Mi suegra, una viuda de 85 años, se desmayó en el avión mientras volaba desde Florida hasta su casa en Los Ángeles. Repentinamente se había sentido mareada y se había levantado para comunicárselo a la azafata. Lo siguiente que supo, estaba acostada en el piso de la cabina de primera clase siendo atendida por dos doctores. El avión realizó un aterrizaje de emergencia en Austin, Texas. La llevaron en ambulancia al Hospital South Austin.

Tres horas después ella aún estaba acostada en un cubículo en el departamento de emergencia cuando nosotros, llamando frenéticamente desde Jerusalem, logramos encontrarla. Mamá seguía insistiendo que estaba bien y que quería irse a casa. Sin embargo, el doctor explicó que estaban haciendo exámenes de sangre a intervalos de 8 horas para determinar si ella había tenido un ataque al corazón.

Nuestra mayor preocupación era que ella estaba totalmente sola. Ni nosotros ni Mamá conocíamos a una sola persona en Austin. Y, como podía ser considerada suficientemente bien como para irse a casa al día siguiente, parecía prematuro que Jamie, el hermano menor de mi esposo en Los Ángeles, se tomara un avión hacia Austin. Bob, el hermano mayor de mi esposo, estaba de vacaciones en México e incomunicado hasta que llegó a revisar su correo electrónico. Lo que ella necesitaba – de esto yo estaba segura – era una mujer simpática que se sentara con ella a los pies de su cama y la tomara de la mano.

“Debe haber una sociedad de Bikur Jolim en Austin”, le dije a mi esposo. Ya que es una mitzvá visitar a los enfermos, toda comunidad judía tradicional tiene un grupo que hace visitas a hospitales si le solicitan – a amigos o a extraños.

Me tomó tres llamadas de teléfono: La primera a un amigo en Jerusalem quien creció en Forth Worth. La segunda a su amigo en Dallas. La tercera a Ofir y Elana Shavitt en Austin. Ofir, nos dijeron, es el presidente de la pequeña congregación ortodoxa de Austin.

Elana, una israelí a fines de sus 30, contestó el teléfono. Mi esposo explicó la situación. Él se disculpó; entendía que era viernes en la mañana en Texas, y que ella seguramente estaba ocupada preparándose para Shabat. "Pero, ¿le importaría visitar a mi madre, y quizás llevarle velas para encender para Shabat?".

Elana respondió que estaría muy feliz de hacer la visita. Unas horas más tarde ella cruzó el umbral de la habitación del hospital de Mamá como un rayo. Llevó dos bolsas llenas de comida casher: jugo de uvas para hacer kidush, jalot, un bufé de cosas deliciosas, y (esto era Texas después de todo) un jugoso bistec casher.

Elana regresó a la noche siguiente, después de Shabat, antes de la angioplastía que instaló cinco stents en las dos arterias bloqueadas de Mamá. Ella despidió a Mamá mientras los camilleros llevaban su camilla fuera de la habitación para el procedimiento.

Ella fue nuevamente el domingo, incluso después de que Jamie llegara de Los Ángeles. Ella llamó el lunes, cuando Bob llegó desde México. Ella fue a visitar nuevamente el martes, con su esposo y dos de sus hijos. Fue a una visita de despedida el miércoles, antes del procedimiento para instalar un marcapasos en el pecho de Mamá. El jueves, gracias a Dios, Mamá voló de regreso a casa en Los Ángeles.

Cada día cuando llamábamos a Mamá, ella se entusiasmaba con cuán maravillosa era Elana. “Me hubiera gustado llevármela conmigo a casa”, decía Mamá una y otra vez. El judaísmo dice que esas visitas a los enfermos son terapéuticas. Las de Elana de seguro lo fueron. Ella fue lo mejor después de haberme tenido a mí allí.

Universalismo y los Límites del Amor

El miércoles de esa preocupante semana, una amiga de una amiga vino a visitarme. Gail nació judía, pero estaba practicando un camino espiritual oriental, como yo misma había hecho durante varios años. Discutimos el estado del movimiento de Nueva Era que yo había dejado hace 17 años para seguir el camino del judaísmo. Discutimos mi desilusión con el movimiento luego de una serie de escándalos sexuales que habían desacreditado a prácticamente cada gurú importante y Zen roshi enseñando en Estados Unidos. Gail había enfrentado el mismo tema con respecto a su gurú, ahora fallecido.

“¡Yo soy una universalista!”, exclamó ella. “Nunca podría creerle a una religión que es tan sectaria como el judaísmo”.

Luego el tema se trasladó al judaísmo. Cuando describí cuan realizada me sentía en el camino del judaísmo, Gail se lanzó a una afrenta tan enérgica que me dejó sin aliento. “¡Yo soy una universalista!”, exclamó ella. “Nunca podría creerle a una religión que es tan sectaria como el judaísmo”.

Mientras su volumen y su tono se elevaban, ella continuó durante 10 minutos vituperando en contra de las maldades del sectarismo. “A los judíos solamente les importan otros judíos. Me dan asco. ¡No puedo soportar cuán limitado, cuan exclusivista, cuan estrecho de mente es el judaísmo! ¡Yo creo en el universalismo! ¡Yo creo en amar a todos por igual!”.

Solamente luego de que Gail se fue me di cuenta de que sin el “tribalismo” del judaísmo, Elana Shavit no hubiera estado visitando a mi suegra en el Hospital South Austin ese día. Únicamente porque pertenecemos al mismo grupo y adscribimos al mismo sistema de valores religiosos (después de todo, yo fui voluntaria para hacer visitas de hospital a “extraños” aquí en Jerusalem), yo me sentí libre de llamar a otra mujer observante y pedirle que me hiciera un favor tan personal. ¿Pueden imaginarme a mí escogiendo a una extraña al azar de la lista de teléfonos de Austin, y llamándola para pedirle que visite a mi suegra en el hospital?

El particularismo que define a una comunidad no es su debilidad, sino su fortaleza.

El opuesto del Universalismo no es el sectarismo. El opuesto del Universalismo, me di cuenta en un comienzo, es la comunidad. Definir a un grupo de acuerdo a religión, nacionalidad, o metas compartidas crea una comunidad. Y una comunidad toma responsabilidad por ayudarse los unos a los otros.

Una comunidad, por definición, incluye a alguno y excluye a muchos. Su credo compartido, convicciones, o intereses, crean una fuerza centrípeta poderosa que une a sus miembros unos con otros. El particularismo que define a una comunidad no es su debilidad, sino su fortaleza.

Si una de las “comunidades adultas” propagándose hoy en día en Estados Unidos rechazara la aplicación de familias con niños pequeños, ¿sería considerado “prejuicio”? ¿Si un monasterio Zen rechazara la afiliación a una pareja con un infante quejándose, sería estigmatizado como “estrecho de mente”?

Yo crecí en Haddonfield, Nueva Jersey, con la sensación de que todos los judíos en todas partes del mundo éramos una familia. Muchos judíos aún se sienten así; hay aquellos que viven cada reportaje noticioso acerca de un ataque terrorista en Israel como un cuchillo en su corazón – y luego van a hacer algo al respecto. Sin embargo, tristemente, mientras más han abierto paso las comunidades tradicionales a la conciencia de la Aldea Global, más esos profundos sentimientos de amor y empatía han dado paso a una triste indiferencia y a seguir viendo el siguiente reportaje en las noticias.

Un reciente bestseller, The Tipping Point, por Malcom Gladwell, lidia con el tema de que cuando un grupo se convierte en muy numeroso, los lazos entre sus miembros se rompen. Gladwell encontró, por ejemplo, que compañías exitosas operan en unidades que no exceden las 150 personas. Hasta ese número, hay un sentimiento de ayuda mutua y trabajo en equipo, el cual se disipa cuando el grupo se hace más numeroso.

En términos de relaciones interpersonales, numeroso no significa mejor, numeroso significa más anónimo.

El Universalismo entrega menos amor a más personas, mientras que la comunidad entrega más amor a menos personas.

Esta es precisamente la falla fatal del Universalismo. El Universalismo dice promover más amor que los grupos sectarios. De hecho, el Universalismo entrega menos amor a más personas, mientras que la comunidad entrega más amor a menos personas.

Gail se quejaba de que suscribirse al judaísmo sería limitante. Sí, el judaísmo es tan limitante como lo es el matrimonio. Cuando uno se casa, está en efecto rechazando la posibilidad de formar una relación intima con todo el resto de las personas en el mundo excepto la elegida. Sin embargo, en un sentido más profundo, nada es tan expansivo como el matrimonio, el cual promueve un nivel de cariño mutuo y responsabilidad inasequible en cualquier otra relación.

El día después de la visita de Gail, me senté junto a mi teléfono para lo que pensé sería una tarea de gran dificultad: conseguir que vecinas cocinen para una familia en nuestra comunidad cuya madre está afligida por una enfermedad crónica. En nuestra comunidad de la Ciudad Vieja, así como en todo vecindario religioso en Israel, es una práctica común proporcionar comidas a madres durante una semana luego de haber dado a luz y a personas en duelo durante la semana de shivá. Pero esta vez, tenía que pedirle a mujeres que se comprometieran a cocinar una cena para una familia de seis cada semana o semana por medio… indefinidamente.

Luego de once llamados telefónicos, el programa de comidas estaba completo. Cada mujer a la que había preguntado, incluyendo aquellas que casi no conocen a la familia, dijeron, “Sí”, con la excepción de una mujer cuya hija estaba a punto de dar a luz. Esa mujer me pidió que por favor la vuelva a llamar dentro de un mes más, y mientras tanto, ella estaría feliz de ir un par de veces por semana a la casa de la familia necesitada a doblar ropa.

Así es como funciona la comunidad. ¿Cómo funciona el Universalismo? Luego de toda la retórica y los nobles ideales, ¿Cuántas cenas son entregadas? ¿Cuánta ropa es doblada?

Círculos Concéntricos de Amor

El Rabino Abraham Isaac Kook (1865-1935) desarrolló un paradigma para el amor en términos de círculos concéntricos. El escribió que primero un judío debe amarse a si mismo, el centro del círculo. El paso siguiente es enfocarse en amar a la propia familia. El siguiente círculo concéntrico hacia fuera es el amor por el pueblo judío. Más allá de eso, uno debe esforzarse por amar a todas las criaturas vivientes.

El éxito con los círculos internos impacta el éxito de uno con los círculos externos. Una persona que se odia a si misma tendrá gran dificultad en amar a otros. Una persona que no ama a sus propios hermanos o primos, a menudo tiene solamente un amor falso hacia todo Israel. ¿Cómo puede un judío afirmar que ama a toda la humanidad pero que odia a su propio pueblo? Una persona que está dedicada a salvar las ballenas pero que no podría importarle menos salvar a los africanos que mueren de hambre sufre de una mayúscula miopía.

El judaísmo considera a toda la creación merecedora de amor (ya que, después de todo, ¿Quién la creó?), pero prioriza de acuerdo a una lógica interna. Así, la Mishná enfatiza “amar a toda la humanidad” como uno de los prerrequisitos para adquirir Torá (Pirkei Avot 6:6) y la ley de la Torá prohíbe causar dolor innecesario a los animales. Ningún círculo es dejado de lado, pero mientras más genuino es el amor, más irradiará desde el centro hacia fuera.

Durante mis primeros meses estudiando judaísmo en Jerusalem, me encontré cara a cara con el paradigma de Rab Kook. Yo era una universalista devota cuando llegué a Israel. Francamente, el énfasis del judaísmo en “ama a tu compañero judío” me dolía. ¿Por qué no amar a todos con igual prioridad, me preguntaba quejumbrosamente?

Un día estaba en un autobús en Jerusalem. El autobús estaba lleno, con varios pasajeros de pie. Ahora, si nunca te has subido a un autobús en Jerusalem, te has perdido un gran rodeo, con frenadas repentinas, aceleradas, y curvas que botan a todo el mundo hacia los lados.

En una parada, una mujer embarazada se subió al autobús. Yo esperaba que un joven hombre religioso sentado en el asiento del pasillo de la segunda fila se pusiera de pie y le diera a la mujer embarazada su asiento, pero él no lo hizo. Al pasar un minuto, luego otro, me indigné con la incivilidad de este hombre. (Por supuesto, nunca se me ocurrió renunciar a mi propio asiento; después de todo, ¡yo tenia 37 años y un montón de paquetes sobre mis piernas!) “¡Que hipócrita! Me enfurecí. Finalmente (un minuto después), una mujer de mediana edad sentada detrás de este hombre le gritó algo feo en hebreo. Él se puso de pie y la mujer embarazada se sentó.

Durante el resto del trayecto en autobús, contemplé mis sentimientos de desprecio por ese hombre, tanto como mi propia hipocresía al ser indulgente conmigo mientras era tan dura con él. Mientras adhería a una doctrina de amor universal, había caído tan fácilmente en el odio no solamente hacia ese judío, sino hacia todo el grupo que él representaba. Unos minutos antes, “ama a tu compañero judío”, me había parecido demasiado limitado, una petición demasiado pequeña. Ahora parecía una petición gigantesca – más allá de las precarias capacidades de mi corazón. Amar a todos mis compañeros judíos significaba amar a los detestables, a los gritones, a los superficiales, desde los hediondos mendigos a los impostores intelectuales. Y – me di cuenta con naciente incomodidad – si no podía lograr amar a los 13.000.000 de judíos en el mundo, ¿Cómo podía presumir amar a los otros billones de personas en el planeta?

El amor verbal es amor virtual; el verdadero amor es hacer.

La afirmación de “amar a todos”, a menudo se esfuma en la realidad de amar a casi nadie. Por supuesto, hay algunos pocos individuos que de verdad han escalado todos los círculos concéntricos y han llegado a un verdadero y sólido amor por toda la humanidad. Elie Wiesel me viene a la mente. Además (no en vez) de defender a los judíos donde sean que estén siendo atacados, Elie Wiesel fue (no solamente empatizó) a campos de refugiados de Camboyanos escapando de los campos de matanzas de Pol Pot.

El amor verbal es amor virtual; el verdadero amor es hacer. Maimónides define el mandamiento “Amar al otro como a ti mismo”, como: Preocuparse por las necesidades físicas de tu vecino, demostrarle honor, y hablar bien de él con otros. “Amor” que permanece en las raíces del corazón, en el corazón.

Para aquellos que aspiran al amor universal, un buen lugar para comenzar sería visitando a sus madres. El siguiente buen consejo sería visitar a la madre de otra persona – especialmente si ella está en el hospital.

En memoria de

Sam Horberg