Estimada Rebetzin:

Me convertí hace tres años y me casé hace un año y medio. Hay algunas áreas que me resultan más difíciles, pero lo que más me cuesta es el tema de cubrirme el cabello.

En este momento, cuando voy a un oficio religioso o a la sinagoga, uso un sombrero sobre mi cabello que me llega a los hombros. En el trabajo no me cubro el cabello. Fuera del hecho mismo de si debería cubrirme o no, siento que me estoy consignando a un cierto círculo social por la forma en que cubro mi cabeza. También oí que el grado en que alguien cuida kashrut se puede “ver” por cómo se cubre el cabello. Todo esto me entristece y me lleva a reflexionar y a pensar que los judíos no nos amamos los unos a los otros tal como deberíamos.

También puedo agregar que la gente que me rodea no es tan ortodoxa (por ejemplo, mi madre, mis amigas que son judías pero no observantes, mis colegas en el trabajo) y ellos reaccionarían negativamente si me cubro el cabello. Traté de comenzar a cubrirme el cabello durante todo el viernes, que trabajo en mi hogar y hago las compras al mediodía. Una conocida me vio y en medio del supermercado kósher me dijo: “¿Desde cuándo te cubres el cabello? ¿Es algo nuevo?”. Me sentí muy avergonzada cuando las otras mujeres que usaban pelucas comenzaron a observarme. Simplemente negué con la cabeza y cambié de tema.

Estoy en un conflicto. Por un lado deseo cubrirme el cabello, pero hay una parte de mí que se niega a hacerlo. Todo esto me hace sentir culpable por no cubrirme y desearía que hubiera una solución.

Me preocupa que mi trayectoria profesional se vea empañada si de repente decido cubrirme el cabello. Detesto llamar la atención y siento que en cierta forma no es recatado porque la gente se sentirá atraída a mirarme para examinar cómo cambié.

Finalmente está el tema de mi madre, que toma todo tan a pecho. Como soy hija única me siento culpable de hacerla enojar e incomodarla, y a la vez siento resentimiento de que me siga importando más lo que ella siente que lo que Dios quiere de mí.

Afortunadamente, mi esposo es comprensivo y considera que está bien esperar hasta que sea el momento adecuado para mí. Él dice que es mí decisión. Su madre sólo se comenzó a cubrir el cabello en un momento más tardío de la vida.

Me ayudaría mucho cualquier palabra o comentario que tenga sobre esta ley en particular y también sobre la imagen global de algo con lo que quizás todos puedan sentirse identificados: ser observantes y la necesidad de recibir “aprobación” social.

Muchas gracias

la Rebetzin Feige RespondE

Querida lectora:

El primer punto a aclarar debe ser que el objetivo de los mandamientos de Dios no es mejorar la sociedad como un todo, o lo que los demás puedan pensar de nosotros, sino más bien cómo las mitzvot (los mandamientos) nos hablan de forma personal, y cómo ellas resaltan y promueven el necesario crecimiento espiritual del individuo que las observa.

Una mitzvá (mandamiento) es una comunicación entre el metzavé, el que 'comanda' (en este caso Dios) y la persona que con sabiduría escogió cumplir Su voluntad, forjando de esta manera una relación personal con el Amo del universo. La sociedad y las personas que nos rodean son simplemente incidentales y periféricas en el proceso.

Como correctamente has notado, que la mujer se cubra el cabello es sólo una parte de una imagen más grande.

Filosóficamente, el tema es la lucha existencial entre focalizarse en las dimensiones externas o internas de la vida. Lo externo es lo físico, el mundo material de las apariencias que nos llama incesantemente y de forma convincente. Esto incluye el instinto interminable de saciar nuestros apetitos, lo que abarca la necesidad de comer, beber, dormir, vestirnos, tener una carrera, adquirir dinero, comprar casas más grandes y más lindas, autos, vacaciones, etc., etc. Todos estos instintos son parte del mundo de la “caza” proverbial. Probablemente, la búsqueda de las alabanzas del mundo externo puede ser obsesiva y, por lo tanto, es posible que nos lleve muy lejos del camino de una vida con propósito y significado.

El mundo interno es el mundo del espíritu. La voz es más calma y sus demandas sobre el ser humano son más sutiles y se ven ahogadas por los alaridos de las presiones externas. Pero ignorar las necesidades del alma en última instancia es negar nuestra propia razón de ser; la razón por la que estamos en este mundo.

Tzeniut es quitar énfasis al ser externo, lo que permite que emerja el ser esencial.

Dios, con Su enorme sabiduría, nos otorgó las leyes de tzeniut, lo que suele traducirse como recato o modestia. Pero en verdad tzeniut es quitar énfasis al ser externo, lo que permite que emerja el ser esencial. Hablando de forma práctica, esto significa que nuestro comportamiento al hablar, cómo nos vestimos y cómo nos movemos debe transmitir el mensaje de que necesitamos ser atractivas pero no atraer. Este es un mensaje principalmente para nosotras mismas, y luego para los demás.

Llamar una atención indebida sobre mi ser físico proclama que la totalidad de mi persona depende de la presentación física, que lo que ves es lo que hay. En contraste, cuando soy recatada y modesta en mi apariencia, al grado de exponer sólo aquello que es apropiado, declaro que mi cuerpo, a pesar de ser muy importante, no es más que un vehículo para mi esencia. Transmito que en verdad lo que importa es mi carácter, mi personalidad, mis atributos que son la expresión de la imagen de Dios a partir de la cual fui creada.

Considera lo absurdo que ocurre en la otra punta del espectro: las cubiertas de las revistas en los quioscos, el alarde de la carne que grita: “¡Mírame! ¡Esto es lo que soy!” ¿Dónde está el sentido de la dignidad superior que emana del hecho de que nuestra esencia provenga de Dios mismo? Claramente, allí no se valora que en el ser humano haya mucho más que su configuración, lo cual sin importar lo impresionante que sea, en definitiva no es algo duradero. Al final, todo lo físico se marchita, muere y se pudre. Sólo es eterno nuestro espíritu interno que es parte de Dios.

El mundo externo de la caza, es primordialmente el dominio del hombre (el varón). Es la esfera en la cual el hombre ejerce su poder y se siente realizado. Él es quien históricamente (aunque no exclusivamente) fue responsable de salir a ganarse la vida manipulando y explotando el medio externo.

Quien mejor entendió el impulso de la vida de una mujer fue el Rey David, quien afirmó en el libro de Salmos: “la dignidad de la hija del rey está en su interior”. A la mujer le pertenece el escenario interno de la vida, la parte privada, lo personal, el hogar y, por extensión, ella es capaz de conectarse con los recovecos internos de su persona. Su lugar interior es la fuente de su capacidad especial de relacionarse, intuir, percibir, cuidar y nutrir. Una mujer tiene más medios para buscar en su interior la satisfacción y la verdadera gratificación.

En su libro “Gift from the Sea”, Anne Lindbergh escribe:

“La mujer debe ser la pionera en buscar fuerzas en su interior. En un sentido, ella siempre fue una pionera. Hasta la última generación, al ser menos capaz de escaparse a las actividades externas, las mismas limitaciones de su vida la obligaron a buscar en su interior. Y al buscar adentro, ella obtuvo una fuerza interior que el hombre con su activa vida externa a menudo no logra hallar. Pero en nuestro reciente esfuerzo por emanciparnos, por probarnos a nosotras mismas que somos iguales al hombre, quizás de forma natural nos vimos atraídas a competir con él en sus actividades externas y descuidamos nuestros propios manantiales internos. ¿Por qué fuimos seducidas a abandonar esa fuerza interna eterna de la mujer a cambio de la fuerza temporaria del hombre? La fuerza externa del hombre es esencial para el patrón, pero incluso aquí, el reino de las fuerzas puramente externas y las soluciones puramente externas parecen estar declinando en la actualidad. También los hombres se vieron obligados a mirar hacia adentro, a encontrar soluciones internas así como externas. Quizás, este cambio marca una nueva etapa de madurez para el hombre moderno, extrovertido, activo y materialista. ¿Será posible que él haya comenzado a comprender que el Reino de los Cielos está adentro?”

A menudo, el estímulo para que una mujer busque en su interior y se conecte con su centro, son los eventos difíciles de la vida, tales como una enfermedad grave (que Dios no lo permita), pérdidas de seres queridos y diversas formas de adversidad. A veces, ese cambio del status quo la motiva a reevaluar la autenticidad de su vida.

Cubrirse el cabello sirve para la mujer como un recordatorio constante de que debe focalizarse en la belleza interna que hay dentro de su ser.

Para las mujeres observantes que están sintonizadas y escuchan atentamente, la mitzvá de tzeniut (de vestir con recato y cubrirse el cabello después de casarse) sirve como un poderoso medio para concientizarnos y sensibilizarnos al hecho de que debemos dirigirnos hacia el interior. El cabello, que es la “corona de la belleza” de la mujer, debe cubrirse cuando ella sale de los confines de su hogar. En un sentido, toda su belleza se reserva exclusivamente para su marido. No importa cuán atractivo sea el objeto extraño que usa, ya sea un sombrero o una peluca, sigue siendo algo ajeno, y constantemente le recuerda a la mujer que debe focalizarse en la belleza que guarda en su interior.

De una manera conductual, cuando salimos a la interface con el poderoso mundo de la ilusión, nos mantenemos centrados si tenemos una conexión con la realidad. Cubrimos nuestro cabello como un intento de ocultar de alguna manera nuestro ser externo, para poder revelar y conectarnos con lo interno.

Los comentaristas señalan que la mujer se cubre los ojos al encender las velas del Shabat para bloquear al mundo externo (ese que es sólo una realidad virtual), para poder conectarse con el mundo verdadero y real del espíritu. Asimismo, al recitar el Shemá, nuestra máxima declaración de fe en Dios, nos cubrimos los ojos para no ver lo que nos rodea y poder ir a nuestro ser interior y conectarnos con lo que es real y duradero.

Por cierto, las mujeres observantes deben ser cuidadosas de verse siempre bien, limpias y atractivas. No hacerlo refleja de forma negativa al Dios que ellas representan.

En definitiva, el concepto de tzeniut nos advierte que dejarse seducir por una cultura obsesionada con lo externo es abandonar nuestra propia esencia.

Mi esposo sugirió las siguientes ideas filosóficas respecto al tema de cubrirse el cabello. En las fuentes judías, el cabello representa al Ietzer Hará, la Inclinación al Mal. Piensa en Esav, el malvado hermano mellizo de Iaakov, que nació cubierto de vello, como un animal. El cabello crece en áreas de nuestro cuerpo que están más asociadas con los apetitos que requieren disciplina y autocontrol: la boca, la zona púbica, la cabeza, el cerebro. Si bien no podemos controlar en dónde crecerá o no pelo, podemos escoger nuestra respuesta al desafío que este representa.

El dominio del hombre en su servicio a Dios tiene que ver con la santificación del tiempo. Es preferible que recibamos al Shabat y a las festividades recitando el Kidush. El nazir, quien hace votos de abstenerse del vino y vivir con un sentido mayor de pureza, se deja crecer el cabello durante 30 días. Por eso, en respuesta al desafío del cabello que representa el apetito desenfrenado, el hombre debe prestarle atención a tiempo. El hombre se corta el cabello antes de las festividades. El Cohen HaGadol (el gran sacerdote) tenía que cortarse el cabello una vez por semana. Por la ley judía, el rey debe cortarse el pelo cada día. Todo esto está conectado con el tiempo.

El rol de la mujer judía tiene que ver con la santificación del espacio: el espacio del hogar, el útero, etc. La mujer expresa su entendimiento de la necesidad de gobernar sobre su Ietzer Hará (es decir, del crecimiento del cabello que simboliza el apetito), al crear un espacio alrededor de su cabeza. Por lo tanto, al ejercer su prerrogativa como la santificadora del espacio, ella crea un límite alrededor de su cabeza con la cobertura que usa.

Tanto si este enfoque te aclara o no algo, cuando una mujer casada decide apegarse a los requerimientos de la Halajá (la ley judía) y cubrirse el cabello, cuando ella sale del contexto de su hogar, una cosa queda clara: cubrirse el cabello es un fuerte recordatorio, en todo momento, de que ella es una mujer casada. Sin importar cuán atractivo sea el medio con el que se cubre la cabeza (incluso puede ser más atractivo que su propio cabello), de todas maneras es un objeto extraño que crea una innegable conciencia de nuestro estado civil. Especialmente en nuestra época, cuando hombres y mujeres interactúan libremente y abundan las oportunidades tanto sociales como laborales para interactuar con el otro género, nunca puede haber demasiados recordatorios de que estamos comprometidas con el pacto exclusivo de nuestro matrimonio.

Mi querida lectora, tomar en cuenta la reacción de los demás, por más sensible que sea, no te sirve ni te da paz mental. Debes ser fiel a tu propio ser y todos los demás en definitiva se acostumbrarán. Siento que tu nivel de observancia y la clase de conversión con la que te has comprometido involucra la aceptación de todas las mitzvot (mandamientos). Tienes que asumir la responsabilidad de tu decisión.

Aquellos que cuestionan tu nivel de kashrut (observancia de las leyes alimentarias) o el de los demás basados en cómo se cubren el cabello, simplemente están afirmando que dado que no tienen el tiempo ni la oportunidad para examinar cada hogar, sólo pueden asumir con certeza que sólo alguien que se compromete por completo con todas las mitzvot es confiable en lo que respecta a su nivel de kashrut. No es un juicio de valor sobre la personalidad, sino simplemente una manera de intentar mantener la integridad de un compromiso que, para ellos, es muy valioso.

Todos estamos en un camino para llegar a ser lo mejor que podemos ser. En la vida de todas las personas hay momentos en los que nos sentimos confundidos. Escuchamos en nuestro interior voces conflictivas que nos empujan de forma simultánea en diferentes direcciones. Hay momentos en los que tenemos que seguir subiendo la montaña, y otros momentos en los que debemos detenernos a respirar. Este puede ser un buen momento para que busques la ayuda de alguien que respetes para lograr un poco de claridad y perspectiva.

Tu esposo es muy sabio en dejar este tema en tus manos. Él sabe que tu agonía es producto de un deseo de hacer lo correcto, y estoy segura que lo harás. Te deseo todo lo mejor.