Cuando era adolescente, mucho antes de ser religiosamente observante, lo que más quería en el mundo era ser flaca. Había sido obesa desde la infancia y me sentía como una espectadora al margen de la vida. Hubiera dado cualquier cosa por verme como las hermosas mujeres que veía en las revistas. Una de mis mayores fantasías era perder todo mi peso extra y salir a comprar un glamoroso traje de baño.

Después de pasar verano tras verano a un costado de la piscina con la apariencia de un defensa de fútbol americano, vistiendo una playera excesivamente grande y un traje de baño de hombre, la idea de sentir el sol y la brisa en mi piel parecía la mayor libertad del mundo.

Y entonces ocurrió. Perdí más de 45 kilos, cambié de apariencia, me vi en el espejo y vi a la hermosa mujer que siempre había soñado ser. Una de las primeras cosas que hice fue salir a comprar ese perfecto traje de baño. Las imágenes que habían pasado por mi cabeza durante años finalmente se hicieron realidad. Y luego me dirigí directamente a la playa…

Jessica Rey, la actriz y diseñadora de trajes de baño, dio hace un tiempo una charla en la cual habla sobre la evolución del bikini, el video se transformó en viral en YouTube. Cuando se creó el traje de baño en Francia en 1946, era tan escandaloso que ninguna modelo francesa quería utilizarlo. En los años 50, la revista Modern Girl escribió que “ninguna chica con tacto o decencia se pondría un bikini”, mientras que otro escritor dijo que el bikini “revela todo sobre una chica excepto el nombre de soltera de su madre”. Sólo unas cuantas décadas antes de que el bikini se pusiera de moda, la mayoría de las mujeres nadaba en “ropas de baño” que consistían en pantalones hasta la rodilla y una especie de chaqueta. En la playa, las mujeres se cambiaban en “casas de baño”, que se veían como pequeñas cabañas de madera con ruedas, las cuales eran arrastradas hasta la costa para que pudieran meterse rápidamente en el agua antes de que alguien las viera.

Entonces los años 60 trajeron la revolución sexual y el movimiento feminista, y todas las convenciones sociales fueron desechadas. Para 1965, las mujeres ya habían transformado al bikini en un elemento básico del verano, declarando en la revista Time que era “retrógrado” usar un traje de baño de una pieza. Para cuando yo estaba lista para ir a la playa, 40 años después, utilizar bikini era algo obvio. De hecho, si juzgabas por las revistas, no había aspiración más alta para una mujer que ser capaz de utilizar uno.

Caminé rumbo a la playa con mi libro y mi silla. Caminé por la costa y pasé junto a unos niños que jugaban en la arena, mujeres de mediana edad que caminaban con sus perros y surfistas bronceados que jugaban a las paletas. Pero inesperadamente, me sentí más incómoda que nunca, incluso más que cuando tenía 45 kilos de sobrepeso.

En su discurso, Rey cita un estudio de la Universidad de Princeton que midió la actividad cerebral de los hombres cuando veían fotografías de mujeres en bikini. “Algunos hombres mostraron cero actividad en la corteza prefrontal”, dice Rey, “que es la parte del cerebro que se enciende cuando uno reflexiona sobre los pensamientos, sentimientos e intenciones de otra persona… es como si ellos estuvieran reaccionando ante estas mujeres como si ellas no fueran completamente humanas. Esto es consistente con la idea de que ellos responden ante esas fotografías como si estuvieran respondiendo ante objetos en lugar de personas”.

"Los hombres responden a las imágenes de mujeres en bikini como si estuvieran ante objetos en lugar de personas."

Cuando las mujeres decidieron hacer una declaración de principios al usar ropas reveladoras creyeron que estaban tomando control de sí mismas —como personas, como mujeres y como pares—, pero puede que se haya producido justo el efecto contrario. Resulta que mientras menos ropa se ponen las mujeres, menos probable es que las vean como seres humanos. Y si no eres vista como un ser humano, no hay posibilidad que seas considerada un par.

La fuerza motora detrás del discurso de Rey, su nueva y modesta línea de trajes de baño, y un nuevo libro llamado Decent Exposure (exposición decente) son un llamado para que volvamos a vestirnos con recato. Rey promueve la vestimenta recatada como un medio a través del cual las mujeres pueden realmente hacer una declaración de principios: mi identidad se define por quien soy internamente y no por mi apariencia externa.

Rey está comunicando una milenaria verdad que proviene directamente de la Torá. El Rey David escribió, “El honor de la hija del Rey está en su interior” (Salmos 45:13). El valor de la verdadera realeza no viene de la apariencia externa, sino de haber sido creada a imagen de Dios. Dignidad y realeza son inherentes en cada ser humano, siempre y cuando la persona desarrolle una auto imagen basada en su núcleo espiritual interno: el alma. Cuando la identidad propia de una mujer está basada en su alma y en su valor interno, ya no siente la necesidad de atraer atención hacia su cuerpo, porque no es éste el que define su valor. De hecho, podría distraer a la gente de su verdadera identidad y valor.

Un rabino local y su esposa me invitaron a una cena de Shabat para jóvenes profesionales. Me vestí con mi atuendo más a la moda: un vestido escotado y sin mangas y sandalias de plataforma alta. Mi cabello y maquillaje estaban perfectos. Estaba lista para conocerlos y sociabilizar.

Llegué temprano y me dirigí hacia la cocina para ofrecerle ayuda a la anfitriona, a quien no había conocido antes. Encontré a una mujer que corría a toda velocidad como un gorrión por la cocina preparando ensaladas para untar y poniendo los panecillos de jalá en canastas, mientras que al mismo tiempo levantaba a los varios niños que jalaban su falda pidiendo atención. El calor de los hornos hizo que su piel se ruborizara y que su peluca oscura se encrespara alrededor de su cara. Estaba vestida con un vestido de mangas largas color negro, nada deslumbrante, con medias oscuras y zapatos planos. Todo sobre ella era simple, discreto.

Pero nunca en mi vida había visto a una mujer más hermosa.

Muchas gracias por venir”, dijo ella, con sus ojos oscuros brillando mientras me daba un abrazo.

A lo largo de la noche, no podía dejar de mirarla. Con gracia y calma ella complacía peticiones de un segundo plato de sopa de pollo mientras introducía a los invitados, sonriéndole a todo el mundo como si estuviese saludando a una amiga que no veía hace años. En donde fuera que ella se paraba, la habitación parecía más iluminada.

Esa noche, me fui a casa desconcertada. ¿Qué tenía esta mujer que me pareció tan fascinante? Su cabello y sus ropas no estaban pasadas de moda, pero era poco probable encontrarlas en una pasarela en París. Su rostro era suficientemente hermoso, pero tampoco era una modelo. Ni siquiera cerca. A todas luces, yo estaba mucho más a la moda. Y sin embargo, sabía inherentemente que ella tenía el tipo de belleza que incluso una top model no puede alcanzar.

A lo largo de la historia judía, las mujeres han sido valoradas por su recato. De entre miles de mujeres, el Rey Ajashverosh escogió a la Reina Ester, una chica judía, como la mujer más hermosa. Sin embargo, el Talmud dice que Ester no era tan hermosa en realidad. De hecho su piel tenía un tinte verdoso. ¿Y entonces por qué Ajashverosh la escogió a ella? Porque su carácter interno era tan refinado que brillaba hacia fuera, dándole la apariencia de la mujer más hermosa del mundo. No es coincidencia que el significado del nombre Ester en hebreo es ‘oculto’.

Mi vestido de novia era un sueño, con complejos adornos de cuentas hindúes que hacían que todo el traje brillara como una joya. Cuando me lo puse en la prueba, sentí que todas las fantasías de Princesa de Disney de mi infancia se habían hecho realidad. Habíamos comprado el vestido sin tirantes, luego lo mandé a modificar con una capa de tul que cubriera mis hombros y brazos. Pero el tul de arriba era transparente; se veía mi piel desde abajo.

¿Quiere que lo forremos?”, preguntó la modista. “Podemos poner una capa de material por debajo para que no sea vea su piel”.

Sentí un berrinche interno. El vestido era tan exquisito; yo no quería cambiar nada. Y técnicamente mis brazos estaban cubiertos, incluso si el material era tan diáfano como el humo. Ya le había dado una revisión completa a mi guardarropa cuando hice el compromiso de volverme religiosa, y para ser honesta, aún había momentos en que sentía una puntada de anhelo por las maravillosas minifaldas, jeans apretados y los tops escotados a los que había renunciado. Me repelía la idea de ser otra novia molde en un dulce y recatado vestido. No quería ser una más del montón. Quería ser única. Y obviamente quería estar hermosa.

Pero entonces recordé ese día en la playa, cómo busqué la atención de otras personas, pero cuando la recibí, me hizo querer esconderme detrás del muelle más cercano. Y pensé en la esposa del rabino, una de las dinámicas mujeres que me inspiró a lo largo de mi viaje de vuelta al judaísmo, quien vestida con un básico vestido negro podía iluminar toda una habitación.

Había pasado los últimos años mirando hacia adentro, refinando mi carácter y construyendo un sentido de integridad y valor que siempre había creído que vendría desde afuera. Ahora que había desarrollado la belleza interna, realmente me sentía mejor cubriendo lo externo. Yo era una novia hermosa por mi valor interno y no por el vestido que me pusiera.

Consideré mi reflexión y le sonreí a la modista.

Póngale el forro”.