Cinco años. Parece toda una vida.

Han pasado cinco años desde que obtuve mi divorcio. Sólo estuve casada durante cuatro años y medio, por lo que ya he estado más tiempo divorciada de lo que estuve casada.

Nunca creí que terminaría divorciándome. Me casé con el hombre de mis sueños, el hombre con quien planeaba vivir el resto de mi vida. Pero luego las cosas cambiaron. Él ya no se sentía capaz de vivir la vida que habíamos planeado juntos. No podía lidiar con la vida que yo amaba. Él quería un nuevo comienzo. Nos separamos y divorciamos en un período de seis semanas, después de un turbulento período de desacuerdo y discordia.

Hicieron falta dos años para que el polvo se asentara. Dos años para que yo aceptara la realidad; que el esposo de mis sueños, el hombre con quien me había casado cuando yo era una inocente novia de 20 años, ya no existía. Él había comenzado una nueva vida, y yo también había hecho lo mismo.

Mis recuerdos de esos años no se han desvanecido. Me he esforzado mucho para crear una nueva vida para mí, intentando crear algo de la nada en esta nueva experiencia de ser madre soltera. Durante los primeros años lloraba hasta que me dormía. En otras ocasiones no podía dormir y me levantaba a las tres o cuatro de la mañana, temblando por la tensión, la indecisión y la agonía. Eventualmente descubrí que esta nueva realidad podía tener momentos hermosos.

Hubo momentos en los que apreciaba el tiempo que pasaba con mis dos hijos. Nuestra rutina para ir a la cama era sagrada; leíamos historias, compartíamos eventos importantes del día y nos deleitábamos en el silencio. Viajamos juntos en el verano y dejamos el ambiente hogareño para navegar en barco, visitar el museo de ciencias, comer afuera y dejar de preocuparnos durante un rato por las presiones del día a día.

Hubo momentos en los que pude apreciar la profundidad del entendimiento que había adquirido, la sensibilidad al dolor de los demás y la capacidad de compadecerme en formas que me eran imposibles antes de vivir el dolor en carne propia. Hubo ocasiones en que alguna amiga venía a casa para pedirme prestado un libro y terminábamos hablando sobre una riña con su pareja o de su batalla contra la infertilidad. A pesar de que al final terminaban disculpándose por contarme sus penas, yo sabía que se habían sentido cómodas revelándolas ya que ahora yo tenía empatía, una capacidad que no poseía en los días en que la vida era fácil y tranquila.

Hubo momentos en los que sabía que, por más duro que fuera, la alternativa —permanecer en un matrimonio estancado y disfuncional— era peor. Además, esta enriquecedora experiencia de vida es claramente lo que Dios quería para mí.

No es que no sea dolorosa. Lo es. Pero durante los últimos cinco años me desarrollé como jamás hubiese podido hacerlo de otra manera. Descubrí nuevos aspectos de mí misma, expandí mis límites y comencé a desempeñar un nuevo rol y a tomar un nuevo lugar en la sociedad, muy lejano a lo que yo soñaba, pero que he aceptado con la frente en alto. Aprendí a arreglármelas sola los viernes a la noche y en las festividades. Entendí lo que significa crear un hogar feliz sólo con los recursos propios, sin un compañero a mi lado.

Durante dos años luché para encontrar mi lugar en la vida, y por otros dos años anduve a tropezones tratando de lograr el equilibrio. Hasta que finalmente me sentí lista para continuar, para comenzar de nuevo, para enfrentar una nueva vida llamada ‘segundas nupcias’ y quizás una maternidad adoptiva.

Porque quiero seguir entregando. Los recursos que he ganado durante estos años me han convertido en una mejor persona y me han fortalecido, permitiendo que me relacione en el futuro con una nueva pareja y con otros niños que me necesiten. Hay algo en mi futuro que me permitirá usar las habilidades que desarrollé durante mis años de soledad, durante mis años de madre soltera.

Sólo que aún no ha pasado. Decir que estás lista no es lo mismo que encontrar a la persona indicada; y encontrar a la persona indicada por segunda vez es infinitamente más difícil que encontrarla la primera vez. Me pregunto si esta etapa de la vida terminará alguna vez, si alguna vez llegaré a la próxima etapa, aquella que se llama felicidad y estabilidad.

Trato de ser fuerte, de mostrarle al mundo una cara feliz. Una amiga me dijo una vez que más allá de cómo te sientas por dentro, es importante que te veas bien por fuera. Pero en ocasiones me lleno de desesperación y tengo que luchar para recordar que Dios no me dejará en el limbo para siempre.

Dado que soy una judía creyente, sé que Dios tiene un plan para mí al igual que lo tiene para todos. Entonces espero y sé que, eventualmente, el plan se revelará y ya no tendré que preguntarme por qué.