De las tareas diarias que mantienen un hogar funcionando, hay algunas que me gustan más que otras. Sin embargo, hay una que desprecio con toda mi alma: lavar ropa.

Lo que me molesta no es el lavado mismo de la ropa; cargar la lavadora no es tan difícil. Lo que me vuelve loca es el proceso de lavado. Vivo en un departamento con mi marido y con nuestros pequeños hijos, quienes no parecen ser capaces de comer sin bañarse en lo que sea que tengan en el plato (mis hijos, no mi esposo). Por lo tanto, la montaña de ropa para lavar se forma de inmediato y crece con gran rapidez. Si me dejo estar puedo tener un Monte Everest de ropa amenazando con explotar y tirar todo hacia mi dormitorio.

Gracias a Dios hay lavadoras y secadoras en todos los pisos de mi edificio… excepto en el mío. Si quiero lavar ropa, debo sacar los canastos del departamento, subir por el ascensor, meter la ropa en la lavadora, bajar a casa, subir 35 minutos después para pasar la ropa a la secadora y volver a los 52 minutos para traer todo de vuelta. Obviamente esto es asumiendo que las máquinas funcionen eficientemente, lo cual lamentablemente no ocurre casi nunca. Por lo general la ropa sigue estilando al final del ciclo o la secadora decide apagarse 12 minutos después de haber empezado. Muchas veces una tanda de lavado termina costándome veinte veces más de lo que debería.

Sé lo que estás pensando: “No es para tanto, ¿por qué se queja?”. Pero intenten hacer todo este proceso con dos niños metiéndose en los canastos y desparramando la ropa por todo el departamento o teniendo un berrinche colosal en el ascensor porque les dije que no pueden apretar el botón de alarma y entenderán por qué preferiría llevar 50 kilos de ropa sucia en el baúl de mi auto y manejar siete horas hasta la casa de mi madre para poder lavar la ropa en paz y tranquilidad, Y GRATIS.

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Después de siete meses de poner buena cara para hacer todo esto comencé a sentir pena por mí misma: Todo el mundo tiene una casa con bonitos electrodomésticos y lavadoras y secadoras de última tecnología junto a la cocina que pueden usar cuando quieran. Todo el mundo tiene grandes patios y hermosas hamacas para sus hijos. Todo el mundo se toma vacaciones de lujo. Todo el mundo tiene niñeras que ayudan con los niños. Todo el mundo tiene una vida más fácil que la mía. Mi vida es pésima.

Digamos que no estaba en mi mejor momento.

Toda situación tiene el potencial de transformarse en algo sagrado.

Fue alrededor de esta época que me las ingenié para salir de mi pantano de autocompasión lo suficiente como para cruzarme con una historia sobre el Baal Shem Tov, el fundador de la jasidut. Siempre que el Baal Shem Tov se cruzaba con otro judío, lo conociera o no, se aseguraba de saludarlo alegremente y preguntarle cómo estaba, para darle de esa forma la oportunidad de responder “Baruj Hashem”, bendito sea Dios. El Baal Shem Tov enseñó que cada momento y lugar en el que estamos es una oportunidad para agradecerle a Dios y traer luz al mundo. Toda situación en la que estamos tiene el potencial de transformarse en algo sagrado.

Pero yo no podía ver qué era tan sagrado sobre mi situación de lavado. Pensé que quizás podía ser el hecho que proveerles ropa limpia a mi esposo y a mis hijos les permite hacer un Kidush Hashem, una santificación del nombre de Dios, al salir al mundo viéndose como caballeros. Además, al lavar su ropa estaba mostrándole a mi familia lo importantes que son para mí. Una mujer judía tiene la capacidad única de llenar su hogar de amor y calidez; cada tarea que hace, incluso las que no le gustan, es un ladrillo más que forma parte de un mishkán meat, una versión miniatura del Templo, el lugar más sagrado del mundo.

Pero voy a ser honesta con ustedes; ninguna de esas estrategias me ayudó.

Una tarde, mientras trasladaba a regañadientes la ropa de la lavadora a la secadora, me detuve para quitar la enorme cantidad de pelusas que había.

¿Tanto le hubiera costado quitar las pelusas a la persona que usó la máquina antes de mí?”, pensé.

Luego me di cuenta.

La Torá nos enseña que un acto de bondad es la mayor expresión de santidad que puede haber. Si quería transformar mi tediosa tarea de lavandería, sólo necesitaba ser un poco más amable.

Después de devolver mis ropas al canasto, saqué hasta la última pelusa para que la persona siguiente no tuviera que hacerlo. Fue un momento muy pequeño, un acto insignificante, pero cambió mi perspectiva por completo. Por medio de la tarea hogareña que menos me gustaba estaba descubriendo el potencial de santidad que tiene algo mundano, que es verdaderamente la razón por la que estoy en la Tierra.

Desde ese día nunca volví a dejar una secadora llena de pelusas tras de mí.

Si te dijera que me entusiasmo cada vez que lavo ropa te estaría mintiendo.

Si te dijera que me entusiasmo cada vez que lavo la ropa te estaría mintiendo; sigo odiándolo. Sigo soñando con el día en que Dios me bendecirá con mi propia lavadora y secadora junto a la cocina de una gran y hermosa casa. Sin embargo, mi actitud cambió. Ya no me lamento por mi suerte. Aprecio nuestro cálido departamentito y el lujo de tener lavadoras en el edificio, incluso si es en otro piso. Y más importante que eso, ahora reconozco las oportunidades que se pueden encontrar en los lugares más inoportunos.

Es asombroso lo que puede pasar cuando, además del suavizante, agregas un poco de santidad.