Cuando les digo a mis amigas que me mudaré a Jerusalem a estudiar en una midrashá, ellas preguntan, “¿No tienes miedo?” La pregunta se ha vuelto cada vez más común desde el 11 de septiembre. Aviones, Islam, guerra, ántrax – el elemento del miedo se ha adherido a la mayoría de las conversaciones en estos días.

“No estoy más atemorizada del ataque de un terrorista o de armas químicas en Israel que lo que estoy de enfrentar un terremoto aquí en Los Ángeles”, le dije a mi amiga, Elizabeth, sabiendo que su mayor temor es un gigantesco terremoto en California.

“¡No digas eso!”, me rogó. “¡Harás que ocurra!”.

El temor en sus ojos es nuevo para mi generación.

El temor en sus ojos es nuevo para mi generación. Lo que es especialmente nuevo es la forma en que ha tocado a todos. Es raro ver una emoción abarcar todas las razas, géneros, religiones y clases sociales en Estados Unidos. Y, por supuesto, los medios lo aman, así que el miedo se está regenerando a si mismo con gran velocidad en los gigantes ciclos de retroalimentación de la cultura pop. Como lo procesamos, lo reinterpretamos y lo personificamos es la única forma en que podemos imbuir algún sentido de individualidad.

Mi forma de lidiar con el temor es explorándolo minuciosamente, despojándolo de su mística. Al ser pro-activa, puedo engañarme para creer que estoy más protegida.

Imágenes Del Miedo

Mi estrategia me he convertido en una adicta a la BBC, a CNN, al Jerusalem Post, y a la sinagoga. También me ha hecho retroceder 10 años en el tiempo, a la época en que era una estudiante universitaria. En ese entonces, le pregunté a mi grupo de amigas que pensaban ellas que era el temor y que me contaran acerca de sus momentos de mayor temor. Tenía la intención de utilizar sus respuestas como tomas para mi clase de "Introducción a la Filmación de Documentales".

“¿Qué es temor?”, pregunté.

Fue una de esas preguntas que dejarían a cualquiera tan desprevenido que no tendría otra opción más que contestar honestamente. (Al menos, eso es lo que mi profesor me dijo en ese momento). Últimamente me ha dado curiosidad por revisar lo que dijeron. Quizás ellas vislumbraron este temor actual que yo estaba intentando desmitificar. Así que el otro día saqué las empolvadas tomas y revisé lo que un grupo de nosotras había tenido para decir. El temor aún no nos había envuelto colectivamente, pero individualmente todos habían sido víctimas en secreto.

“Temor es estar atrapado en un avión que está a punto de estrellarse”.

“¿Temor? Es definitivamente una falta de control”, me dijo una amiga.

“Las personas pueden paralizarse por el temor”.

“El temor siempre está en relación con lo conocido, no con lo desconocido”.

“Es perder la seguridad de lo que sabemos que es real”.

“Temor al fracaso es el más terrible de los temores”.

“¿Temor en una palabra? Impotencia”.

“Yo tengo miedo de las serpientes”.

“Yo tengo miedo de terminar sola”.

“Yo tengo miedo de no ser feliz”.

“Yo tengo miedo a las alturas”.

“Yo tengo miedo de volar”.

“Yo tengo miedo de morir”.

“Temor es estar atrapado en un avión que está a punto de estrellarse”.

“Yo tengo miedo de estar en un incendio”.

“Yo tengo miedo de caer”.

“Vivir en Nueva York es un gran temor”.

“Temor es la ausencia de ser amado”.

“Lo que sea que haga la mente para deshacerse del temor causa temor”.

“Temor es la no aceptación de la realidad”.

“No existe tal cosa. Yo no tengo miedo a nada”.

“Yo tengo miedo del poder de mi propio temor”.

“Yo tengo miedo de que Dios esté decepcionado de mí”.

“Yo tengo miedo de quien soy”.

“Yo tengo miedo de descubrir que era lo que tenia que hacer aquí realmente y de no haberlo hecho…”.

El 11 de septiembre, el temor llegó, y nos apuramos en buscar refugio en la comunidad.

Las respuestas de mis amigas probaron ser extrañamente proféticas. Quizás de alguna manera todos sentíamos lo inevitable de la actual ola de temor. Era como si todos hubiésemos estados mirando secretamente catálogos de temores, preparándonos para una emoción colectiva cuando llegara el momento. El 11 de septiembre, el temor llegó, y nos apuramos en buscar refugio en la comunidad: una negativa a volar, un prescripción de Cipro, pilas de revistas y de periódicos amontonándose en la mesita de café, el zumbido de los programas de radio encendidos, una llamada telefónica a un antiguo amigo viviendo en Nueva York, un “Te amo” extra a un miembro de la familia, vacilación en los ojos – todos estamos mostrando nuestro temor de forma diferente.

Debes satisfacer al temor a tu propia manera, pero finalmente no te olvides que su precio es demasiado alto.

Luego de un período de tiempo, el temor – como cualquier moda – puede volverse encarcelador. Limitando nuestros momentos de risa, alegría pura y entrega, el temor es una reacción que todos debemos superar más temprano que tarde. Si no podemos arriesgarnos a salir de su sombra, entonces seguramente seremos cada vez menos capaces de sentirnos libres nuevamente.