Hace un tiempo, el periódico de Wall Street imprimió un artículo llamado “La joven y el impaciente: ¿Por qué está surgiendo la infidelidad entre las personas de veintitantos?”, por Naomi Schaefer-Riley. Es un buen título, y un serio problema.

“No hay ninguna duda”, dice ella “que las ocasiones para la infidelidad han aumentado desde que las mujeres ingresaron a los lugares de trabajo”. Yo no creo que tengamos que devolver ese genio a su botella, pero tal vez este reconocimiento nos puede ayudar a enfocarnos más en nuestro comportamiento y nos puede ayudar a tomar conciencia de la necesidad, (me atrevo a decir), del establecimiento de algunos límites.

En la vida judía, las relaciones entre hombres y mujeres que no están casados se conducen por una base muchísimo más formal. No existe el contacto físico – sin besos amistosos en las mejillas, sin abrazos o palmaditas en la espalda. No hay mucha sociabilidad; por lo general hombres y mujeres se sientan separados en eventos sociales o religiosos, y por lo general la costumbre es llamarse por el titulo de Sr. o Sra. Rab o Rabanit, según el caso.

Todo esto debe sonar muy extraño a los oídos de los sudamericanos. Es muy raro para la cultura occidental. Pero ayuda a mantener las barreras que pueden prevenir un inapropiado romance de oficina.

Muchas mujeres agradecerían mayor distancia.

Y a través de encuestas me he dado cuenta de que muchos apreciarían la sabiduría que hay en ella. Muchas mujeres con las que he discutido estas ideas confiesan que se sienten incómodas cuando sus maridos expresan afecto hacia otras mujeres, o bien cuando otro hombre las abraza. A pesar de que ninguna de ellas lo confiesa abiertamente, parecería que muchas mujeres agradecerían mayor distancia. Sin embargo, para ellas es difícil hablar, es difícil hacerse respetar.

Para algunos, la visión judía parece rara y anacrónica. Pero en un mundo en el que entre 1991 hasta 2006, el número de esposas infieles de menos de 30 años aumentó en un 20% y el número de maridos infieles aumento en un 45%, ciertamente esta visión parece un camino prudente.

Sí, es verdad, existen ciertas incomodidad sociales. Pero la formalidad y la segregación ocasional, (ambos lados están igualmente segregados; no hay "discriminación"), parece ser un pequeño precio a pagar por los beneficios obtenidos.

Llamando a mi vecino "Sr. Pérez" en vez de "Robertito", estoy creando una pared entre nosotros. Estoy diciendo, “Estás casado y no estás disponible para mí”, y viceversa. Sin ambigüedades. Sin preguntarse que significa realmente esa mirada o ese gesto.

Todo el mundo está sujeto a tentaciones. Y en nuestra sociedad de hoy, las tentaciones abundan. Es ingenuo pensar de otra manera. La sociedad occidental no se caracteriza por su ejercicio del autocontrol – no en el consumo de comidas y obesidad, no en las deudas de las tarjetas de crédito, y ciertamente no en sus conductas sexuales.

Puede que no sea lo que todos a mí alrededor estén haciendo, pero me voy a aferrar a la falta de contacto físico, a la segregación y a las formalidades. Aparte me gusta la idea de que el judaísmo sea contra-cultural.