El verano pasado decidí ponerme en forma. La llegada del sol anunciaba el fin de todas mis excusas para no hacer ejercicio. Finalmente era hora de tomar control sobre mi cuerpo y formarlo a mi voluntad.

Pero fue entonces que conocí a una joven que también había designado el verano como el tiempo para ponerse en forma, una meta que ella obedientemente persiguió hasta que sus manos comenzaron a temblar y su pelo comenzó a caerse.

Yo no estaba preparada para lidiar con el trastorno alimenticio de otra persona. Había visto los documentales y había leído sobre el tema. Me había entrenado para ser capaz de reconocer las señales y había discutido sobre autoestima e imagen corporal positiva con chicas adolescentes casi tan frecuentemente como sobre chicos y citas. Pero cuando tuve que entrar en escena después de una larga y silenciosa maratón, el problema al cual me enfrenté —de ojos grandes, ojerosos, y con pómulos sobresalientes— estaba más allá de mi capacidad.

Mientras me ocupaba de sus dañinos hábitos alimenticios, me di cuenta que yo también estaba muy preocupada por las cosas que yo misma ingería. Mientras monitoreaba su preocupación por la apariencia, me di cuenta que yo también me miraba en el espejo con demasiada frecuencia. Yo calculaba fastidiosamente si mi apariencia ese día había estado a la altura suficiente.

Nunca había rechazado por completo el mito de la belleza.

Me perturbó descubrir que su lucha también era mí lucha. Me di cuenta que yo nunca había rechazado el mito de la belleza por completo, aquella mentira de que alterar el cuerpo para llegar a un cierto ideal preconcebido de belleza es la clave para alcanzar la felicidad.

Comencé a prestar atención al sentimiento de deficiencia que me perseguía verano a verano. Había aceptado una silenciosa y dolorosa insatisfacción que me acompañaba en todo momento, sin haber peleado de forma activa en contra de aquel falso patrón de pensamiento. Yo no tenía un trastorno alimenticio, pero sí detecté el trastornado pensamiento que había en mi interior que finalmente conduce a verdaderos trastornos alimenticios.

Mientras nosotras sigamos siendo presas del mito de la belleza, no podemos esperar que nuestras hijas (u otras mujeres para las cuales somos modelos de conducta) escojan diferente. No podemos enseñar seguridad y satisfacción si nosotras mismas no poseemos estas cosas.

Nuestro mundo intenta vendernos una necesidad constante, una falta de perfección, juventud y belleza. Para contrarrestar esto —para finalmente desenmascarar el espejismo de belleza, el cual ha tomado más control de nuestras vidas de lo que queremos admitir— debemos escoger desafiar la acusación de la imperfección. Mientras nos consideremos a nosotras mismas culpables —culpables de pesar demasiado, de comer demasiado, de no ser suficientemente bellas— seguiremos estando a merced de nuestro acusador.

Es hora de declararnos “hermosas” en el juzgado. Es hora de que escojamos vernos a nosotras mismas como hermosas y que comencemos a creerlo. Es hora de que definamos belleza en nuestros propios términos, y no bajo las definiciones poco realistas e inalcanzables que nos llevan a una desafortunada, infructuosa y miserable persecución.

La belleza de una mujer no se define en términos de su aspecto, sino en términos de sus acciones y de su alma. "Falsa es la gracia y vana es la belleza. Una mujer temerosa de Dios, ella debería ser alabada", cantamos cada viernes por la noche en Eshet Jail, una canción que alaba a la mujer. Como escribe el Rey David en Salmos, "toda la gloria de la hija del Rey proviene de adentro" (Salmos 45:14), no de alcanzar la distorsionada visión de belleza que proponen los medios.

Yo prometí ponerme en forma al principio del verano. Pero ahora he hecho una nueva promesa: hacer las paces con mi cuerpo, y no la guerra.

La batalla es por mi propio bien y por el bien de mi futura familia. Y además, es mi única forma de luchar por una joven mujer acongojada y desgastada.