Hace más de veinte años renuncié a mi trabajo, alquilé mi casa y me fui un año a Israel para estudiar Torá.

Mi búsqueda espiritual no era nueva. Desde hacía tiempo yo meditaba rodeada de incienso, me sumergía en tanques de flotación esperando estados de conciencia profundos y buscaba respuestas en libros de budismo, hinduismo y hasta de automovilismo. Nadie en mi entorno parecía preocupado por eso.

Sin embargo, cuando se enteraron que había empezado a estudiar Torá pusieron el grito en el cielo.

—¿Te volviste loca? Te van a lavar la cabeza —Mi amiga sacó el tema incluso antes de que el mozo nos tomase el pedido.

Respiré profundo y anticipé lo que se venía. No era difícil de preveer porque las últimas semanas habían estado repletas de charlas de ese estilo.

—Te vas a arruinar la vida —dijo mi jefe.

—Vas a terminar vestida como mi abuela —dijo mi vecina.

—Aprovecha para divertirte ahora que eres joven —dijo la madre de una amiga.

Tanto escándalo me pareció extraño. No comprendía por qué de golpe mi vida se había convertido en causa de debate.

Cuando pasaba mis días en el gimnasio, preocupada exclusivamente por mi aspecto físico, nadie opinaba; cuando desperdiciaba horas sentada frente a la televisión, a nadie parecía importarle y la vez que aparecí en el cumpleaños de mi tía con vestimenta hindú, a la gente pareció encantarle.

Únicamente cuando empecé a ocuparme por descubrir el verdadero sentido de mi existencia hicieron un alboroto. Por primera vez estaba tomando mi vida en serio, pero ellos se horrorizaban.

Me tildaron de inmadura por querer entender para qué había sido puesta en el mundo. Me tuvieron lástima por no comportarme como la mayoría de los jóvenes y me llamaron ingenua por reconocer la existencia de un Creador.

Recuerdo que esos días pasaron rápido. Yo estaba ocupada con los preparativos del viaje: renovar el pasaporte, desarmar mi casa. Tuve que hacer todo eso mientras también me encargaba de tranquilizar a los parientes, darles explicaciones a los amigos y recibir las condolencias de los vecinos.

En ese momento no tuve tiempo de entender lo que sucedía, pero en estos veinte años que pasaron sí tuve algún rato para comprender el asunto.

En definitiva —sin saberlo—, todos ellos estaban diciendo lo mismo: “Vas a perder tu libertad, te vas a limitar”. Creían que iba a terminar convertida en una mujer reprimida, sumisa y dependiente que no piensa por sí misma.

No sé si habrá sido por llevarles la contra, pero yo hice al revés: me convertí en una persona independiente que elige su destino cada día.

Si me visto de manera recatada no es porque dejé de pensar por mí misma sino porque me dediqué a estudiar ese aspecto y a considerar qué es lo que quiero decirle al mundo a través de mi vestimenta. Cada día elijo qué ropa ponerme de la misma manera en que lo hacía cuando seguía los dictados de la moda.

Si cuido escrupulosamente lo que como es porque entendí la influencia espiritual de lo que entra por mi boca y no porque esté prohibido disfrutar de los grandes placeres de la gastronomía. Sigo siendo yo quien decide no comer un pancho en un puesto callejero.

Poner límites

Una ciudad sin muralla es como un hombre que no domina sobre su espíritu” (Proverbios 25:28). El rabino Moshé Shapira explica así este versículo: muy pocas personas sienten sus propios sentimientos, piensan sus propios pensamientos, aman lo que aman y se distancian de los que ellos mismos están distantes. La mayoría de la gente no se pertenece. En un aspecto cumplen las obligaciones de una persona y en otro, las obligaciones de una persona diferente. Hacen lo que le parece correcto a uno y dejan de hacer lo que enojaría a otro. Piensan de una manera porque escucharon que alguien dijo algo o aman porque alguien más les dijo que lo hicieran. Esencialmente el “yo” de cada persona es una gran “asamblea de gente”, un dominio público (una ciudad sin muralla). Lo único faltante es su propio “yo”.

Para ser verdaderamente uno mismo son necesarios los límites, porque los límites nos definen: esto soy yo; esto no soy yo. Hasta acá llego; de acá no paso. Soy lo que hago (y sobre todo lo que no hago).

Hace veinte años yo me dejaba delimitar por la sociedad, sus caprichos y sus modas pasajeras. Para encontrarme a mí misma tuve que definir mis verdaderos límites y ese es el mayor acto de libertad que una persona puede realizar: elegir.

Yo elegí y hoy sigo eligiendo.