Mientras ponía el cinturón de seguridad sobre mi hombro y lo insertaba en la hebilla, sentí que mi delicada cadena de oro se deslizaba de mi cuello. Fue una sensación aterradora. Si esa cadena se había aflojado, lo mismo había ocurrido con mi pequeño pendiente de oro. Quizás ya se había caído en el centro comercial, en donde había pasado la última hora y media. Me saqué el cinturón, buscando mi pendiente sobre y debajo del asiento, y en el piso. Nada.

Habían sido las compras de Januca, subiendo y bajando escaleras mecánicas en grupo, caminando a grandes pasos por los pasillos de una tienda a otra, espiando boutiques en distintos pisos. El centro comercial tenía casi 81.000 metros cuadrados y estimé que mi probabilidad de encontrar mi pendiente especial, de menos de 2x2 centímetros, era tan alta como la de ganar el Premio Pulitzer.

Había comprado ese pendiente, impulsivamente, hacía años, deslumbrada por las brillosas sombras de esmalte verde, rojo y borgoña en un diseño de un corazón dentro de otro corazón. El diamante más pequeño del juego de diamantes ubicados en el medio agregaba a la calidad de reflexión. No fue ridículamente caro, pero comprarlo fue definitivamente una indulgencia.

Racionalicé mi decisión. Muchas mujeres gastan esa suma y mucho, mucho más en carteras de marca cada un año o dos, un hábito que no entiendo y no puedo costear. Mientras llevaba mi nueva chuchería a casa me sentí culpable. Mi marido es un hombre generoso. Debería haberle contado sobre el hermoso pendiente y decirle que lo tuviera en mente para una ocasión especial. Pero era una edición limitada, el nombre del artista estaba grabado en oro en la parte trasera y sabía que no duraría mucho. Así que tomé el asunto en mis manos y firmé el pago con la tarjeta de crédito.

Me encantaba usar mi colorido pendiente. A mi marido también le gustó y no preguntó de dónde había venido ni cuánto había costado. Pero, después de unos años, desapareció. Lo busqué por todos lados, para finalmente darlo por perdido. Estaba triste, pero parte de mí sintió que lo merecía. No debería haber sido tan extravagante, pensé.

Avanza tres años. Había vaciado una cajonera entera para organizarla. Para mi asombro, allí estaba mi pendiente, brillando en medio de una isla de medias deportivas. Le agradecí a Dios por devolverme mi pendiente. Pensé que me estaba diciendo: “Abandona la culpa, sólo disfrútalo y sé cuidadosa”.

Con esa historia en mente, puedes imaginar la desagradable sensación de deja vu que experimenté cuando sentí que la cadena se escurría hace unos días. ¡Esto no puede estar pasándome de nuevo! Pensé. Esta vez, mi hermoso pendiente no aparecería mágicamente en un cajón de medias en mi casa.

Me sentí desconsolada. Es sólo una posesión material, me dije a mí misma. Cuenta tus bendiciones. Si se perdió, se perdió. Ve a casa y prepara la cena.

Y, sin embargo, a pesar de que era un pequeño objeto perdido en un inmenso centro comercial, ¿por qué no, al menos, reportarlo como perdido? La mujer en la oficina de gerencia fue empática, tomó mis datos, pero concordó en que recuperar mi pendiente era extremadamente poco probable. Tratar de encontrarlo era absurdo, y me pregunté qué tipo de lección había para mí en haberlo perdido… dos veces. Pero Januca es un tiempo de milagros. En la historia de Januca, algo muy pequeño y valioso —el aceite— sí apareció de manera completamente inesperada. ¿Por qué no intentarlo?

Volví sobre mis pasos tan precisamente como me fue posible. Bajé la escalera mecánica hasta el último lugar en donde había estado, un negocio de suvenires. Mantuve la mirada hacia el piso. Antes de dirigirme hacia el pasillo donde había comprado el único objeto que adquirí —una tarjeta de Januca— me detuve para investigar el área alrededor de la caja registradora en cuya línea había esperado.

Metido debajo de un expositor de tazas festivas, mi pendiente, mirando hacia arriba, centelleaba para mí.

Quedé helada, como si me hubiera caído un rayo. Me abalancé hacia abajo y lo agarré. Abrazándolo con todos mis dedos, subí las escaleras corriendo y, felizmente incrédula, se lo mostré a la mujer de la oficina de gerencia. Creo que ella estaba tan asombrada como yo.

Cuando compartí esta historia con los huéspedes en nuestra mesa de Shabat, dije: “Realmente sentí esta experiencia como mi propio pequeño milagro de Januca. Pero todavía me pregunto si hay algo más”.

Mi sobrina Ali dijo: “Yo no hubiera vuelto al centro comercial como tú hiciste. Hubiera estado segura de que el pendiente se había perdido para siempre. Pero lo buscaste y lo encontraste. Creo que esa es la enseñanza. Nunca te des por vencida, incluso cuando las probabilidades están en tu contra”.

“También hay otra enseñanza”, dijo mi marido. “Para Januca, te voy a comprar una cadena de oro mejor”.