Apenas escuché que Osama Bin Laden había sido asesinado, publiqué esta maravillosa noticia en mi página de Facebook, mientras esperaba el anuncio en vivo de Obama, el presidente norteamericano.

Inmediatamente recibí muchos “me gusta” y comentarios de celebración. Pero uno de mis “amigos” publicó su descontento porque estábamos celebrando la muerte de alguien. Citó que cuando el mar se tragó a los egipcios, Dios calló a los ángeles y les dijo que no se alegraran por la muerte de ellos, que eso no era algo para celebrar.

De hecho, cuando el mar se partió milagrosamente, el lecho del mar se secó y el pueblo judío caminó con seguridad hasta el otro lado. Luego se dieron vuelta para ver la muerte de sus enemigos, mientras el ahora barroso lecho marino atrapaba a los caballos y a los carruajes.

El pueblo judío comenzó a cantar una canción llamada “La Canción del Mar”. Miriam, con instrumentos musicales, separó a las mujeres judías a un lado y bailaron y cantaron en alabanza a Dios. Y se nos dice que en el cielo los ángeles también comenzaron a cantar. Pero Dios los reprendió y les dijo: “¿Cómo pueden cantar cuando mi gente está muriendo?”.

Dios reprendió a los ángeles y les dijo: “¿Cómo pueden cantar cuando mi gente está muriendo?”.

Surgen muchas preguntas. ¿Por qué Dios les diría a los ángeles que no celebren al tiempo que permite que los judíos canten? Y además, ¡la gente de Dios estaba muriendo porque Él mismo los estaba matando!

Lo que Dios le estaba diciendo a los ángeles es que ese no era un día feliz para Él. Él no creó a los egipcios para que hicieran el mal, sino que ellos eligieron el mal, y ahora el mal debía ser aniquilado. Pero el pueblo judío había sufrido a causa de los egipcios y no sólo tenían el derecho a celebrar, sino que debían celebrar.

El Shabat previo a Purim es llamado Parashat Zajor, la porción de Torá en la que “recordamos”. ¿Qué es lo que recordamos cada año? Recordamos a Amalek, el enemigo eterno del pueblo judío, quien nos atacó en el desierto y cuyos descendientes se levantan en cada generación y tratan de destruirnos. Recordando a Amalek cumplimos una de las 613 mitzvot de la Torá. ¿Pero por qué nos olvidaríamos? Porque hay una parte de nosotros que quiere racionalizar la existencia del mal, y no aceptar que realmente existe. Le damos razones políticas o económicas. Pero la Torá nos dice que existe, no debemos cerrar nuestros ojos ante él, y debemos hacer todo lo que podamos para erradicarlo del mundo.

Recientemente cantamos “Vehí sheamda” de nuestras hagadot:

    “¡Porque no sólo uno se ha levantado en nuestra contra para destruirnos, sino que en cada generación se levantan para destruirnos, y Dios, bendito Sea, nos salva de sus garras!”.

El Sr. Israel Itzjak Cohen es un judío muy especial que vive en Toronto. Nosotros tuvimos el privilegio de vivir cerca de él por muchos años, es un sobreviviente de Auschwitz y nos contó historias dramáticas y horrorosas sobre lo que vivió. Compartió con nosotros que cuando los nazis los torturaban en los campos de concentración, los apuntaban con sus pistolas y gritaban: “Canten judíos, canten”. Y “Vehí sheamda” es lo que cantaban.

Cuando los nazis dejaron el campo, matando a todo judío que pudieran encontrar a su paso, el Sr. Cohen, apenas un esqueleto, yació entre los cuerpos y fingió estar muerto. Cuando los nazis se habían ido, él y un amigo se metieron en la cocina a los tropezones, encontraron algo de agua y harina y comenzaron a amasar para hacer algo que pudieran comer. Mientras estaban sentados en el piso esperando sacar la “matzá” del horno, entraron soldados rusos a la habitación. Fueron liberados en Pesaj Shení, 30 días después de la noche del Seder.

El Sr. Cohen era un hombre que reconocía el mal cuando lo veía, y nunca olvidaría. Cuando nació Moshé, nuestro segundo hijo, le pedimos al Sr. Cohen que nos honrara siendo el sandak, para que sostuviera a nuestro hijo mientras entraba en el pacto.

En la havdalá celebramos la capacidad de distinguir entre la luz y la oscuridad. En la vida debemos saber lo que es bueno y lo que es malo. Sí, se nos ordena recordar que hay mal en el mundo, y no sólo se nos permite celebrar cuando el mal es destruido, sino que debemos hacerlo.

Como escribió el Rey Salomón:

    Para todo hay un tiempo… Un tiempo para llorar, y un tiempo para reír; un tiempo para lamentar, y un tiempo para bailar… Un tiempo para amar, y un tiempo para odiar; un tiempo de guerra, y un tiempo de paz. (Eclesiastés 3:1-8).