Me explicaron de muchas formas muy bellas la mitzvá de la mikve. Es una oportunidad para conectarte con tu esposo. Provee un ritmo y una estructura en medio de una vida frenética. Es un recordatorio para que nos aseguremos de darle prioridad a nuestra relación. Cada vez que vas es un nuevo comienzo. Es como un día de spa. Es una oportunidad para mimarte a ti misma. Es un momento especial para rezar por las cosas que necesitas antes de regresar a tu hogar, a las corridas habituales.

No es que no piense sobre estas ideas tan elevadas, a veces, y quizás, sólo quizás, si tuviéramos un baño con una bella bañadera con hidromasajes, tal vez sería más fácil recordarlo.

Pero considerando la arena en la base de nuestra bañadera familiar, no es exactamente una experiencia de spa. Por lo general no me siento tan mimada sino mucho más acosada y un poco asqueada.

Incluso si la bañadera estuviera impecable, la idea de un tiempo personal para relajarme es difícil de captar cuando puedo escuchar del otro lado de la delgada puerta del baño el caos de la hora en que los niños deben irse a la cama. Cuando salto cada vez que unas manos pequeñas tratan de abrir la puerta. Hay momentos del año en los que es más relajado, cuando el sol se pone más tarde, pero esa sensación de tensión por la rutina de la hora de irse a dormir no desaparece tan fácilmente. Permanece.

La experiencia misma de la mikve por lo general es suficientemente agradable. Hay algo sobre el agua que me hace sentir directamente conectada con Dios, que me refresca en el nivel más profundo.

Rápidamente murmuro mis plegarias, mis pensamientos y sueños durante es inmersión final.

“Por favor, ayúdame con Shalom bait”.

“Por favor, ayuda a que mis hijos tengan éxito”

“Por favor, ayúdame a ser más paciente”

“Por favor, ayúdame a no tener otro aborto espontáneo”.

El último pedido era para mí algo nuevo. Durante diez años no había experimentado esa clase de pérdida. Era una de esas mujeres elegidas que se quedan embarazadas con relativa facilidad y tienen embarazos sin mayores incidentes, salvo por la vez que subí demasiado de peso.

En el pasado, al consolar a una amiga que había sufrido un aborto espontáneo, sólo podía sentir una empatía remota, escucharla y apoyarla desde la distancia de alguien que personalmente desconocía esa clase de dolor.

Cuando me enteré que estaba embarazada de mi quinto hijo, estaba feliz, pero suficientemente relajada como para no preocuparme cuando la primera cita disponible para la médica era para cuando estuviera de once semanas. No se me ocurrió pedir que la adelantaran. No era una novata. Podía esperar un par de semanas para comenzar el cronograma de controles periódicos.

En la oficina de la médica, conversé con la enfermera, ella misma madre de cinco hijos. Nos reímos de lo que pueden hacer un manojo de niños pequeños, esos pícaros. Ella me acompañó al consultorio de la médica y yo esperé que llegara. Era una médica nueva, porque no hacía mucho que nos habíamos mudado a Cleveland.

Mientras la médica se preparaba para comenzar la ecografía, me preguntó:

—¿Estás contenta de estar embarazada?

—Sí —le respondí.

—Muy bien.

Pero entonces, en vez de oír el rápido latido del pequeño corazón, no había nada.

—Tienes la vejiga demasiado llena —me dijo. Pero acababa de vaciarla antes de entrar al consultorio. ¿Dónde estaba el bebé? ¿Por qué no lo encontraba? ¿Acaso la médica era incompetente?

Ella intentó usar un aparato diferente.

—Este bebé no parece tener once semanas —me dijo.

—¿Es demasiado grande o demasiado pequeño? —le pregunté. No es que fuera importante, ni que yo supiera algo fuera de que la cita no marchaba de la forma esperada.

Lo que no me dijo, a pesar de que yo lo supe, lo supe, fue que mi bebé no estaba vivo.

Entonces me dijo que me enviaría al instituto de ecografías para ver si ellos podían encontrar los latidos del bebé. Lo que no me dijo, a pesar de que yo lo supe, lo supe, fue que mi bebé no estaba vivo.

La médica del instituto de ecografías confirmó mis temores, y me dio una caja de pañuelos de papel cuando yo comencé a llorar. Me sorprendí ante la intensidad de mi reacción. Cuando logré controlarme un poco me enviaron nuevamente al consultorio de mi ginecóloga para decidir qué había que hacer a continuación. Qué hacer además de sentir que había cruzado a un universo paralelo en el que ahora podría empatizar con mis amigas, donde me uní a la cantidad de innumerables mujeres que habían perdido un bebé.

Por supuesto, yo no había “perdido” el bebé. Vaya ridículo eufemismo. Eso fue otra cosa a la que le presté atención. El lenguaje para describir esa experiencia era o muy contundente o demasiado evasivo. Hacía que fuera difícil hablar del tema. Todavía más difícil de lo que ya era.

Sobreviví a las siguientes difíciles semanas con el apoyo de mis increíbles amigas, de mi familia y de mi terapeuta. Me sorprendió cuánto me alejé del mundo durante ese período. Por lo general yo no reaccionaba al dolor o a la pérdida de esa manera, pero supongo que esa era la pérdida más personal que había experimentado, así que por supuesto tenía la capacidad de sorprenderme.

Es una experiencia personal, y me cuesta aceptar que todo lo que estaba sintiendo era correcto, que no tenía que sentir lo mismo que sintieron mis amigas. Que estaba bien estar triste, pero que también estaba bien no estar triste. Que no había un límite de tiempo respecto a cuánto me podía llevar volver a ponerme de pie. Que estaba bien ver esa pérdida como algo más complejo, algo en lo que podía sentir al mismo tiempo desilusión y alivio.

Cuando llegó el momento en que pude volver a ir a la mikve, estaba más o menos en un estado emocional estable. Podía hacer bromas al llevar a los niños a la escuela, conversar con las vecinas y no pensaba tanto sobre la pérdida que había experimentado.

Me preparé en el estado mental un poco apresurado que por lo general tengo en esas noches. Era sólo otro viaje hasta la mikve, nada parecía fuera de lo ordinario, no hasta que me acerqué a la puerta del edificio.

Entonces sentí una fuerte sensación de injusticia. No se suponía que yo tuviera que estar allí esa noche. Se suponía que debía estar evitando el vino, el sushi crudo y los fiambres y quejándome de tener acidez y de tener que ir todo el tiempo al baño.

Entonces pensé en todas las mujeres que tienen que ir a la mikve después de un aborto espontáneo, cómo tantas seguimos esos movimientos familiares sin saber que podemos estar enceguecidas por las emociones de nuestras pérdidas.

Después de sumergirme, lloré. Fue una limpieza emocional espontánea después de la limpieza espiritual sistemática de la mikve.

Sentí una fuerza y un coraje renovados. Sentí que podría enfrentar cualquier sentimiento o dolor inesperado que se presentara.

Por primera vez desde mi pérdida no tuve miedo de volver a quedar embarazada. Durante esas primeras semanas no pensé que fuera a ser capaz de volver a pasar por eso. Sentía que me iba a derrumbar. Pero de acuerdo con el potencial de renovación al que tenemos acceso con la mitzvá de mikve, sentí una fuerza y un coraje renovados; sentí que podría enfrentar cualquier sentimiento o dolor inesperado que se presentara.

Y aunque preferiría tener experiencias de despertar espiritual que no vengan con una porción de dolor físico, comencé a sentir un deseo renovado de conectarme en un nivel más profundo con mi propia práctica espiritual. Aceptar que todo lo que ocurre en mi vida es algo que debo experimentar. Tratar a la mikve como algo más que otra cosa en mi lista de cosas para hacer. Dirigir con más frecuencia mis pensamientos y mi corazón a Dios.

Me siento triste por lo que perdí, pero estoy agradecida por lo que he ganado, y esos sentimientos de duelo y gratitud son imposibles de separar. Estoy agradecida de estar viva y de experimentar el desorden de la vida.


Este artículo apareció originalmente en hevria.com