“La semana pasada, cuando ustedes se mudaron, observé que tienen maletas de muy buena calidad. Nosotros estamos por viajar al exterior. ¿Me podrías prestar algunas?”.

En la puerta estaba mi nueva vecina, Sara. Ambas trabajábamos desde casa y ella era la única persona del edificio que compartía mi lengua materna. Parecía natural que cultiváramos una relación cálida.

“Por supuesto”, respondí con placer. Ya imaginaba a nuestros hijos jugando juntos mientras nosotras conversábamos.

Pero cuando regresaron de su viaje, ocurrió algo extraño. Los vecinos colocaron nuestras maletas en el pasillo y las desempacaron allí mismo, lentamente, durante varios días. Luego simplemente las dejaron abiertas en el corredor. Las maletas no estaban junto a mi puerta, por lo que claramente todavía no las habían “devuelto”. No sabía si levantarlas y guardarlas o no.

Después de una semana de ver mis maletas cada vez que salía del departamento, golpeé su puerta. “¿Terminaron de usar nuestras maletas?”, le pregunté con el tono menos hostil que logré sacar de mi garganta. “Te lo pregunto porque hace un tiempo están tiradas en el pasillo...”

“Sí, ya no las necesitamos”, dijo Sara y cerró la puerta.

Arrastré las maletas a casa, preguntándome por qué ella ni siquiera agregó un pequeño “gracias”. Bueno, no importa. Probablemente están cansados del viaje, pensé. Además, nos acabamos de mudar. Quiero tener una buena relación con ellos.

Unas semanas más tarde hubo en mi casa una venta de artículos usados y Sara encontró un calefactor que yo vendía a muy buen precio. “Este calefactor es excelente para mi oficina. ¿Puedo pagarte después?”, me preguntó. Yo acepté.

A la mañana siguiente, me sorprendí cuando me devolvió el calefactor. “Es demasiado pequeño, así que no lo quiero”. No podía creerlo. ¿Por qué no lo devolvió el día anterior, cuando yo aún podía venderlo? ¿Qué iba a hacer ahora con el calefactor? Y ella ni siquiera pidió disculpas.

Bueno, no importa, me dije a mí misma. No agites las aguas.

Durante los meses siguientes, tuve que adoptar una y otra vez la actitud de: “No te preocupes, no es tan terrible”. Ella me pedía cosas prestadas y nunca las devolvía. Dejaba durante semanas cosas de gran tamaño en el espacio compartido de nuestros departamentos. Cuando se descompuso su refrigerador, sus alimentos estuvieron por varios días en el mío y golpeaba la puerta varias veces, tanto de día como de noche, para buscarlos.

Siempre me enorgullecí de ser una persona particularmente generosa. Ahora empecé a cuestionar mi propia imagen.

Sara parecía una persona normal, agradable, que sonreía con facilidad. ¿Quizás yo era demasiado rígida y tenía problemas para relacionarme con los demás? Siempre me había enorgullecido de ser particularmente generosa. Ahora empecé a cuestionar mi propia imagen.

Unos meses después de habernos mudado, me desperté a las 6:30 a.m. con un ruido espantoso que se escuchaba demasiado cerca. “¿Qué pasa?”, le pregunté a mi esposo espantada. Sonaba como si alguien estuviera derribando la pared de mi salón, la pared que compartía con Sara. Me vestí rápidamente y corrí a su departamento asustada. “Sara, ¿Qué está pasando?”.

“Hola Rebeca. Estamos tirando una pared para agrandar nuestro salón”, me dijo sin el más mínimo remordimiento. Vi que estaban rompiendo una pared paralela dentro de su departamento.

¡Hubiera sido agradable que me avisara con anticipación! “¿Cuánto tiempo les llevará esta construcción?”, pregunté enmascarando mi molestia.

“No sé. Quizás una semana o algo así”, me respondió.

Su cálculo no pudo haber estado más lejos de la realidad, y fue en el peor momento. No hacía mucho que yo había dado a luz y el ruido y el polvo fueron una terrible combinación para mi bebé. No esperaba que Sara cambiara sus planes por mí, pero me hubiera gustado estar preparada. No me tomé la molestia de decirle nada. ¿Para qué?

Finalmente admití que el problema no podía ser yo. Sara no estaba dispuesta a escuchar y no entendía de qué manera sus acciones afectaban a los demás. Esa era la perspectiva más positiva. La negativa era que simplemente no le importaba.

Cuando hicimos en casa un kidush la mañana de Shabat en honor al nacimiento de nuestra nueva hija, Sara ni siquiera apareció, a pesar de que la invité personalmente. Yo sabía que ese Shabat ella estaba en su casa. ¿Cuán difícil puede ser acercarse a la puerta de al lado y decir “mazal tov”?

Como sabía que si guardaba esos sentimientos en mi interior sólo seguirían fermentando, respiré profundo, preparé un plato con pasteles y llamé a su puerta.

—Como no pudiste venir a nuestro kidush, te traje el kidush a tu casa —le dije con amabilidad y le entregué el plato.

—Gracias. Ya sé que debería haber ido, pero tuve pereza —me dijo.

A pesar de todo, sonreí. ¿Qué se puede responder ante la verdad pura y vergonzosa?

—Bueno, disfruta el pastel. Shabat Shalom.

Sara había dejado completamente claro que no tenía ninguna excusa para no haber asistido. Después de muchos meses de intentar ser comprensiva, juzgarla favorablemente e ir más allá de mi zona de confort, la fachada se desmoronó. Mi vecina era simplemente narcisista y egoísta.

Esa noche, mientras limpiaba la cocina, mis pensamientos volvían constantemente a Sara y cuánto me decepcionaba aceptar la realidad de nuestra relación unilateral. Llamé a una mentora para que me ayudara a obtener un poco de perspectiva sobre la situación.

Sara puede ser insensible y llegar a insultarte, pero su falta de sensibilidad va en ambas direcciones.

“Rebeca, la obligación de la Torá de juzgar para bien significa que tienes que mirar a la persona como un todo antes de definirla. Sí, Sara no es la vecina de tus sueños, pero quizás esas mismas cualidades que te parecen irritantes pueden tener un aspecto positivo”.

Me quedé un rato pensándolo. Sara puede ser insensible y llegar a insultarte, pero su falta de sensibilidad va en ambas direcciones. Ella tampoco era rígida conmigo respecto al nivel de ruido que hacían mis hijos, el desorden o cualquier otra cosa por la que los vecinos suelen quejarse. Es cierto, hubiera preferido tener una vecina que tomara su responsabilidad con más seriedad. Pero entre los dos extremos, que fuera relajada no era tan malo, ¿verdad?

Me tomó tiempo, pero después de hacer ese cambio mental lentamente comencé a apreciar a Sara por quien era. Ya no me molestaba que no me devolviera las cosas, su falta de gratitud por mis favores o su desconsideración. En cambio, me enfoqué en cuán afortunada era de tener una vecina a la que nunca le molestaba nada.

Algunos años después, cuando Sara escuchó que nos mudábamos me dijo: “Escuché que le vendieron el departamento a los Goldberg. ¡Estamos tan emocionados! Sus hijos van a la misma escuela que los míos. Quizás podremos turnarnos para llevarlos”.

Ignorando que eso implicaba que ella se alegraba de que yo me fuera, le dije: “Me alegro por ti, Sara”. Y realmente me alegraba.