El ring del teléfono interrumpió mi tranquila tarde. Era la directora del colegio de mis hijas. Me dijo que todo estaba bien, y que no me debía preocupar, pero que si tenía un ratito, pasara por la escuela para hablar con ella sobre una de mis hijas. Acordamos que la mañana siguiente era conveniente para las dos.

Aunque me aseguró que todo estaba bien, no pude evitar estar ansiosa por el encuentro. Muy dentro de mí, me preguntaba si el traslado de Rujama a un edificio diferente, como flamante estudiante de escuela secundaria no estaba yendo tan bien como yo esperaba. Nuestra preocupación estaba basada no sólo en el cambio, sino también en que su hermana mayor, con necesidades especiales, iba a la escuela en el mismo edificio.

A la mañana siguiente, la secretaria me invitó a pasar a la oficina de la directora. Entré lentamente, preguntándome por qué había sido citada, y cerré la puerta detrás de mí. La Rabanit Meyers sonrió cálidamente y preguntó si quería algo para tomar. Rechacé la oferta con cortesía, ansiosa por empezar.

“Sra. Eisenbach, la llamé para hablar sobre Rujama. Sentí que era más apropiado conversar en persona que por teléfono. Antes que nada, quiero que sepa que a Shulamit, gracias a Dios, le está yendo bien este año. Su asistente es maravillosa, y estamos orgullosos de sus logros. Yo anticipaba la llegada de Rujama a la escuela secundaria con un poco de aprensión. Me preocupaba que se sintiera cómoda, siendo que su hermana con necesidades especiales también está aquí. Estoy segura de que se preocupa por ella, e hice lo mejor que pude para asegurar que Rujama tuviera su espacio”.

“Muchas veces advertimos que Shulamit estaba mirando en su aula, pero hablamos con su ayudante y nos aseguramos de que las hermanas pasaran tiempo juntas sólo durante el período de almuerzo. Rujama necesita integrarse a nuestra escuela y verse a sí misma como una entidad separada de su hermana”.

“La razón por la que la he llamado no tiene nada que ver con eso. Creo que Rujama tiene excelentes cualidades, y este año le está yendo bastante bien. La semana pasada, nuestra maestra de lenguaje y artes le encargó un ensayo a la clase. A cada niña se le pidió que eligiera una cita de una lista determinada, y que escribiera una breve historia de cómo se aplicaba esa cita a su vida. Después de que la maestra leyó el ensayo de Rujama, sintió que debía compartirlo conmigo. Fue tan conmovedor que me hizo llorar. Yo quería que usted lo leyera”.

Me pasó el escrito y comencé a leer:

La única cosa a la que tenemos que temer es al miedo mismo”.

Cuando pienso sobre las lecciones más importantes que aprendemos en la vida, me doy cuenta de que están frente a nuestros ojos. Tengo una hermana con necesidades especiales que me enseña muchísimo. He aprendido sobre los demás simplemente observando cómo la gente se comporta a su alrededor. Creo que la gente le teme a las cosas que no conocen - sólo porque no las conocen. Si la gente se tomara el tiempo para conocer a mi hermana mayor, se darían cuenta de que es una persona cálida y amigable.

Hay muchas personas con necesidades especiales que tienen problemas de conducta o que no saben cómo comportarse frente a otros. Algunos se las arreglan, otros no. Mi hermana tiene necesidades especiales. Mis padres hacen lo mejor que pueden para cuidarla y ayudarla a aprender cómo comportarse con los demás. Ellos dicen, ‘No importa cuánto sepas de matemática o ciencia – lo importante es tener las habilidades sociales adecuadas y ser una persona decente’. Duermo en el mismo cuarto que mi hermana, y muchas veces, cuando las luces están apagadas, hablamos. Le pregunto sobre sus amigos y la escuela. Le encanta hablar de ellos. Cuando me cuenta algo que ocurrió en la escuela, trato de enseñarle cómo responder. Ella tiene buenas intenciones, pero no siempre tiene las palabras correctas.

Hace algunas semanas, fui a la casa de una amiga en la tarde de Shabat. También había otras niñas. Cuando llegó el momento de irme, invité a una de las niñas a mi casa a jugar con un nuevo juego de mesa que recién habíamos comprado. Me miró y me dijo. ‘No puedo ir’.

Le pregunté por qué. Ella dijo: ‘No quiero ir porque está tu hermana’.

Tuve deseos de llorar. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Tragué para evitar que rodaran por mi rostro. No supe qué decir. ¿Acaso debía decirle: ‘No te preocupes, está bien’, o ‘Ella no muerde’, o ‘Es parte de mi familia y la amo’? No había nada que decir. No pude decirle nada. Volví a casa sola.

Cuando llegué a casa fui directo a mi cuarto. No quería contarle a mis padres, porque no quería herir sus sentimientos. Pensé en lo que dijo ella. No es mi culpa. Sí, a veces, muchas veces, es difícil ir a la misma escuela que ella, dormir en el mismo cuarto, y compartir todo lo que tengo con ella. Pero la quiero”.

Desearía poder sentir simplemente que así es como la hizo Dios, y por lo tanto tiene que ser algo bueno.

Ella es cálida, amigable, y se interesa por mí. Se preocupa cuando estoy enferma y trata de ayudarme con mi tarea. Incluso comparte conmigo todo lo que tiene. Me busca en la escuela después del almuerzo para cargar mis cosas al piso de arriba, porque sabe que mis libros son muy pesados para mí. Ella llega a casa antes que yo. Todos los días, y camina hasta la parada del autobús sólo para ayudarme con mi mochila hasta casa.

Creo que si esta chica tuviera una oportunidad de conocer a mi hermana, la querría. Quizás no quiere venir a mi casa porque no sabe nada sobre ella y tiene miedo. Vale la pena arriesgarse. Las personas que se toman el tiempo para conocer a mi hermana especial, terminan amándola.

No he encontrado las palabras acertadas para responder cuando la gente dice cosas como ésta. Desearía ser fuerte y que no me importara. Desearía poder sentir simplemente que así es como la hizo Dios, y por lo tanto tiene que ser algo bueno. Pero me siento mal. Quiero que mis amigos sepan que está bien ser diferente. Sí, puede que mi familia sea un poquito diferente, pero está bien. Somos personas normales tratando de hacer lo mejor que podemos con lo que tenemos. Mis padres se sentirían muy mal si supieran que algunas chicas no quieren venir a casa porque tienen miedo. Desearía que se me ocurriera un modo para enseñarles a no tener miedo.

Ellos le temen a lo desconocido”.

Una lágrima solitaria se deslizó por mi mejilla, y traté de quitarla antes de que la Rabanit se diera cuenta.

“Sra. Eisenbach” dijo, “Creo que este ensayo sirve como mensaje para mí. Creo que es tiempo de hablarles a las chicas, de darles la inspiración y una idea básica sobre las diferencias entre las personas. Todos tenemos algunas cualidades buenas y algunas malas. Como judíos, se nos exige que nos aceptemos mutuamente con alegría. A pesar de que a veces sea difícil, es algo por lo que siempre deberíamos esforzarnos… por aceptarnos los unos a los otros incondicionalmente”.

“Algunos chicos llegan a esto con más naturalidad que otros, pero tal vez depende de nosotros refinar y educar a nuestras alumnas. Nuestros rasgos de carácter siempre pueden aprovechar un buen impulso, y quizás éste puede ser nuestro próximo proyecto para los estudiantes. Puedo agradecerle a sus dos hijas por este privilegio”.

Le agradecí a la Rabanit por presentarme un informe personal de najat (satisfacción) y por demostrarme que entiende que mi hija estaba hablando desde su corazón. Me pareció como si este ensayo fuera casi un susurro para recordarnos que Dios no sólo quiere que nos cuidemos unos a los otros, sino que nos queramos de igual modo. Dejé su oficina orgullosa y con el corazón lleno de alegría por mis dos hijas.

Extraído de Hidden Gems, Artscroll Publications.