Cuando decidimos mudarnos a Israel y hacer aliá hace dos años, lo hicimos con un amplio espectro de emociones. Estábamos sacando a nuestra familia de la vida que siempre conocimos, y nos estábamos mudando a miles de kilómetros, a un país extraño cuyo idioma apenas podíamos leer en un nivel mínimo.

Habíamos planeado y discutido nuestra aliá por meses. Una vez que nuestro nuevo apartamento estaba asegurado y que los niños habían sido aceptados en sus nuevas escuelas israelíes, solamente nos quedaba una cosa por hacer antes de comenzar nuestra travesía: ir de compras.

Queríamos comprar todo lo que alguna vez habríamos de necesitar por el resto de nuestras vidas y encajarlo de algún modo en nuestro equipaje. Esto incluía 10.000 bastoncillos de algodón, 100 barras de jabón y un montón de medicinas que definitivamente expirarían antes de siquiera ser usadas.

Fuimos ingenuos al pensar que la vida sin nuestro gran supermercado local iba a ser imposible. Una vez que llegamos a nuestra nueva patria, nos dimos cuenta de que todas nuestras compras podrían haber sido realizadas en Israel.

Durante nuestras excursiones de compras antes de hacer Aliá, yo quería comprarle a mis dos hijos más pequeños colchones nuevos. Esto era al final de todo el frenesí de las compras, por lo que ya no nos quedaba mucho dinero disponible. Entonces, decidí comprarles colchones no tan costosos que estuviesen hechos de manera barata. Bueno, "uno recibe según lo que paga".

Mis hijos aman sus nuevos colchones porque son "blandos" y porque es entretenido saltar en ellos. Los resortes saliendo por todos lados y la falta de soporte no les molesta en lo mas mínimo. Y a mí tampoco me molesta en lo absoluto. Hice una nota mental de que cuando empiecen a quejarse, voy a comprarles colchones nuevos.

Mis padres sentían distinto. Cada vez que me visitaban discutían la situación de los colchones conmigo. En un momento incluso ofrecieron comprar unos colchones nuevos. Pero yo soy terca y rechacé su oferta.

Recientemente ellos vinieron de visita a Israel. Un día después de que llegaron, mi madre se rompió los dos tobillos. Su estadía se prolongó por seis semanas debido a su falta de movilidad y a los coágulos que se le podían generar si ella viajaba. Mi padre se fue poco tiempo después del accidente a arreglar asuntos en casa, y mi madre se quedó con nosotros para recuperarse.

Mi madre, quien no es observante, entendió inmediatamente que su accidente era para bien. Ella no se quejó ni una sola vez de su falta de movilidad o dolor durante las seis semanas, sino que solamente vio el lado positivo de su situación. Ella bromeaba diciendo que si Dios quería que ella se quedara en Israel por un periodo más largo, podría haberlo hecho de alguna manera más sencilla en vez de causar que ella se quebrase los dos tobillos.

Yo le mencioné que en nuestra comunidad había una organización de beneficencia que estaba organizando una rifa, en la cual había 80 premios que habían donado los comerciantes locales, y ella pensó que sería una tarde divertida y nos incentivó a todos a ir.

Mi madre odia la palabra "religioso". Piensa que está mal utilizada.

Mientras mirábamos los premios, mi madre sonrió cuando vio el “gran premio”: dos colchones ortopédicos con bases que incluían gran espacio de almacenamiento. Ella compró un boleto y lo puso en el buzón, junto a los miles de boletos que ya estaban allí.

Ella me dijo que yo iba a ser la orgullosa nueva ganadora de las dos camas para el final de la velada. Yo pensé que se había vuelto loca. "¿Qué es lo que te hace estar tan segura de que yo voy a ganar?", le pregunté. Y ella me empezó a explicar que sólo Dios sabía cuán loca la ponían mis colchones, y que Dios sólo quería que ella fuera feliz y que mis chicos tuvieran espaldas sanas. Aquí estaba mi madre no observante enseñándole a su hija observante a tener simple fe en Dios.

Desde que me hice observante, mi madre constantemente me ha dicho que hay algo que le molesta: ella odia la palabra "religioso". Piensa que está mal utilizada. Ella cree que a pesar de que no cumple con muchas de las 613 mitzvot, es igual de religiosa que cualquiera. Ella cree en Dios y habla con Él durante el día. "Religioso" de acuerdo con mi madre es una persona que ama a Dios y cree en Él. "Observante" es alguien como su hija, una persona que lucha por cuidar tantas de las 613 mitzvot como sea posible.

La tarde de la rifa fue divertida - la comida estuvo deliciosa, el discurso fue motivador y mi madre parecía estar pasando un momento maravilloso socializando con mis amigos. Se empezaba a hacer tarde y había llegado el momento de sacar los boletos ganadores para los 80 premios ofrecidos. El locutor comenzó con los premios menos valiosos para incrementar las expectativas sobre quién sería el ganador del gran premio. El evento fue más largo de lo esperado, y yo tenía que ir a trabajar a la mañana siguiente. Le pregunte a mi madre si podíamos volver a casa.

“¡Absolutamente no! ¡Quiero que tú estés aquí presente cuando anuncien que has ganado el gran premio de la noche!”.

Yo estaba cansada, pero le seguí el juego. Después de todo, sus dos piernas estaban paralizadas, andaba en silla de ruedas y a pesar de todo ella estaba pasando una excelente velada. Me sentí mal de querer cortarle su diversión.

Una vez que se hicieron las 10:30 pm, le dije a mi madre que ya era suficiente. Yo tenía que levantarme temprano para trabajar.

Ella me imploró que me quedara; estaban apunto de anunciar los últimos 10 premios ganadores. Finalmente sacaron los boletos ganadores del premio mayor, las camas. Su fe era tan grande que yo temí que si no sacaban mi nombre ella perdería toda su creencia en Dios. Yo rezaba para ganarme las camas sólo por la sanidad de mi madre.

Cuando anunciaron que yo me había ganado las camas, mi madre inmediatamente me miró y sonrió. Fue una sonrisa que claramente decía "te lo dije". Nos fuimos de la velada y mientras yo empujaba la silla de ruedas por la rampa, ella me decía que "un poco de fe en Dios es todo lo que necesitamos en estos días; saber que todo pasa para bien". Yo no estaba segura si ella estaba hablando de sus tobillos rotos, su prolongada visita en Israel, o las camas que yo acababa de ganar. Lo que sí sabía era que su estadía de seis semanas en Israel nos había transformado a ambas. Ella había fortalecido su fe y como resultado le había enseñado a su hija a hacer lo mismo.