Junio.

Oh… junio.

En el hemisferio norte junio es el mejor mes. Tulipanes. Loción bronceadora. Béisbol. Graduaciones. Asados. Exámenes finales (por fin). Campamento de verano. Sandía bien roja. Anteojos de sol. El día del padre.

¡Qué mes! Algún día, cuando me pidan que reestablezca un nuevo calendario (lo cual, seguro va a pasar), voy a sacar unos 8 o 10 días de cada abril, agosto y noviembre y se los voy a agregar a junio. No hay ninguna razón en el mundo por la cual el mejor mes del año no debería tener 60 ó 70 días por lo menos.

Hasta entonces, 30 días tendrán que ser suficientes. Qué se le va a hacer.

Pero para mí, junio siempre tuvo una importancia adicional. El mes de junio contenía el cumpleaños de mi padre. No es que mi padre le haya dado mucha importancia (y, al mejor estilo europeo, por supuesto nunca sabíamos cuántos años tenía), pero el cumpleaños de mi padre le agregaba un toque especial a una época del año que ya era festiva.

Ahora que lo pienso, papá nunca le dio mucha importancia al día del padre tampoco. Y como el cumpleaños y el día del padre caían inevitablemente cerca el uno del otro, mi hermano y yo generalmente hacíamos trampa y juntábamos las dos festividades en una. Papá sólo le daba una sonrisa de aceptación a nuestro recorte, quizás aliviado de que habría menos barullo por él. En realidad, si no hubiese sabido la verdad, y si él no hubiese nacido en Polonia, hubiese sospechado que él hacía que su cumpleaños cayera cerca del día del padre justamente para evadir la cuota extra de atención. Era discreto y modesto. En resumen, nada que ver con su hijo.

Me pregunto si siempre fue humilde. ¿Quién sabe? Quizás nació así, o quizás así fue criado, o se hizo discreto más adelante en su vida – ya sea en respuesta a sus experiencias de guerra o quizás como una débil y desesperada herramienta de supervivencia. Quizás los prisioneros discretos tenían más probabilidades de “esconderse” en los campos de exterminio nazis. Yo simplemente no lo sé; él nunca nos habló sobre sus seis años de infierno en la Tierra.

A medida que se acerca el día del padre (y también su cumpleaños), pienso sobre este delicado y sencillo padre mío y busco echar un vistazo en su humilde y amorosa alma. Y me persigue repetidamente una escena de mi infancia inmensamente vívida y conmovedora. Pero primero algo de contraste.

Hace muchos años atrás, en un martes particularmente cálido, con el mes de junio ya bien entrado (sí, junio), me encontré caminando frente a una escuela en mi vecindario. Alineados en la calle adyacente había seis autobuses escolares detenidos, rebalsando de niños jubilosos y frenéticos. Un escalofrío momentáneo me atravesó. Instantáneamente apareció uno de los recuerdos más tiernos de mi infancia. Era el día de partida al campamento de verano.

Desde los nueve años, y durante 13 años, yo vivía mi experiencia de campamento, no por dos meses al año, sino prácticamente todos los días. Estaba obsesionado con prácticamente todo sobre campamentos. Varias escenas del campamento visitaban mis sueños rutinariamente durante el año (¡algunas todavía lo hacen!). Por lo que el día de partida al campamento era por lejos el mejor día del año para este niño. Decir que la expectación rozaba la euforia sería quedarse corto.

Algo estaba mal, muy mal.

Mirar esos buses acelerando y escuchar a esos niños gritando de alegría fue un momento emocionante para mí. Pero luego me di cuenta. Algo estaba mal, muy mal. Sentí que estaba ante uno de esos juegos de revista - “¿Qué está mal en esta foto?”.

No me llevó mucho tiempo darme cuenta. Había algo que faltaba en la escena. Los padres. ¿Adónde estaban?

“¡HEY!” Grité por dentro. “¡SUS HIJOS SE ESTÁN YENDO DE CAMPAMENTO! ¿POR QUÉ NO ESTÁN AQUÍ? ¿ACASO NO PUEDEN ESPERAR HASTA QUE LOS BUSES PARTAN?”.

Un sentimiento de angustia llenó mi cuerpo. Tenía que averiguarlo. Corrí hacia un hombre corpulento con un silbato. Él debía saber.

“Discúlpeme,” dije abruptamente, “veo que se están yendo de campamento”.

“Salimos en cualquier minuto”, dijo, introduciendo a presión una mochila de lona en el último rincón vacío del depósito de equipaje.

“¿Puedo hacerle una pregunta?”.

“Seguro”.

“¿¡EN DÓNDE ESTÁN LOS PADRES!?”.

“Oh, muchos de ellos estaban aquí antes, pero se fueron. A trabajar, supongo. ¿Quién sabe? No importa, estos chicos están en buenas manos”.

Se me partió el corazón. “¿Muchos de ellos estaban aquí?” “¿No importa? ¡Por supuesto que importa! ¡ES LO MÁS IMPORTANTE DE TODO EL AÑO!

Evidentemente, yo no podía entender lo que estaba ocurriendo.

Me llevó uno o dos minutos entender por completo la realidad del episodio que estaba presenciando. Supongo que los padres tenían lugares a los que ir. Trabajo, reuniones o cosas por el estilo. Además, muchos de los niños estaban acompañados por hermanos mayores. ¿Por qué los padres deberían esperar a que los buses partieran? Se supone que las despedidas adecuadas -incluyendo besos, comida y dinero- están permitidas incluso antes de que partan los buses. Y quizás los niños prefieren atravesar esas despedidas melodramáticas lo antes posible, etc., etc. ¿Por qué reaccioné así?

Lo cual me lleva a una vívida y conmovedora experiencia de mi pasado, que ya les mencioné. Ocurrió en un día de partida rumbo al campamento. Y ocurrió cada año, por muchos años.

Mis padres me levantaban temprano y los tres hacíamos el viaje de 80 minutos en el tren subterráneo hasta el bus del campamento. El pequeño Jacobito (yo) no dormía mucho la noche anterior, soñando con los juegos de béisbol con tiempo extra y con las emocionantes melodías de viernes por la noche que se venían. Descansar era lo último que se me pasaba por la mente. ¡Había llegado “EL DÍA”!

Medias recién lavadas, un sándwich y mi querido guante negro de béisbol llenaban la bolsa de compras que llevaba generalmente y, sin importar que tan grande fuera yo, mami y papi siempre tenían suficiente tiempo para seguirme el paso mientras yo daba zancadas hacia la “Escalera al Cielo”, conocida también como el autobús del campamento.

Hojas sueltas y arrugadas eran utilizadas como los carteles oficiales que nos dirigían a las hileras apropiadas, en ellas recibíamos las instrucciones previas al abordaje, las introducciones obligatorias para los compañeros de cuarto y las advertencias usuales sobre tirar cosas por la ventana del autobús y mantener un comportamiento apropiado. Pero cuando esas grandes puertas del autobús se abrían, todos nos dirigíamos a toda máquina como una jauría de perros en una cacería humana. Es un milagro que más allá de unas cuantas golosinas y un par de gaseosas no habían víctimas fatales en la loca oleada de exuberante juventud. Yo luego hacia mi peregrinaje anual hacia el “fondo del autobús” y me acomodaba en un asiento vacío contra la ventana. Los compañeros de asiento cambiaban de año a año, pero no importaba quién se sentara a mi lado. Mi mente estaba en otro lado.

Para ese entonces, ya había olvidado a mis abandonados padres, quienes ya extrañándome, permanecían obedientemente en la casi vacía acera, hablando con otros padres igualmente abandonados. Enviarme al campamento no era fácil para ellos. Ni financiera ni emocionalmente. Esa es la realidad para los sobrevivientes del Holocausto. Las separaciones son difíciles. Yo era bastante joven, y no lo entendía muy bien, pero sabía que era un verdadero sacrificio.

Rápidamente los guías hacían la toma de asistencia habitual y contaban las cabezas y yo sabía que en cualquier momento estaríamos en camino. Yo miraba otra vez por la ventana abierta y sentía esa nostálgica punzada de entusiasmo y deseo. Era una extraña combinación de sentimientos y mi estómago lo sabía. Mami siempre tenía una mirada que decía: “Todo estará bien,” pero papi se veía perdido. Sus labios parecían tiritar y sus suaves ojos ya no estaban secos.

Los motores aceleraban. Para ese entonces, todas las ventanas estaban llenas de brazos sacudiéndose y de besos tirados al aire.

“¡Adiós!”.

“¡Nos vemos en el día de visitas!”.

“¡No olvides escribir!”.

Las ruedas comenzaban a rodar. El autobús se movía hacia adelante. Un par de gotas de gaseosa ya abierta se desparramaban en algún lugar. Y luego yo escuchaba. Era un golpecito en el vidrio de la ventana. Fuerte, determinado. No… quizás asustado es una mejor palabra. Era papi.

Un último adiós. Veía sus manos buscar en sus bolsillos. Cuando las sacaba estaban llenas de caramelos, chicles, maníes salados y algunas monedas sueltas. Tiraba todo por la ventana, la mitad se desparramaba junto a la acera. Una última oportunidad de alimentarme, de nutrirme, de aferrarse a mí… de amarme.

Giraba bruscamente mi cuello para mirar a todos los que me rodeaban. Supongo que estaba avergonzado, pero no me importaba mucho. Para ese entonces, papi estaba corriendo para seguirle el paso al autobús. Era la única vez que corría en todo el año.

Era la tristeza más feliz que podía sentir en mi vida.

Nuestros ojos se encontraban una última vez. Ya estábamos los dos llorando. Sus brazos caían en modo de rendición cuando aumentábamos la velocidad. Él sabía que la separación era inevitable e inminente. Era una carrera que seguro perdería. Yo sacaba mi cabeza para una última mirada… y luego miraba los maníes. Por alguna razón el autobús parecía muy tranquilo.

Y así era la escena anual. A medida que fui creciendo, los caramelos se transformaron en comida y el cambio se convirtió en billetes, pero la amorosa cara llena de lágrimas en la ventana siguió siendo la misma. Era la tristeza más feliz que podía sentir en mi vida.

¡La ironía de la situación era que los dos sabíamos que el día de visita llegaría en menos de dos semanas! No era que me iba por un año al otro lado del mundo. Pero las separaciones son difíciles.

¿Qué es lo que hacía que este hombre tan reservado mostrara sin vergüenza sus emociones más ocultas? No lo sé. Nunca hablamos sobre eso. ¿Puede que haya sido una asociación mórbida a los trenes que él abordó en ruta a los cinco campos de concentración? ¿O amenazadores recuerdos de separaciones –separaciones finales- que experimentó con seres queridos? ¿O fue alguna dolorosa y abrumadora imagen de la bizarra disparidad entre los campos a los que él fue y el campamento que yo amaba tanto?

Nunca lo sabré. Pero creo que ahora entiendo por qué exigí saber en dónde estaban esos padres cuando los buses partieron sin ellos en esa cálida mañana de martes. Y creo que sé por qué amo tanto el mes de junio.

Feliz día papi… y feliz cumpleaños también… te extraño.