Como maestra asistente de segundo grado en una escuela judía, constantemente me entero de lo que pasa por la mente de un montón de niñas. Tengo la oportunidad de ver de cerca y de forma personal todas las peleas, los chistes y los momentos de autoconocimiento. Veo cuando son fuertes y cuando son débiles. Veo cuáles niñas son valientes y cuáles son tímidas. Y también veo los momentos que quizás ellas no quieren que yo vea…

Un día, cuando estaba llevando a mis alumnas a almorzar, escuché al pasar a algunas de ellas charlando entre sí y utilizando una frase que me era demasiado familiar en mis años de universitaria. La frase era algo como… "Soy tan gorda". Esa frase, esas tres palabras, instantáneamente captaron mi atención y dejé de lado lo que estaba haciendo.

—Niñas —dije, mirándolas severamente.

Ellas se rieron. —¿Qué?

—No quiero escucharlas nunca más diciendo eso, ¿de acuerdo?

Se rieron otra vez. —Pero yo soy… —tartamudeo una, riéndose otra vez.

Respiré profundo. —No, no. Inténtalo de nuevo, yo soy… —dije, intentado redirigirlas de la misma forma en que lo hago en una clase de escritura.

—¿Gorda? —respondió una.

—No —dije intentando otra vez—, Yo soy…

—Eee… ¿hermosa?

"Bingo", pensé, "justo la palabra que estaba esperando". —Así es —les dije—, Dilo una y otra vez… yo soy hermosa de la forma en que Dios me creó.

Algunas de ellas lo repitieron mientras caminaban por los pasillos, y siguieron repitiéndolo unos cuántos días, pero después de eso, comenzó a desvanecerse hasta que no volvió a ser mencionado otra vez. Pero aún me preocupaba.

Perder peso era el tema número uno en la mente de la mayoría de las niñas.

Yo viví en una fraternidad por tres años. Éramos como 100 niñas viviendo juntas en aquella casa. Desde el 1 de enero hasta las vacaciones de primavera, la pérdida de peso era el tema número uno en la mente de la mayoría de las niñas. Colgaban recortes de modelos flacas en traje de baño arriba de su armario, y escribían “TÚ QUIERES SER FLACA” en sus espejos; cada noche se quejaban de tener un centímetro extra de grasa alrededor de la cintura y cada mañana se despertaban odiando la época de verano por tener que usar traje de baño. Era una obsesión (*).

Hecho: La mayoría de estas niñas tenían un peso promedio o eran muy flacas.

Hecho: La mayoría de estas niñas pasaban más tiempo preocupadas de su peso que de cualquier otra cosa, incluyendo la escuela, sus personalidades e incluso sus amistades.

Hecho: Nunca había una flaca que estuviera lo suficientemente flaca una vez que la meta era estar flaca.

Algunas de estas niñas eran personas hermosas, maravillosas e inteligentes. Tenían motivaciones, aspiraciones, y un montón de cosas que ofrecer. Pero como estaban obsesionadas con el peso, lo único que veían era ese kilo extra que querían perder.

La Torá nos enseña que Dios nos creó a Su imagen. Dios no tiene cuerpo, no tiene características físicas… entonces, ¿qué significa esto? Fuimos creados a Su semejanza, en base a Su esencia. Tenemos un alma que está oculta, igual como Dios está oculto.

Cuando Dios estaba creando el mundo, miró lo que había creado y dijo: “Es bueno”. Pero en el sexto día, cuando Dios creó al hombre, miró lo que había creado y dijo: “Es muy bueno”. El Creador del Universo nos creó y pensó que éramos “muy buenos”. Entonces, ¿cómo podemos ver nuestra belleza interna?

Déjenme contarles una historia:

Había una vez un zapatero muy talentoso y todas las personas de la nación acudían a él. Él creaba los zapatos más hermosos, únicos y deslumbrantes. Las personas venían desde lejos a comprar un par de aquellas joyas únicas en su especie.

Un día, el hombre estaba trabajando muy duro en un par de zapatos para la princesa. La princesa, una mujer muy hermosa, era también muy peculiar. Tenia cabello largo y rubio, pequeños ojos azules y, ¡pies muy, muy grandes! El zapatero nunca antes había hecho zapatos de ese tamaño, pero siempre había sido su sueño hacer zapatos para la familia real. ¿Qué podía hacer? Después de todo, ella era la princesa. Así que el zapatero trabajó durante días y días, creando un par de hermosos zapatos hechos a medida para que se ajustaran a los grandes pies de la princesa.

Una noche, él estaba trabajando hasta muy tarde y se quedó dormido. Cuando se despertó, su zapato le estaba hablando.

Discúlpeme, señor zapatero. ¡Despierte!”, le dijo el zapato.

¿Qué pasa?”, preguntó el sorprendido zapatero, restregándose los ojos.

Buenos días señor”, dijo el zapato, “lo he despertado para decirle mis reclamos. No me gustan mis piedras brillantes o la puntiaguda punta que tengo. No me gustan mis enormes perlas ni la altura de mi tacón. Pero mi mayor reclamo es mi tamaño. ¡Quiero ser pequeño como todos sus otros zapatos!”.

El zapatero miró al zapato incrédulo. “Pero, querida y hermosa creación, no lo ves… ¡tú eres perfecto para la princesa! Si te hago más pequeño, sencillamente no quedarás bien”.

Si nos damos cuenta del gran potencial que tenemos, de lo que nos hace únicos y de la preocupación que tuvo Dios cuando nos creó a cada uno de nosotros, veremos lo hermosas que somos realmente. Si entendemos que Dios nos creó de la forma que somos con un propósito, nos deleitaremos con nosotras mismas. Escribiremos “Soy hermosa” en nuestros espejos. Colgaremos fotografías nuestras sobre nuestros armarios, y no de supermodelos. Estaremos alegres cuando se acerquen las vacaciones de primavera, en vez de odiarlas. Hablaremos de cuán hermosas somos y algún día nuestras hijas lo escucharán. Ellas irán a la escuela y les dirán a sus amigas, “Veo lo que Dios ha creado, y es muy bueno”.

Escribiremos “Soy hermosa” en nuestros espejos.

Este es el ejercicio que hice con mis alumnas de segundo grado. Pegué una hoja de papel en sus carpetas y escribí:

Dios me hizo hermosa.

Mi parte favorita de mí es ______________.

Mi característica favorita de mí es __________.

Inténtalo. Sólo te tomará un minuto, y estarás muy agradecida de haberlo hecho.


(*) Tener sobrepeso no es la meta. Cuidarnos, sentirnos bien y comer de forma inteligente lo es. Que todos podamos saber cuándo "flaca" es suficientemente flaca y cuándo "verse bien" es suficientemente bien, ¡y amarnos a nosotras mismas por eso!