El Séder de Pesaj me recuerda a dos mujeres extraordinarias de mi familia: mi abuela Evelyn, y Sari, su hermana.

Mi abuela, Nana Evelyn.Mi abuela, Nana Evelyn.

Nana Evelyn nació en Letonia alrededor de 1895 (el año de la gran nevada de acuerdo a los registros familiares). Paul, su padre, tenía una mercería que había puesto a nombre de un pariente gentil porque ser propietario de una tienda así era ilegal para los judíos. La esposa del “propietario” gentil venía a la tienda a menudo, pavoneándose como si fuese “la reina de Rumania”, como decía Nana Evelyn. Se iba con los brazos llenos de paquetes (todos hechos cuidadosamente por uno de mis abuelos) sin ofrecer pago ni decir gracias, sabiendo muy bien que la familia no podría hacer otra cosa que servirle y sonreírle debido al acuerdo de propiedad.

Nana Evelyn, que en ese entonces tenía cuatro años, vio una vez a su madre ir al cuarto del fondo de la tienda después de una de estas “visitas” y llorar por la humillación y la injusticia. Cuando tenía ochenta y tantos, Nana Evelyn me dijo que esa continuaba siendo una de las escenas más tristes que había visto en su vida.

Mi abuela tenía incontables historias de su infancia (algunas felices, algunas no) y, aunque disfrutaba compartir sus experiencias, a menudo terminaba con un “pero nunca miro atrás”. Nana Evelyn creía firmemente que había que mantener los ojos puestos en el futuro. Para ella, las luchas y las alegrías del pasado no debían inmiscuirse en el presente; simplemente proveían temas de conversación cuando uno deseaba evocar reminiscencias. Pensar demasiado en tiempos difíciles del pasado, creía ella, era revolcarse en la autocompasión.

Nana Evelyn tenía una gran dedicación por su familia y amigos. Siempre reconocía la bondad con una carta escrita con dedicación, pero nunca estaba interesada en recibir crédito por las muchas bondades que ella hacía. En esas situaciones, hacía un gesto con la mano y decía: “No tienes por qué decirme gracias” si alguien trataba de agradecer.

Nunca miro atrás.

Nana Evelyn también era una cocinera extraordinaria y expresaba su amor con sus habilidades culinarias. Cuando mi abuela ya había pasado los noventa, viajaba en tranvía a la carnicería casher para poder hacer sopa de pollo para un pariente o un amigo enfermo. Nana Evelyn era más dura que una piedra. Era de quien todos aprendían lo que es la fortaleza. Mi abuela sobrevivió a sus seis hermanos y murió dos meses antes de cumplir 100 años, con las facultades y la actitud de “nunca miro atrás” intactas.

Cerramos el Séder con las palabras: “¡El año que viene en Jerusalem!”. Así es como Nana Evelyn eligió vivir su vida. Esa frase simbolizaba la importancia de mirar hacia el futuro y mantener una infinita reserva de esperanza en que todos continuaremos prosperando en paz. Nana Evelyn tenía razón cuando decía “los ojos, hacia adelante”. Después de todo, no se puede reescribir el pasado. Mi abuela se liberó de los lazos de su infancia difícil y se enfocó en las posibilidades infinitas de la vida.

Las hierbas amargas

Sari, una de las hermanas de Nana Evelyn, era una mujer pequeña llena de energía y bondad que se casó con un viudo adinerado que tenía seis hijos y tuvo dos de ella. Este matrimonio le permitió a la Tía Sari entrar a un mundo de gran privilegio, pero permaneció claramente con los pies en la tierra. Al igual que el Tío Abi (uno de los fundadores de la Universidad Brandéis), su marido, la Tía Sari se interesó mucho en algunas caridades. Sin embargo, no le alcanzaba con escribir un cheque; quería involucrarse de manera activa. Entonces, cuando la Tía Sari donaba ropas a un orfanato, se vestía con simpleza y traía las bolsas de ropa ella misma. Cuando participaba voluntariamente en un hospital local, vestía un delantal y ponía manos a la obra.

El Tío Abi expresaba su preocupación porque algunos de los vecindarios que visitaba la Tía Sari no eran muy seguros e insistía en que no utilizara el transporte público y taxis y dejara que el chofer la trasportara en uno de sus Rolls Royce. La Tía Sari aceptaba a regañadientes, pero se aseguraba de que el chofer estacionara a cierta distancia de su destino y mantuviera el auto fuera de vista.

Nana Evelyn fue a visitar a la Tía Sari un frío día de invierno y notó una marca oscura en la frente de su hermana. Exclamó: “¡Got in Himel, Sari! ¿En dónde te hiciste ese moretón?”.

La Tía Sari se miró rápido en un espejo. “Oh”, se rió, limpiando la mancha con un pañuelo. “No es un moretón, ¡es polvo de carbón!”. La Tía Sari explicó que había cargado el baúl de su automóvil con bolsas de carbón, manejado hasta (o cerca de) los hogares de los necesitados y había acarreado el carbón ella misma. Nana Evelyn no lo podía creer.

La Tía Sari ejemplificaba el maror, el poder de recordar nuestro pasado para crear un mañana mejor.

“Sari, ¿estás meshugá? ¡Tienes tanto dinero como Midas! Si quieres que esta gente tenga carbón, ¡págale a alguien para que lo lleve! ¡Recuerda de dónde venimos y que no teníamos nada!”.

“Ese es precisamente el punto”, fue la respuesta de la Tía Sari. “Nunca lo olvido”.

La Tía Sari ejemplificaba el maror, el poder de recordar nuestro pasado. Comemos esta hierba amarga para recordar no sólo los sufrimientos de los esclavos judíos sino también que, de una manera u otra, venimos de nuestro propio Egipto. Recordar las incomodidades del pasado mantiene nuestro crecimiento personal en el camino correcto; nos recuerda los horrores que la humanidad es capaz de cometer para que tratemos de prevenir que esas tragedias ocurran nuevamente al honrar la memoria de los muertos. Podemos usar dificultades anteriores para motivarnos a ayudar a quienes necesitan algo, así como alguna vez también lo necesitamos nosotros.

La Tía Sari era una experta en encontrar el balance entre honrar el pasado y enfocarse en el futuro, usando su pasado difícil sin hundirse en la autocompasión, para crear de esa manera un mañana mejor.

Este Pesaj recordaré a dos mujeres extraordinarias de mi familia: mi Nana Evelyn con su espíritu indomable y mi Tía Sari, quien se sentó en el asiento trasero de un auto con la frente manchada con polvo de carbón.