¿Fue sólo una coincidencia?

¿O quizás hubo algún mensaje divino en la impactante relación entre el día en que Osama bin Laden fue ajusticiado y Iom HaShoá - el día del calendario judío que fue elegido para conmemorar el Holocausto?

No tengo duda que la muerte de Osama amerita una gran cantidad de júbilo. Puede que Dios le haya dicho a los ángeles que no debían cantar cuando los egipcios se ahogaron porque era inapropiado que se regocijaran cuando las creaciones de Dios perecían. Pero Dios no criticó al pueblo judío en absoluto mientras los sobrevivientes de la crueldad egipcia elevaron sus voces cantando en el mar cuando atestiguaron la muerte de sus opresores. Los ángeles no habían sufrido, y por eso no tenían derecho a celebrar. Pero quienes toleraron el embate de la maldad egipcia tenían derecho a regocijarse cuando sus enemigos finalmente tuvieron que pagar por sus crímenes.

El día en que Osama murió fue para nosotros un día alegre. Nosotros fuimos las víctimas de su maldad barbárica.

Pero la respuesta casi universal a la muerte de este “paradigma del mal” parece ignorar una poderosa verdad – una verdad que estamos obligados a recordar por la increíble coincidencia de la muerte de Osama justo en el día de conmemoración del Holocausto.

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He visto con gran interés la cobertura que la prensa realizó de este evento histórico. Los periodistas buscan parientes de víctimas del atentado a las Torres Gemelas y les hacen repetidamente la misma pregunta: ¿Acaso la muerte de Osama trae, por fin, una sensación de cierre?

El cierre evitaría que nos inspiremos a aprender lecciones para el futuro de las tragedias del pasado.

Imagina si se le hiciera la misma pregunta a sobrevivientes del Holocausto o a parientes de quienes perecieron: Ahora que Hitler está muerto, ¿sientes una sensación de paz y tranquilidad? ¿Puedes finalmente dar vuelta la página?

Creer que las indescriptibles crueldades sufridas por seis millones podrían ser menguadas por la muerte de quienes las perpetraron es ridículo. No hay una vuelta de página posible para los crímenes cometidos por un régimen que declaró que el genocidio era una opción civilizada.

Hablar de dar vuelta la página en respuesta al mal es, de cierta forma, extinguir la posibilidad de toda discusión futura. Nosotros construimos museos del Holocausto, reflexionamos acerca del Holocausto en obras de arte, literatura y películas, y recordamos a sus víctimas en Iom HaShoá. Y lo hacemos precisamente porque sabemos que si alguna vez llegamos al punto de dar vuelta la página, ya no seríamos inspirados a aprender lecciones para el futuro de las tragedias del pasado.

Es por eso que es tan peligroso disfrutar demasiado la muerte de un enemigo.

Cuando Hitler murió, tomamos conciencia de que era la muerte del hombre pero no de sus ideas. La Alemania Nazi probó hasta donde puede llegar el antisemitismo cuando no es controlado. Después del Holocausto es nuestra misión hablar en contra de la intolerancia, defender los derechos humanos y asegurar que las palabras “nunca más” no sean simplemente un slogan vacío.

La muerte de un líder del mal todavía deja lugar para que decenas de miles de seguidores mantengan viva su ideología. En el análisis final sigue siendo más fácil matar a un hombre que nos amenaza, que aniquilar la influencia que logró inspirar en sus discípulos.

Lo que temo es que nuestra alegría por el asesinato de Osama nos lleve a la creencia errónea de que hemos destruido el poder de su mensaje.

En el mundo de Osama todavía hay demasiados que continúan creyendo en sus ideas.

En el mundo de Osama todavía hay demasiados que continúan creyendo en sus ideas. Su voz todavía es oída entre todos aquellos que creen que la violencia es el único medio, aquellos que justifican el asesinato masivo de gente inocente en el supuesto nombre de la religión, y que eligen el suicidio haciéndose explotar como un medio bendito para obtener el dominio del mundo.

La muerte de Osama no los ha cambiado. Por el contrario, puede que ahora sientan el deber de vengar su muerte.

Los comentaristas bíblicos tienen una comprensión muy profunda del versículo que introduce la Shirá – la canción de Moisés y el pueblo judío. “Luego”, dice la Torá, “cantaron Moisés y los hijos de Israel”. Luego, explican los rabinos, y no antes. Sólo después de que toda la historia estaba terminada, y los egipcios estaban muertos los judíos sintieron que era adecuado regocijarse.

Cantar la canción muy pronto hubiese sido un pecado.

A más de 50 años del Holocausto, todavía no sentimos deseos de cantar. Reflexionamos, estudiamos, continuamos haciendo duelo por aquellos que perecieron. No disminuimos la tragedia de los seis millones atreviéndonos a sugerir que hemos dado por terminado el tema.

A menos de diez años después del atentado a las Torres Gemelas, podemos confortarnos con la idea de que el cerebro detrás de la muerte de más de 3.000 personas inocentes ha recibido finalmente su merecido castigo. Pero todavía no es el momento de cantar. Necesitamos continuar haciendo duelo por aquellos que perdimos. Y necesitamos comprometernos a perseverar en la batalla en contra de los seguidores de Osama, quienes siguen dedicados a destruirnos.

Cuando finalmente lo logremos, sólo en ese momento nuestras bocas estarán llenas de risa y nuestras voces de cánticos de alegría.