Durante los primeros 13 años de mi vida crecí como una mujer completamente diferente de la que soy hoy en día. A diferencia de las niñas pequeñas de la actualidad, no crecí con bellos moños rosados ni nunca deseé dejar crecer mucho mi cabello. De hecho, nunca aprendí a cuidar mi cabello, ni a jugar disfrazándome con bellos vestidos de princesas.

Mientras que mis propias hijas que ya tienen 14 y 15 años crecieron con armarios repletos de vestidos rosados y zapatos coloridos, yo ni siquiera soñaba con tales cosas. Cuando veo en You Tube a niñas de apenas ocho años enseñar cómo maquillarse y cómo arreglar su cabello, eso me resulta muy raro, absolutamente extraño.

Crecí en Irán hasta comienzos de la década de 1990 y pasé esos años vistiendo el abrigo y el hiyab (cobertura de cabello) exigido por el gobierno para ir a la escuela y salir de la casa. El uniforme azul oscuro o negro lo vestían todas las niñas en edad escolar o mayores. Cuando me preguntan si me resultaba difícil, soy sincera cuando digo que no, realmente no lo era. Yo nací justo antes de la revolución islámica (sí, eso implica que tengo casi 43 años) y el hiyab era una parte de mi vida y de mi existencia. Nunca pensé demasiado sobre el monótono uniforme y nunca me molestó estar obligada a seguir los mandatos establecidos por el gobierno a pesar de ser una niña judía. Esa era la realidad con la que crecí y era todo lo que conocía.

La autora cuando era una niña pequeña en Irán.

De hecho, cuando finalmente llegamos a los Estados Unidos me sentí un poco perdida. La ambigüedad que me proveían el rusari (la cobertura de la cabeza) y el manto (el abrigo) me habían protegido de ser vista. Para mi personalidad tímida e introvertida, la prenda sancionada por el gobierno me proveía una protección que subconscientemente me ayudaba a permanecer oculta y volverme parte del fondo de una gran imagen. Me había convertido en una observadora callada, siempre observando a quienes me rodeaban.

Muchos miembros de mi familia, e incluso algunas amigas musulmanas, detestaban el hiyab, y añoraban los días en los que una mujer tenía la oportunidad de elegir cómo vestirse. Al ser tan pequeña, yo no tenía esos sentimientos ni deseos.

Por supuesto, para nuestras reuniones familiares, vestíamos nuestras mejores ropas y mi madre me ayudaba con mi cabello rebelde y encrespado. Pero sólo cuando llegué a la universidad, después de vivir muchos años en los Estados Unidos, realmente acepté mi cabello y comencé a desarrollar un sentido de la moda. A los 18 años, finalmente comencé a aceptar mi belleza externa de una forma que me resultaba auténtica y real.

Durante los años que viví en Irán, en lo que respecta a mi cabello mi estilo favorito era el corte de "paje", sin saber muy bien cómo domar mi cabello grueso y rizado, característico de las mujeres mizrajistas. Entonces finalmente comencé a dejarlo crecer, sin la ambigüedad que me ofrecía el rusari, y comencé a desarrollar el coraje para salir a la luz y encontrar mi estilo y mi propia voz.

Al no estar oculta debajo del hiyab, me vi obligada a mostrar una parte diferente de mí misma. Cuando esas limitaciones desaparecieron, aprendí a aceptarme por completo, no sólo mi parte callada. Aprendí que no era suficiente con ser simplemente una observadora, sino que tenía que tener el coraje de hablar por aquello que creía. Aprendí a aceptar no sólo lo que está adentro, sino también lo que hay en el exterior.

En este día internacional de la mujer, saludo a todas las mujeres a quienes alentaron a permanecer calladas, pero encontraron su voz para hablar. Saludo a las mujeres mizrajistas, ashkenaziot y sefaradiot, negras y blancas que estaban más cómodas permaneciendo ocultas y calladas pero que fueron firmes en su decisión de hacer del mundo un lugar mejor y decidieron compartir sus fuerzas con sus familias y sus comunidades.

Hoy pienso sobre la mujer que era y la mujer en la que me he convertido. Como una mujer judía persa que creció en un país que valoraba al hombre por sobre la mujer, estoy segura de que todas esas experiencias me convirtieron en la mujer que soy hoy. Estoy orgullosa de la experiencia que tuve en la vida porque eso me hizo lo que soy. Esos años de observar en silencio me dieron un entendimiento de las personas y de las interacciones, y aunque parezca extraño, estoy agradecida de haber tenido la oportunidad de experimentar esos años.