hacer nada estúpido”.

 Padres en pánico

¿Por qué es tan difícil dejar ir?

Yo pienso que mientras se acerca el momento en que nuestros hijos se van, nosotros entramos en pánico. Evaluamos lo que tememos no haberles entregado que pueda ser vital para su éxito en la vida. ¿Construimos su confianza en sí mismos? ¿Les enseñamos cómo crear y mantener relaciones significativas, apreciar lo que significa ser judíos, entender el significado de la vida? ¿Tuvimos suficiente tiempo para ellos? ¿Les expresamos suficiente amor? El tiempo se nos acabó y no hay vuelta atrás.

Otro factor que contribuye es que irse de la casa está precedido por ese otro, a menudo turbulento, período llamado adolescencia. Los portazos, el humor cambiadizo y la convicción de que los padres ya no saben nada sobre la vida reemplazan los momentos pacíficos de acurrucarse con los niños en el sofá.

Los adolescentes pueden ser seres humanos muy frágiles con rabiosas hormonas y llenos de inseguridades sobre quiénes son y de cómo se adaptan. Y los padres pueden llegar a sentirse muy inseguros de sus habilidades parentales mientras sus hijos los dejan atrás y prueban los límites.

Los padres pueden llegar a sentirse muy inseguros de sus habilidades parentales mientras sus hijos los dejan atrás y prueban los límites.

Este período tumultuoso puede continuar justo hasta el día "D", haciendo que la separación sea aún más emocionalmente dificultosa. Queremos separarnos de una buena forma con cercanía y con un sentimiento de cierre de esos tiempos turbulentos de la adolescencia. Queremos ver que ellos se convirtieron por otra parte en personas maduras y listas para enfrentar los desafíos de la vida. Queremos estar tranquilos de que hicimos un buen trabajo.

Ella nos dijo adiós y caminó con seguridad a través de la puerta sin mirar atrás. Yo estaba tan orgullosa de ella.

Manejamos de vuelta a casa con la niebla temprana de la mañana. Entrando en la casa, pasé rápidamente por delante de su cuarto, me metí en mi cama y tiré el cobertor sobre mi cabeza. Cuando desperté, yo sabía que la parte más difícil había terminado.

La anticipación de algo difícil es por lo general peor que la realidad. Agradezco que todavía tengo una casa llena de niños para disfrutar y apreciar.

Y tengo también un elevado sentido de cómo los niños rápidamente crecen y de cuán precioso es cada momento junto a ellos.